Estío, de Edith Wharton

Alianza editorial acaba de sacar a la luz una nueva edición de una de las novelas más valoradas de la escritora estadounidense Edith Wharton (1862-1937), Estío (Summer, 1917), que ahora podremos leer en la traducción de José Luis López Muñoz. Al igual que en Ethan Frome (1911), la novelista nos ofrece una trágica pintura del mundo rural norteamericano, del limitado horizonte de expectativas que puede ofrecer la vida a quienes habitan en un villorio tan insignificante como North Dormer (Nueva Inglaterra): una simple hilera de casas que tiene como calle principal a la propia carretera que las atraviesa. Y las que más sufren en este medio tan mezquino y limitado —donde las desigualdades de clase resultan más evidentes— son las mujeres, siempre vigiladas y sometidas a un código moral discriminatorio que las sanciona cruelmente cuando abandonan la senda que les ha sido marcada.

Ese es el caso de Charity Royall, la protagonista de Estío, que une a su condición femenina la de ser una huérfana procedente de «la Montaña»: un asentamiento de renegados y fuera de la ley que malviven aislados y en condiciones infrahumanas en lo más inhóspito de la sierra. Estos antecedentes familiares, que Charity irá descubriendo paulatinamente a lo largo de la novela, hasta constituirse en parte esencial de su clímax final, le infunden un doloroso sentimiento de vergüenza y marginación, y parecen justificar, ante el lector, el complejo talante de la muchacha: obstinado e independiente. Charity, que acaba de cumplir dieciocho años, vive además una difícil situación familiar, al convivir con el hombre que la adoptó cuando era una niña y que ahora, tras enviudar, pretende casarse con ella. Su padrastro es un hombre de temperamento solitario y adusto, un abogado inteligente pero venido a menos, arrutinado por el pobre medio social en el que vive, aunque no carente por completo de nobleza y refinamiento. (La novelista, que no desea todavía enseñar todas sus cartas, no nos muestra, por el momento, mucho más del señor Royall). Su pupila, sin embargo, lo desprecia y detesta en grado superlativo, aunque quizás de una manera un tanto inmotivada e irracional… En fin, no es de extrañar que tantas desventajas hayan dotado a Charity de una personalidad muy compleja, llena de aristas, en ocasiones ambigua, que la novelista irá desenredando y desplegando poco a poco bajo nuestra mirada.

Símbolo de este ambiente cerrado y opresivo en el que viven los personajes de Estío es la biblioteca del pueblo, la Hatchard Memorial, una institución benéfica que apenas recibe visitantes y no ha incorporado a su catálogo un libro nuevo en los últimos veinte años. Charity es la encargada de mantener abierta, dos tardes por semana, este inútil templo del saber, donde los volúmenes, carcomidos por el polvo y la humedad, se pudren lentamente en sus deformados estantes. En este contexto tan poco prometedor aparece inesperadamente la radiante figura de Lucius Harney, un joven y simpático arquitecto perteneciente a una de las familias más distinguidas de la zona, que ha llegado al pueblo con la intención de dibujar y estudiar la arquitectura colonial. Charity queda al instante deslumbrada por su atractivo, su cultura y su elegancia, iniciándose entre los dos jóvenes un intenso y «poético» romance, al margen de todas las reglas establecidas, que parece dar al traste con las esperanzas —ya bastante maltrechas— de su taciturno padrastro. Pero no es oro todo lo que reluce, y Charity deberá aprender todavía una dura lección de realismo. Con el abismo abierto a sus pies, la salvación solo será posible tras un doloroso retorno a las raíces.

Leyendo esta novela de Edith Wharton es difícil resistirse a la tentación de compararla con otra novela temprana de su amigo Henry James, Guarda y tutela (Watch and Guard, 1871), donde se establecía también un triángulo amoroso entre un tutor, su pupila (la hija de un amigo fallecido) y un joven pretendiente. El enfoque del conflicto en Guarda y tutela es, desde luego, mucho menos dramático, y la novela está escrita desde la perspectiva masculina de un protagonista que tiene rasgos de Pigmalión (de un Pigmalión al que amenazaran con arrebatarle la estatua cuando ha logrado, al fin, insuflarle vida). Por lo demás, el clima de las dos novelas no puede ser más diferente. Lo que en James no deja de ser, con todos sus aciertos narrativos, una entretenida aventura romántica, en Wharton se manifiesta como una despiadada pintura de la vida de las mujeres en los medios rurales americanos, de su escasa libertad de acción y elección. Al parecer, Estío no fue muy bien recibida en su momento, quizás porque narraba sin grandes disimulos el despertar sexual de una adolescente, Charity, así como su injustificable entrega a un varón que, desde el principio, no parece tomársela demasiado en serio.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Le había dado todo lo que tenía, pero ¿qué era eso comparado con todos los otros regalos que la vida le reservaba? Entendía ya el caso de todas las chicas como ella a quienes les había sucedido algo semejante. Daban todo lo que tenían, pero su entrega absoluta no era suficiente: no se compraban más que unos pocos momentos…» (traducción de José Luis López Muñoz)
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Acerca de Manuel Fernández Labrada

Libros, lecturas y reseñas saltusaltus.wordpress.com
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