De noche, bajo el puente de piedra, de Leo Perutz

Nada mejor, para aliviarnos de estos calurosos días de finales del verano, que pasearnos por las calles de la vieja Praga acompañados de uno de sus más ilustres mentores, Leo Perutz (1882-1957), escritor checo en lengua alemana del que Libros del Asteroide acaba de publicar (en la traducción de Cristina García Ohlrich) uno de sus textos más amenos y de mayor riqueza inventiva: De noche, bajo el puente de piedra (Nachts unter der steinernen Brücke. Ein Roman aus dem alten Prag, 1953). Ambientada en la Praga de Rodolfo II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (1576-1612), la novela es uno de los últimos trabajos de Perutz, y está ingeniosamente construida como una suma de relatos en apariencia independientes —entre fantásticos e históricos—, enlazados sutilmente por una historia de amor: la pasión clandestina del monarca por la bella Esther. Un amor que parece consumarse en el terreno de la magia y de los sueños; una alegoría, quizás, del buen entendimiento del «emperador astrólogo» con su pueblo judío.

«Peste en el barrio judío» es un espeluznante cuento de aparecidos, ambientado en el cementerio judío durante la peste de 1589. Dos músicos ambulantes, Jäckele-Narr y Koppel-Bär, serán los encargados de indagar las causas del castigo divino. El enigmático final del relato, protagonizado por el poderoso rabino Loew, nos brinda la primera pieza del puzzle que revelará los misteriosos amores del emperador Rodolfo. «La mesa del emperador» es un texto escrito desde la ironía: una primera instantánea de la desordenada economía de la corte bohemia, con un emperador manirroto, fanático de la alquimia y la astrología, coleccionista compulsivo de objetos artísticos, al que todos parecen engañar con facilidad. El despilfarro en la cocina imperial dará consistencia, de manera indirecta y bastante cómica, al cumplimiento de una antigua profecía, echando por tierra las nobles aspiraciones del patriota Peter Zaruba. «El coloquio de los perros» es un evidente homenaje cervantino (Perutz era de origen sefardí), protagonizado por un judío condenado a muerte que pasa su última noche de calabozo acompañado de dos canes parlantes, con los que deberá compartir, para mayor escarnio, el castigo de la horca. En «La zarabanda» se narra una de las historias más emocionantes del libro: un duelo entre nobles que desemboca en una infernal zarabanda nocturna por las calles de Praga, y a la que solo pondrá fin la aparición de un eccehomo espectral, estremecedora alegoría del pueblo judío conjurada por las artes arcanas del rabino Loew (el que fuera supuesto artífice, nada menos, que del mítico Golem). «Enrique, el del infierno» es un divertido relato donde se escenifican algunas de las famosas paranoias del emperador Rodolfo, que creía descubrir en el rostro de cualquier desconocido la víctima de alguno de sus desafueros. El siguiente relato, «El tálero robado», tiene también como protagonista al emperador. La historia, presentada como una aventura juvenil de Rodolfo, manifiesta las hechuras de un cuento folclórico, con sus diablos monederos y una pieza de plata encantada que no dejará de rodar hasta alcanzar su destino: forjar la fortuna del judío Meisl, marido de Esther y uno de los personajes clave del libro. «De noche, bajo el puente de piedra» es un texto escrito en tono lírico y clave alegórica, exposición de los «oníricos» amores entre Rodolfo y Esther. Es, sin duda, la piedra angular del libro, al que da sentido y unidad. «La estrella de Wallenstein» tiene como protagonistas al astrónomo Kepler y al ambicioso caballero Waldstein (o Wallenstein). En esta extensa pero amena estampa histórica —con ribetes de cuento galante—, la astrología hace de las suyas, deshaciendo las maquinaciones de sus principales protagonistas. El planeta Venus triunfará sobre Marte, para mayor placer de la desinhibida Lucrecia y ruina del mafioso Barvitius y sus secuaces. Los dos siguientes cuentos, «El pintor Brabanzio» y «El alquimista olvidado», se nos presentan como las dos caras de una misma moneda (esas «cabecitas de paganos» que tanto entusiasmaban al emperador coleccionista), correspondiéndose con dos de las mayores obsesiones del monarca: el arte y la alquimia. En el primero de ellos, Brabanzio, un artista genial que desprecia la fama, termina su vida en el anonimato, no obstante los esfuerzos de Rodolfo para atraerle a su corte. En el segundo relato, por contra, un alquimista ambicioso, caído en desgracia por su incapacidad para generar oro, no despertará con su huida ni siquiera las iras del emperador, y muere olvidado en una miserable choza a los pies de palacio. «La jarra de aguardiente» es otro cuento de aparecidos, protagonizado una vez más por Jäckele-Narr y Koppel-Bär, condenados, al parecer —no sabemos si por su afición a la bebida—, a testimoniar todas las manifestaciones sobrenaturales del libro. En esta ocasión los cómicos asisten, en la vieja sinagoga, a una liturgia fantasmal donde se leen los nombres de los judíos que morirán durante ese mismo año; entre ellos, el del rabino Loew, otra de las piezas esenciales del juego. «Los fieles del emperador», ambientada en 1621, es una graciosa recreación de la suerte de algunos cortesanos tras la caída de la monarquía bohemia. Nostalgía e ironía repartidas a partes iguales en este balance póstumo de la figura del emperador. Para finalizar, nada diremos de los dos últimos relatos, «La vela consumida» y «El ángel Asael», ni del «Epílogo», donde se desvelan los últimos misterios de esta apasionante historia.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Y, a pesar de ello, la noche es más hermosa que el día. Cesa el alboroto de los hombres y de pronto suena una campanada, el ulular del viento, el susurro de las ramas de los árboles y del río, el aleteo de un pájaro; esas son las voces del mundo que aún se perciben, y sobre nosotros las eternas estrellas que siguen el recorrido trazado por su creador. Con frecuencia pienso que Dios ha creado a los hombres igual que ha creado las estrellas, y a pesar de ello, allá arriba reinan el orden y la obediencia, mientras que aquí abajo solo hay desorden, guerra y confusión.» (traducción de Cristina García Ohlrich)
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Acerca de Manuel Fernández Labrada

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2 respuestas a De noche, bajo el puente de piedra, de Leo Perutz

  1. Libros de Cíbola dijo:

    Este es un libro y un autor que tengo en la diana y que no conocía.

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