Diario de un joven médico, de Mijaíl Bulgákov

La vida del escritor ruso Mijaíl Bulgákov (1891-1940) fue un continuo desencuentro con las autoridades soviéticas, pues no halló, al parecer, mejor manera para expresar su talento que satirizar los abusos y contradicciones de la maquinaria del régimen… No obstante su famosa conversación telefónica con Stalin de 1930, que le proporcionó un trabajo en el Teatro del Arte de Moscú, Bulgákov sufrió de un ostracismo casi ininterrumpido y, aunque se salvó de las terribles purgas de los años 30 (en las que perecieron escritores como Babel, Meyerhold o Mandelshtam), la parte más significativa de su producción literaria (como El maestro y Margarita) no se difundió hasta muchos años después de su muerte.

Diario de un joven médico es un texto de época temprana, muy emotivo, carente del tono crítico de sus obras de madurez, y que hunde sus raíces en la propia experiencia de Bulgákov como médico rural, profesión que ejerció hasta 1919. La acción, que se desarrolla en el invierno de 1917, tiene como protagonista a un médico recién graduado, destinado a un pequeño hospital perdido en la Rusia profunda. Con la única ayuda de un enfermero y dos comadronas, el joven diplomado deberá asumir la terrible responsabilidad de ser la única autoridad médica en muchos kilómetros a la redonda. Los «quince sobresalientes» de su expediente académico, que el apurado joven se complace irónicamente en evocar, difícilmente compensarán su falta de experiencia práctica. No obstante, enseguida veremos al joven médico enfrentarse, con una desesperada valentía y notable suerte, a las graves contingencias de su profesión: amputaciones, partos complicados… Un rosario de situaciones difíciles que nos pondrán un nudo en la garganta. Porque el tono de estos emotivos diarios es decididamente épico: un enfoque que deberemos aceptar para poder disfrutar del libro. ¿Cómo leer, si no, la historia de esa niña diftérica («La garganta de acero») a la que el aterrorizado médico salva in extremis practicándole una traqueotomía, una difícil operación que solo ha visto en los libros, y que lleva adelante contrariando la voluntad de los padres, venciendo sus propios temores, que le incitan a esperar, a dejarla morir sin comprometerse? Este tono sostenidamente emotivo y épico no impide, por lo demás, que un cierto humorismo aflore incluso en las situaciones más dramáticas. ¿Cómo no reírse de ese médico inexperto que -mientras su enfermero prepara al paciente para la intervención- corre a su apartamento para echarle un vistazo a los manuales rusos y alemanes de cirugía, y luego regresa a la sala de operaciones intentanto recordar lo que ha leído?

Un elemento de gran atractivo en el libro brota del mismo entorno en que se desarrolla la acción, de la vívida descripción de una naturaleza salvaje y hostil, con sus largas noches invernales trufadas de aguaceros y ventiscas, de las que surge el temido enfermo con su imprevisible reto. Un formidable escenario para las agobiantes pesadillas que tejen sus guardias de médico bisoño, atrapado en un hospital sin teléfono ni electricidad, a muchos kilómetros de la estación de ferrocarril más cercana. En uno de los episodios más emocionantes del libro, «La ventisca», se recrea un accidentado viaje nocturno en trineo a través de una tormenta de nieve (un episodio que nos recordará algunos textos de Tolstói, como La tormenta de nieve o Amo y criado): una peligrosa e inútil visita médica que está a punto de coronarse con un trágico final.

Diario de un joven médico (que nos presenta Alianza Editorial en la traducción de S. Casanova) incluye también el texto titulado «Morfina», publicado de manera independiente en 1926, pero que se integra con naturalidad en la colección. En este relato, el más extenso del libro, accederemos al diario de otro joven médico, al que la soledad del medio rural y un cruel desengaño amoroso precipitan en una infernal espiral de drogodependencia. También en esta dramática historia se manifiesta la propia experiencia de Bulgákov, que sufrió de una fuerte adicción a la morfina, durante algunos años, como secuela de un tratamiento médico.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Un minuto más tarde, atravesaba a toda velocidad el patio donde la tormenta de nieve, como un demonio, volaba y chocaba contra las casas. Entré corriendo en mi gabinete y, contando los minutos, cogí un libro, lo hojeé y encontré una ilustración que representaba una traqueotomía. En ella todo era sencillo y claro: la garganta estaba abierta y el bisturí clavado en la tráquea. Me puse a leer el texto, pero no comprendía nada, las palabras parecían brincar ante mis ojos. Jamás había visto cómo se hace una traqueotomía.» (traducción de S. Casanova)
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Acerca de Manuel Fernández Labrada

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