Kwaidan y otras leyendas y cuentos fantásticos de Japón, de Lafcadio Hearn

No son pocas las traducciones de Lafcadio Hearn (1850-1904) con que contamos en nuestro país, pero hasta la fecha no se había acometido una edición tan amplia como la que ahora nos propone Valdemar. Kwaidan y otras leyendas y cuentos fantásticos de Japón reúne medio centenar de relatos extraídos de los principales libros del autor, escritos durante su etapa japonesa, entre 1899 y 1903. Nacido en la isla griega de Léucade, de padre irlandés y madre griega, Hearn arrastró una azarosa vida de periodista itinerante, hasta anclarse definitivamente en el archipiélago japonés en 1890. Profesor de inglés en diversas escuelas de enseñanza media y en la Universidad de Tokio, se casó en 1891 con la hija de un samurái empobrecido, y terminó adoptando la nacionalidad nipona (con el nombre de Koizumi Yakumo). Aunque se ha discutido mucho sobre el grado de «autenticidad» que pudo alcanzar Hearn en su retrato del «alma japonesa» (nunca llegó a dominar la lengua de su país de adopción), nadie dejará de reconocer su importante papel de precursor y divulgador, así como la excepcional calidad e interés literario de sus textos. Una inmejorable ocasión, pues, para releer sus cuentos más conocidos y descubrir otros que permanecían inéditos en castellano. La edición de Valdemar cuenta con las traducciones de Marián Bango, que ha anotado y seleccionado los textos, y se abre con un amplio y ameno estudio preliminar de Jesús Palacios.

De los dos primeros libros seleccionados, En el Japón fantasmal (1899) y Sombras (1900), se han recogido solo los textos narrativos de ambientación japonesa, excluyéndose los ensayos y las recopilaciones de poemas (Satori ha publicado ediciones íntegras de los dos libros). «Un karma pasional» es uno de los relatos más extensos y memorables, adaptación de una terrorífica pieza de teatro kabuki. Un amor procedente de la tumba persigue al protagonista en un admirable crescendo de horror. En «Ingwa-Banashi» volvemos a contemplar los efectos de un karma negativo, tema muy japonés que reaparece con frecuencia en los libros de Hearn. Los celos de la moribunda esposa de un daimio perpetrarán sobre la joven concubina Yukiko una cruel y macabra venganza. Por contra, en «La reconciliación», el intenso patetismo de la historia -la de una esposa injustamente abandonada y la imposible reparación de la falta- se impone sobre el propio horror del desenlace. Uno de los relatos más emotivos y sobrecogedores. En «La doncella del cuadro», el joven estudiante Tokkei hará lo imposible para dar vida a la bella muchacha pintada en un viejo biombo de su propiedad. Una curiosa versión japonesa del mito occidental de Pigmalión, no carente de una suave ironía («Si alguna vez te comportas mal conmigo -respondió ella-, regresaré al cuadro»). «La compasión de Benten» es otra idealizada y fantástica historia de amor, desencadenada por el hallazgo casual de una caligrafía femenina, cuyos primores harán perder la cabeza a Baishū, otro estudiante imaginativo y enamoradizo.

Creo que los dos siguientes libros, Miscelánea japonesa (1901) y Kotto, curiosidades japonesas con diversas telarañas (1902), estaban inéditos en nuestra lengua. Yo, al menos, solo los conocía parcialmente, a través de algunos relatos recogidos en el Kwaidan de Siruela y en la antología de Armando Vasseur ( Fantasmas de la China y del Japón, Espuela de Plata). Los asuntos de las dos colecciones son tan fantásticos como variados: promesas que obligan a volver del más allá, pinturas que cobran vida, reencarnaciones, espíritus nocturnos que imponen una prueba («La historia de Umetsu Chūbei») u obran una peligrosa seducción sobre el incauto joven que no sabe resistirse a su hechizo («La historia de Chūgorō», protagonizada por una maléfica hada-sapo). En «La leyenda de Yurei-Gaki» se nos narra el terrible castigo que sufren los incrédulos que osan enfrentarse a los poderes sobrenaturales, como esa madre que, para ganar una apuesta, visita de noche, con su bebé a las espaldas, la encantada cascada que da nombre al relato. Tampoco faltan en Kotto apariciones fantasmales, de vivos o de muertos, que ejercen una involuntaria venganza («Ikiryō») o retornan del más allá para testificar contra una injusticia («Shiryō»). Tanto «La historia de O-Kamé» como «De una promesa rota» (Miscelánea japonesa) tienen como protagonistas a una esposa difunta que no se resigna a ser olvidada en beneficio de unas nuevas nupcias. Los karmas negativos originarán, en el primer caso, un episodio de vampirismo, y en el segundo, una brutal e injusta represalia sobre la nueva esposa. Si las leyendas tienen algo de cierto, las segundas esposas lo tienen difícil en el Japón.

Pero el libro más famoso y notable de Hearn es Kwaidan: historias y estudios sobre cosas extrañas (1903), obra de la que se han hecho numerosas animaciones y películas, algunas de gran interés, como la de Masaki Kobayashi (Kwaidan, 1964, con música Toru Takemitsu). La edición de Valdemar recoge la práctica totalidad de los relatos, con la excepción del titulado «Hi-Mawari», cuyo argumento -una evocación de la infancia galesa del autor- apunta más a la tradición celta. Todos los relatos del libro son magistrales en su brevedad, originalidad y sugerencia. Uno de los más famosos es el que abre la colección, «La historia  de Mimi-Nashi Hōichi», o las tribulaciones de un bardo ciego obligado a amenizar las espectrales reuniones de los guerreros Heiké. «La historia de O-Tei» constituye, por contra, una romántica historia de amor en la estela de «Morella» o «Ligeia» de Poe, un escritor al que Hearn admiraba. A diferencia de otras esposas difuntas, cuyos espíritus insatisfechos provocan episodios horrendos y macabros, el intenso amor de O-Tei se resuelve en una afortunada reencarnación que reúne de nuevo a los felices esposos. «Jikininki» y «Rokuro Kubi» son dos de los relatos más espeluznantes de Hearn, auténticos cuentos de horror protagonizados por devoradores de cadáveres y repulsivas cabezas voladoras, cuentos en la línea de «El jinete de cadáveres», de Sombras. «Mujina» es también un cuento de espectros, pero con más humor que terror. Su inesperado final le otorga el carácter de una pesadilla. Otra historia inolvidable recogida en el Kwaidan es la de «Yuki-Onna», el  inflexible espíritu femenino de la nieve, al que no se le ocurre mejor manera de poner a prueba la discreción de un sufrido mortal que tomándolo por esposo… Este célebre cuento ha dado lugar a numerosos filmes y animaciones niponas. En fin, no faltan tampoco en el Kwaidan historias de sueños fantásticos, reencarnaciones, espíritus atormentados ni otras muchas maravillas del fantastique japonés que deleitarán al lector.

Se cierra la edición de Valdemar con una selección de los Cuentos populares japoneses (1918), una antología de diversos autores (Chamberlain, Hearn, Grace James…) publicada muchos años después de la muerte de nuestro autor (hay una edición completa en Ediciones del Viento: El niño que dibujaba gatos y otros cuentos japoneses). De los siete cuentos recogidos por Valdemar, solo dos pertenecen con seguridad a Hearn: «La araña duende» y «La anciana que perdió sus tortas». Entre los restantes es también posible encontrar historias estupendas, como la famosísima «Urashima», o «El espejo de Matsuyama».

Para terminar, citaré una obra especialmente cautivadora de Hearn, El romance de la Via Láctea (The Romance of the Milky Way and other studies and stories), obra póstuma de 1905 (reeditada recientemente en Barataria), que incluía una deliciosa colección de textos y poemas titulada «La poesía de los fantasmas». Los inevitables criterios de selección adoptados por Valdemar han motivado seguramente la exclusión de esta obra, que tiene un contenido esencialmente poético. Una obra, en cualquier caso, que completaría la lectura de esta magnífica edición que acabamos de comentar.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Existen muchas historias que demuestran que las pinturas realmente magníficas tienen alma. Es bien sabido que, en cierta ocasión, Hōgen Yenshin pintó sobre unos paneles deslizantes unos gorriones que salieron volando, dejando en blanco los espacios que hasta entonces habían ocupado en la superficie. También es ciertamente conocido que un caballo pintado en cierto kakemono salía todas las noches a pastar.» («La historia de Kwashin Koji», en la traducción de Marián Bango)
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