El arte de pasear, de Karl Gottlob Schelle

Poco sabemos de la vida de Karl Gottlob Schelle (1777-1825), un discreto profesor de liceo alemán que compartió con otro insigne paseante, Robert Walser, la desdichada particularidad de morir en un manicomio. Autor de un puñado de textos filosóficos, la editorial Díaz & Pons nos ofrece ahora, en la colección «Vita aesthetica», su Arte de pasear (Die Spatziergänge oder die Kunst spatzierenzugehen, 1802, Leipzig), un libro escrito desde una perspectiva más ilustrada que romántica, y acorde con los principios de la llamada «filosofía popular». Es posible que al paseante moderno le parezcan triviales o desfasadas algunas consideraciones de Schelle (como cuando relaciona la idiosincrasia femenina con un tipo particular de paseo), pero la obra en su conjunto resulta atractiva, y reviste un considerable interés testimonial. Cualquier amante del arte de pasear o estudioso del tema disfrutará perdiéndose entre las páginas de esta verdadera Hercynia silva del paseo filosófico.

Desde los primeros capítulos Schelle muestra una notable preocupación por justificar su texto, es decir, por convencernos de que el paseo no es una cuestión baladí, indigna de ser abordada desde una perspectiva filosófica. No es de extrañar, por tanto, que el enfoque del asunto sea tan amplio y exhaustivo: lugares donde pasear, condicionamientos del paseo, influencia del caminar sobre el desarrollo del espíritu, los medios para desplazarse (coche, caballo o embarcación), fenómenos de la naturaleza (amaneceres y ocasos, estaciones, tormentas y vendavales…), la variable sintonía de la naturaleza con el ánimo del paseante, pájaros y plantas, música… Uno de los méritos indudables del libro consiste en extender el paseo a zonas limítrofes con la ciudad: avenidas, jardines, prados… A este respecto, como señala Federico L. Silvestre, el tratado de Schelle sería una especie de eslabón perdido «entre la tradición pintoresca o verde iniciada por Addison, y la generación urbana de flâneurs del XIX.» Porque Schelle busca el equilibrio entre el «fanfarrón estúpido», que hace del paseo una excusa para exhibirse, y el «cabeza sombría», misántropo que aborrece el encuentro con sus semejantes y se sirve de la naturaleza para emboscarse. Aunque el escritor no desdeña montañas y bosques impenetrables («sagrados»), su ideal parece ser el de una naturaleza humanizada, o al menos amable con el hombre, y resulta significativo a este respecto que, en su análisis de las diferentes estaciones del año, tras extenderse sobre la primavera, el verano y el otoño, no le quede palabra alguna para el invierno. Solo esta carencia marcaría distancias con un «cabeza sombría» como Thoreau, que escribió páginas tan profundas sobre la gélida estación. Por lo demás, no encontraremos en la obra de Schelle exageradas idealizaciones de la vida rústica, al modo virgiliano, ni tampoco una defensa del caminar como mero ejercicio físico (nada más alejado de sus ideales que las proezas del senderismo, nuestros modernos paseantes con podómetro o las llamadas «rutas del colesterol»). Cierra Schelle su tratado con un capítulo de gran atractivo e interés, «Notas y aclaraciones», donde cede la palabra a otros autores (Wieland, Rousseau, Kant, Garve, Schiller, Matthison, Schulz, Goethe…), reproduciendo y comentando numerosos pasajes de sus obras.

El arte de pasear, traducido por Isabel Hernández, se enriquece considerablemente con las aportaciones del editor, Federico L. Silvestre, autor de dos breves y documentados ensayos («El mundo a tres kilómetros por hora» y «Recorridos y paseos de papel»), donde, a modo de introducción y epílogo, analiza la obra de Schelle y su recepción moderna, así como la diferente consideración histórica del paseo, desde sus precedentes remotos hasta los enfoques más actuales, literarios, fenomenológicos o situacionistas. El texto viene acompañado además de algunos cuadros y dibujos antiguos, que ilustran los diferentes «escenarios» para el paseo.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

 

«Vivir bajo el influjo de la naturaleza no significa precisamente vivir en el campo. El campesino vive en la naturaleza, camina siempre entre sus productos y, sin embargo, siente muy poco por ellos. […] Sólo quien vive alternando el campo y la ciudad mantiene vivo el interés por la naturaleza sin que sus impresiones se diluyan, y permanece en contacto con la sociedad cultivada, la única con cuyo trato se puede despertar una necesidad tan viva de la naturaleza». (traducción de Isabel Hernández)

El invierno, de Nicolas Poussin (1664)

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Acerca de Manuel Fernández Labrada

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