Dos húsares, de Tolstói

Hermida editores ha tenido el acierto de ofrecernos una nueva edición de esta estupenda novelita de los primeros años de Tolstói, Dos húsares (1856), un texto un tanto olvidado que ahora disfrutaremos en la magnífica traducción de Olga Korobenko. A través de las figuras del conde Turbín y de su hijo, dos húsares pertenecientes a generaciones sucesivas, Tolstói nos pinta la degeneración de una estirpe militar. Le bastan un par de días, separados por una veintena de años, para desplegar su emocionante drama: un prodigio de construcción y naturalidad. Para entender mejor el relato es preciso recordar que unos años antes Tolstói había participado como suboficial en la guerra de Crimea, experiencia que le inspiró sus Relatos de Sebastopol (1856), tres historias militares que testimonian su participación en el sitio de la ciudad. En cualquier caso, si leemos el prólogo del propio Tolstói, el elogio del pasado parece extenderse no solo a la milicia, sino a la sociedad entera, lo que no deja de ser curioso en un escritor que todavía no había cumplido los treinta años.

La primera parte de esta historia la protagoniza el conde Fiódor Turbín, en una época imprecisa en torno a 1828. Las escasas veinticuatro horas que pasa en la pequeña ciudad de K. le bastan para evidenciar su admirable temple y triunfar sobre la pequeña sociedad provinciana que ha saludado su llegada entre el recogijo y el temor. El conde Turbín es famoso por su temeridad en los duelos, por su orgullo indoblegable y por su afición a las mujeres y al juego. Con él no se puede jugar, desde luego, y habrá que perdonarle que le rompa los dientes a su asistente por una mala respuesta, o que esté a punto de batirse con un joven de dieciséis años por parecido motivo. No obstante, el conde es también desprendido y generoso, y su áspera nobleza despierta adhesiones espontáneas, como la de su asistente vapuleado o la de los gitanos, con los que se relaciona con total naturalidad. Tampoco duda en proteger al desdichado y pusilánime corneta Illín, que ha perdido jugando los quince mil rublos de dinero público que portaba frente al tramposo Lujnov. El expediente para resolver el problema es bastante brutal, pero coherente con su sentido del honor. Despedido triunfalmente con música por la banda de gitanos, tras una noche de juerga, no duda en dar media vuelta a su troika -en uno de esos gestos suyos plenos de seguridad y desenvoltura- para despedirse, con un beso en los ojos, de la aún dormida viudita Anna Fiódorovna, a la que había enamorado en el baile. No creo que el lector actual admire todas estas discutibles “hazañas”, pero resulta evidente que para Tolstói el conde Turbín es un modelo.

En la segunda parte de la novela se nos informa de que han transcurrido unos veinte años, y que la fecha en la que ahora se desarrolla la acción es la de 1848. El viejo conde ha muerto en un duelo, y el nuevo conde Turbín que aparece en escena es su hijo, comandante de un escuadrón de húsares que se desplaza por la región de K. Las sucesivas apariciones del padre y del hijo son expuestas por Tolstói de manera estudiadamente simétrica y especular, de tal manera que el relato, es decir, la oposición entre los dos caracteres, alcanza sus fines con una admirable economía de medios, pero sin rigidez. Si en la primera parte se nos ofreció el modelo, ahora se nos pinta su opuesto: un militar demasiado preocupado por la comodidad y al que los subordinados no toman en serio. Dos cartas que recibe nos desvelarán algo más de su personalidad: tiene deudas de juego y una amante que le pide dinero (¡seguro que el padre no tenía que pagar!). Pero la piedra de toque que mejor revelará su devaluación será la parte superviviente de la sociedad que fue testigo de la fulgurante aparición paterna: la viuda Anna Fiódorovna, ahora una anciana, y su hija Liza. El desapego al dinero que manifestaba el primer conde contrasta dolorosamente con esos miserables cinco rublos ganados por el conde a la anciana Anna Fiódorovna, hazaña que despierta el desprecio del corneta Pólozov, figura homóloga a la del corneta Illín como punto de referencia en la degradación del segundo conde. Su ronda nocturna a la hija, una encantadora muchacha de veintitrés años que lo ha calado a la primera y a la que no impresiona lo más mínimo, no puede ser más bochornosa: una escena llena de irresolución y autoinculpaciones, que culmina en una vergonzosa huida. Por lo demás, el nuevo conde tampoco parece demasiado estricto con las leyes del honor… Al menos no morirá en un duelo.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Somos como enanos sobre hombros de gigantes…” Bernardo de Chartres.

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Acerca de Manuel Fernández Labrada

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