Ruinas, de Rosalía de Castro

Quien sólo conozca y aprecie a Rosalía de Castro (1837-1885) por su obra lírica, se quedará gratamente sorprendido cuando lea este extraordinario relato en prosa, Ruinas (El Museo Universal, febrero-marzo, 1866), que, junto con La hija del mar, Flavio, El caballero de las botas azules y El primer loco, constituye la principal aportación de la poetisa gallega a la narrativa romántica española. Ya se sabe que la mayoría de los clásicos goza de sesudas ediciones, bien surtidas de prólogos y anotaciones, libros que no siempre llegan con facilidad a los lectores. El acierto de la editorial Eneida al presentar este relato en su colección Confabulaciones radica precisamente en esto: en rescatarlo de ese purgatorio que supone en ocasiones la edición para especialistas, y restituirlo a la literatura viva, aquella que no necesita para emocionarnos de otra apoyatura que su texto desnudo. En realidad, los verdaderos clásicos son los que menos explicación necesitarían, si es verdad que se mantienen vivos. Sobra decir que el texto de Ruinas está disponible en otras múltiples ediciones, digitales o no, incluida la del vetusto volumen de sus Obras Completas en Aguilar.

Ruinas (subtitulado en su edición original: Desdichas de tres vidas ejemplares) tiene como protagonistas a tres personajes excepcionales que, por diversas causas, han quedado marginados de su medio social: Una vieja dama de alcurnia, doña Isabel (“rama caída de una casa ilustre”), que comparte la pobreza con su gato, su violín y un enorme paraguas, y que a su avanzada edad todavía imparte lecciones de buen gusto en los salones; don Braulio, un comerciante empobrecido por su imprudente generosidad, capaz de acudir a un convite en pantuflas y gorro de dormir; y por último, Montenegro, un joven hidalgo desposeído injustamente y que consume sus energias en un desaforado estudio de las leyes, pues piensa -¡pobre ingenuo!- que le ayudarán a recuperar su patrimonio. Doña Isabel y don Braulio, con sus anticuados vestidos y maneras de otro tiempo, podrían muy bien figurar en algún extravagante y alegórico relato de Hawthorne. Por su parte, el joven aristócrata, Montenegro, que pierde la cabeza al enamorarse de la orgullosa y voluble Julia, tiene un punto de hoffmaniano en su desmelenado desquiciamiento. Enfrente de estos tres personajes auténticos y entrañables, la escritora esboza una sociedad de nuevos ricos, de amigos y conocidos de mejores tiempos, seres superficiales que, sin dejar de admirarlos de alguna manera, los desprecian en el fondo. No les perdonarán ni su independencia ni su aferrarse con alegría a una existencia minimalista que se conforma con tan poco. No obstante su trágico final, anticipemos que lo que en otro autor podría ser un cuadro deprimente o patético, en Rosalía se configura en un texto luminoso y estimulante, con ribetes fantásticos y mucho humor. Aun compadeciéndolo, no podremos dejar de reírnos -con bondad- de ese hidalgo empobrecido, Montenegro, que desea conquistar a la muñeca más orgullosa y déspota de los salones, que se niega a bailar con él por el mal estado de sus zapatos, siendo ella -así se lo recordará la vieja dama- la hija del antiguo zapatero del padre del hidalgo, ahora enriquecido. Ante tamaña crueldad, sus ruinosos compañeros se verán llamados a intervenir, aunque con poca fortuna. Si escribir es un placer, la autora de Ruinas debió pasárselo en grande.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Doña Isabel no se había engañado, y se sintió avergonzada por el hidalgo al ver que el noble amigo suyo, aquel excelente caballero de corazón honrado y delicadeza infinita, se había enamorado de aquella que le parecía un mamarracho inflado, una muñeca de resorte, cuyos ojos eran de cristal y tinta de China

Autómata del siglo XVIII

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