Doctor Graesler, médico de balneario, de Arthur Schnitzler

Esta amena novela, Doctor Graesler, médico de balneario (Doktor Gräsler, Badearzt; 1917), viene a sumarse a la ya extensa lista de títulos de Arthur Schnitzler (1862-1931) publicados durante estos últimos años en nuestro país (singularmente por Acantilado). Con Doctor Graesler, la editorial Marbot nos ofrece una novelle inédita hasta la fecha en castellano, de notable interés, traducida por María Esperanza Romero, que no defraudará a los seguidores del escritor vienés. Una vez más apreciaremos la maestría del autor en el desarrollo de tramas absorbentes e imprevisibles; así como el agudo análisis psicológico de sus personajes, centrado particularmente en su componente sexual, un aspecto esencial y omnipresente en toda su narrativa, y al que debe, en gran medida, su éxito popular.

Emil Graesler es un médico ya maduro, especializado en la medicina ambulante de hoteles y balnearios de moda, que vive su desarraigada existencia en la única compañía de su hermana Friederike, otra solterona como él, que ha sacrificado su felicidad individual para asistirlo. El inesperado suicidio de la desencantada Friederike en un hotel de Lanzarote produce una crisis en la ordenada y limitada existencia del doctor. Su carácter retraído y poco flexible, egoísta en suma, se pondrá a prueba cuando conozca, en el balneario al que ha llegado como médico de temporada, a la joven Sabine Schleheim, hija de un cantante de ópera retirado. Su creciente enamoramiento de la muchacha, marcado por la inseguridad y la desconfianza, sufrirá un significativo enfriamiento cuando Sabine, en un valiente ejercicio de honestidad y sinceridad, tome la iniciativa en la relación y planifique un futuro compartido. Retornado por unos días a su ciudad natal, Graesler intentará recuperar la seguridad en sí mismo embarcándose, a modo de prueba, en una aventura superficial con una joven empleada de comercio, que a la postre se constituirá en víctima involuntaria de su experimento. Pero la novela no es solamente la crónica de las inquietudes afectivas y sexuales del protagonista, sino también un amargo testimonio de la falta de comunicación (las cartas de la hermana difunta desvelarán una intensa experiencia amatoria subterránea), de la insinceridad y reserva que marcan las relaciones sentimentales. Una visión, en suma, bastante pesimista. Al final de la novela, una inesperada confluencia entre eros y thanatos -otro leit-motiv en la narrativa del escritor vienés- precipitará un desenlace inesperado: la felicidad del protagonista se realizará en un territorio menos arriesgado pero más generoso. Un final que tiene mucho de redención. Siempre hay un último tren.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Acerca de Manuel Fernández Labrada

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