Manfredo, de Lord Byron

Debemos congratularnos de que la editorial Abada nos brinde la posibilidad de leer este admirable poema dramático de Lord Byron (1788-1824), Manfredo (1817), en una edición bilingüe tan exquisita y cuidada como la que nos ofrece Enrique López Castellón, que ha vertido el texto inglés en endecasílabos sueltos de gran finura y musicalidad. Una muy documentada introducción y un aparato de notas que figuran al final del volumen complementan su trabajo. Manfredo es una de las grandes figuras del Romanticismo, símbolo del descontento y la rebeldía, inspiradora de literatos, pintores y músicos; de manera singular: Schumann y Tchaikovski.

Aunque se le ha comparado con el Fausto, Manfredo anda lejos de la complejidad y riqueza del poema de Goethe; lo que no le resta, por supuesto, su propio interés y atractivo. Manfredo es el prototipo del héroe byroniano: un ser alejado del común de los mortales, desengañado de la esterilidad del conocimiento y atormentado por una culpa (la muerte de su hermana Astarté, cómplice de un amor maldito). Su ambiente natural es la torre de un viejo castillo gótico, testigo de sus vigilias, estudios y meditaciones, así como las elevadas cumbres de las montañas, único escenario digno de sus aspiraciones sobrehumanas. Al igual que Fausto (o incluso que Próspero), Manfredo ha adquirido, gracias a sus estudios, un gran poder sobre los espíritus de la naturaleza, a los que convoca y subyuga a su capricho. La aparición de los siete espíritus que inicia el poema, y sus ulteriores hechizos sobre el desmayado Manfredo, configuran uno de los pasajes más bellos del poema. Por supuesto que estos espíritus, que le obedecen a regañadientes –a él, un simple mortal–, no pueden ayudarlo. Se impone, pues, la desesperación. La escena culminante del poema (o al menos la que más ha sugestionado a los artistas plásticos) tiene lugar en la cima de la Jungfrau, en los Alpes. Rodeado del escenario más sublime imaginable –torrentes que se despeñan en cascadas, gigantescas moles pétreas abatidas, crestas elevadas, precipicios vertiginosos, glaciares…– Manfredo decide poner fin a su existencia. Ni la belleza de la naturaleza, ni las promesas de una vida sencilla o elevada (la música del caramillo, el vuelo del águila) son estímulos suficientes para vivir. Pero cuando Manfredo está en trance de arrojarse al abismo, un cazador que anda por la montaña lo agarra en el último momento y lo obliga a vivir. Su final no será ya tan miserable. La siguiente escena, en el interior de la cabaña del cazador, nos muestra los encantos de una existencia sencilla y auténtica, sin conflictos –tal vez la única digna de vivirse–; pero inasumible por el orgulloso y atormentado espíritu del héroe. La felicidad es quizás posible, pero no para Manfredo.

Falta quizás en el poema la luminosa presencia de un personaje femenino como Margarita. Aquí el cuadro es aún más oscuro. La amada de Manfredo, Astarté, es poco más que un recuerdo, o un fantasma casi mudo; y la fugaz aparición de la bella bruja de los Alpes –tan fría como la cascada de donde surge– hace poca mella en el protagonista. En este aspecto, al menos, Manfredo se muestra más maduro que Fausto: el rayo de luna del amor ya no lo engaña.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Manfredo y la bruja de los Alpes

Manfredo en el Jungfrau (de William Bartlett, 1809-1854)

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