En Ronda. Cartas y poemas, de Rainer Maria Rilke

La excelente introducción de Anthony Stephens con que se abre este volumen de Pre-Textos (traducida por Mariano Peyrou) nos sitúa en la altura idónea para disfrutar de una perspectiva perfecta de los textos y poemas que figuran a continuación. Las cartas ya pudimos leerlas hace años en la rigurosa y anotada edición completa del Epistolario español ofrecida por Jaime Ferreiro Alemparte, en Espasa. Ahora podremos disfrutarlas una vez más en una reciente traducción (de Juan Andrés García Román y Manuel Arranz), y acompañadas de todos los poemas y textos escritos por Rilke durante su estancia rondeña, lo que enriquecerá enormemente nuestra lectura. Para mayor gozo, se acompaña esta atractiva edición con un escogido álbum fotográfico de la ciudad.

En su viaje por España (entre 1912 y 1913) dos ciudades marcaron su huella en Rilke, Toledo y Ronda. Aunque la impresión más profunda la recibiera en la ciudad del Tajo, fue precisamente en Ronda donde pudo encontrar mejor acomodo la complicada personalidad del artista. Como es habitual en Rilke, las impresiones recibidas tardan en ocasiones mucho en fructificar. En el caso de Toledo, el poeta se vio abrumado por la presión de un escenario imparangonable, de un peso histórico y artístico enormes (singularmente, El Greco), que pareció reducirlo a mudo espectador: los réditos no vendrían hasta después. En Ronda, sin embargo, en un medio más anónimo, menos cargado de historia y de expectativas (un «lienzo en blanco», según feliz expresión de Anthony Stephens), aunque no menos espectacular y sugerente, Rilke alumbró algunos poemas de gran trascendencia, poniendo fin a un periodo de esterilidad creativa que se extendía desde comienzos de año. «Al ángel», «La trilogía española», el esbozo de su «Sexta elegía», «El espíritu Ariel», son sólo algunos de los poemas compuestos en Ronda, los más significativos para su ulterior evolución artística. Alegra pensar que durante unas semanas el poeta pudo sentirse de nuevo «como arrodillado» en el desempeño de su tarea lírica. En cuanto a las cartas escritas en Ronda, los destinatarios son algunos de sus habituales corresponsales: Lou Andreas-Salomé, la princesa Marie von Thurn und Taxis, Anton Kippenberg (su editor), la escritora Annette Kolb o la baronesa Sidonie Nádherný. Este poeta tan poco avezado para la vida práctica, tan necesitado de mecenazgo (con la poesía es imposible hacer pan, aseguraba), no se relacionaba con cualquiera. Aparte del relato de sus vivencias en Toledo y en Ronda, en casi todas las cartas reaparecen sus temas habituales: la soledad, la preocupación por su maduración poética, su agónica falta de creatividad, sus planes para un futuro más pleno (la nouvelle opération), su delicada salud (un malade imaginaire ?), sus lecturas (entre ellas, unas bellas palabras sobre Stifter)… No importa que en ocasiones se repitan algunas ideas (como su decepción sevillana); lo importante es que, fascinados por su prosa, esperamos en cada nueva línea ver surgir la imagen que nos ilumina el corazón. Rilke nunca nos decepciona, pues todo lo que toca –todo lo que ve– lo transforma en poesía. ¿Acaso Ronda no es un poema suyo?

Resalta Anthony Stephens lo significativo de que Rilke ocultara a sus corresponsales, incluso a los más íntimos, la noticia de su fecundidad creativa, el alumbramiento de poemas tan extraordinarios como «La trilogía española». Quizás el artista los consideraba el primer paso de un algo nuevo, de perfiles todavía imprecisos, brotes aún no maduros que era preciso proteger de la fría curiosidad ajena. Pero en cualquier caso, testimonio también de su especial personalidad, que tanto gustaba del distanciamiento y la soledad («…estos días atrás he estado hablando mucho con él [un hermano del conde de Vilallonga. Quizás pasara la fiestas navideñas con su familia]. Y ya conoce usted cómo la intensidad de las relaciones humanas supone para mí un enorme gasto de fuerzas que casi llega a minar mi salud… Así es como también esta vez acabé con los nervios roídos»). Quizás la soledad de que pudo gozar Rilke en Ronda no sería ajena a su fecundidad poética. Allí  debió sentirse a sus anchas, disfrutando de un paisaje excepcional, en una estación del año libre de turistas, y casi único residente del hotel Reina Victoria: un moderno establecimiento fundado por los ingleses y de una comodidad desconocida en España. Es verdad que Rilke se lamenta de su carácter impersonal; pero la mala salud que padece (uno de sus frecuentes leit-motiv), la incómoda experiencia toledana que acaba de sufrir, junto con el riguroso clima rondeño, le desaconsejan alquilar un alojamiento con más color local. Es tanta su satisfacción por el escenario (y por la comodidad del hotel), que en repetidas ocasiones le recomienda a su amiga Sidonie, la baronesa, que lo visite; aunque luego, cuando ella se muestre dispuesta a correr la no pequeña aventura de presentarse en Ronda, el poeta la disuada sin muchos miramientos: «el estar solo se me presenta tan atractivo que no puedo sino olvidarme de todo lo demás». Hemos de convenir en que una compañía inoportuna espanta al Ángel.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Rumorea el arroyo y a ti (que lo oyes) / te ignora. Y tú le endosas / tus quejas al aire: el que se tuerce por los puros días, / los que tú no posees, / a los que tú no estorbas» (traducción de Juan Andrés García Román)

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Acerca de Manuel Fernández Labrada

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