La noche de Walpurga, de Gustav Meyrink

La noche de Walpurga (Walpurgisnacht, 1917), del escritor vienés Gustav Meyrink (1868-1932), es una novela de una belleza y riqueza excepcionales, venturosamente libre –en mi opinión– de esas excesivas divagaciones ocultistas y esotéricas que tanto lastran algunos de los textos mayores del autor. Meyrink, que estudió y valoró extraordinariamente la espiritualidad oriental, la magia, la cábala y otro sinfín de creencias heterodoxas, mantiene dentro de unos límites razonables la exposición de sus extravagantes teorías, permitiéndonos también una lectura gozosa del texto como pura obra de ficción. La editorial El Nadir recupera así, en la traducción de Carlos Chávez, un texto de interés capital en la obra de Meyrink, inaccesible en nuestra lengua desde que se descatalogara la edición de Bruguera de 1983.

La novela tiene como único escenario a la vieja y misteriosa ciudad de Praga, y concretamente al Hradschin, con sus viejos palacios e iglesias, siniestras prisiones y leyendas sangrientas. En este medio, ya de por sí fantástico –y oscurecido por el contexto de guerra en el que se nos presenta–, se mueven una serie de decrépitos personajes, no menos delirantes, condenados a una extinción inminente: apolillados aristócratas trufados de secretos, consejeros grotescos, viejos médicos imperiales, criados con librea, ancianas prostitutas enamoradas… Cercados por la Gran Guerra y un enrarecido ambiente prerrevolucionario, sólo la catástrofe final los redimirá de su decadencia, al arrancarles a todos un último gesto de grandeza. Frente a ellos el autor sitúa una joven pareja de enamorados, condenada a representar también un papel en el desenlace de la trama, aunque en su caso mucho más activo: el estudiante de violín Ottokar y la joven condesa Polixena, fatalmente presos de una pulsión erótica irrefrenable. Ottokar, que ya estaba enamorado del retrato rococó de la condesa Polixena Lambua que cuelga en el palacio Elsenwanger (“cruel y sensual a la vez”, de “diminutos dientes como sedientos de sangre”), cae en un paroxismo erótico cuando descubre sentada a su lado, en la iglesia, a la joven condesa Polixena, descendiente de la dama del cuadro y con la que guarda un completo parecido. La joven Polixena, por su parte, es el personaje más decisivo e inquietante de la novela, y no sólo por sus desinhibidos asaltos sexuales a Ottokar, o su turbia inclinación a morderle en el cuello… Criada en un entorno de viejos aristócratas orgullosos e incapaces de transmitir el menor sentimiento de humanidad, educada luego en un estricto colegio religioso católico donde el espectáculo más vital que se ofrece a sus ojos de niña es el de la sangre (“martirio, flagelaciones, crucifixiones, sangre y más sangre”), Polixena desarrolla a la postre una personalidad idónea para verse poseída por la voluntad de su antepasada, en lo que parece una reencarnación en toda regla.

Un concepto esencial para poder comprender La noche de Walpurga es el de aweysha, o la apropiación de un cuerpo humano –preferentemente vivo– por el espíritu de un Ewli, una especie de faquir o chamán con poderes mentales excepcionales. Dentro de esta teoría –un tanto paranoide– de Meyrink, los incomprensibles comportamientos humanos que precipitan las grandes guerras y desórdenes sociales estarían inducidos por controles y suplantaciones masivas y malévolas de dicha índole. En el caso de La noche de Walpurga, la aweysha que desencadena los movimientos revolucionarios que ponen fin a la novela viene inducida, desde más allá de la tumba, por cuenta de un famoso revolucionario (Jan Zizka) y una aristócrata de perfiles inquietantes (Polixena Lambua), que toman como juguetes de sus ambiciones no satisfechas en vida a los dos jóvenes protagonistas de la novela, Ottokar y Polixena. A este respecto hay que subrayar que el título de la obra no se refiere estrictamente a la fecha del 31 de abril de cada año (festividad de Santa Walpurga), sino más bien a una “noche de Walpurga cósmica”, que se produce cada muchos años, y en la que los “desórdenes” se producen a una escala mayor. Aunque La noche de Walpurga es una novela fantástica, no deja de estar muy determinada por el contexto histórico en el que fue escrita: el de la Gran Guerra y la Revolución Rusa.

Escena de brujería, de Salvatore Rosa (1615-1673)

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Acerca de Manuel Fernández Labrada

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