Gabrielle de Bergerac, de Henry James

Gabrielle de Bergerac apareció publicada por vez primera durante el verano de 1869, en tres números de la revista The Atlantic Monthly. Se trata, pues, de una novela corta de la primera etapa de Henry James (1843-1915), muy alejada de las complicaciones estilísticas de su madurez y de sus temas más habituales. La acción, que transcurre en Francia durante la época prerrevolucionaria, pone en escena una historia bastante convencional: la de un preceptor de origen humilde enamorado –sin esperanza– de la atractiva y sensitiva aristócrata a la que sirve, que tampoco permanece inmune a los encantos del maestro. En este caso, sin embargo, el alumno del profesor Coquelin no es Gabrielle, sino su sobrino de diez años, un avispado muchachito al que todos llaman cariñosamente en la casa “chevalier”. Este niño será precisamente quien, muchos años después y ya anciano, cuente la historia de los amores de su tía a un interlocutor anónimo, en el que podemos imaginar al propio James. Creo que es la adopción de este punto de vista narrativo, el del anciano que vio como niño, lo que le da un mayor encanto a la historia: la evocación de un mundo que solo vive ya en el recuerdo, luego barrido por los horrores de la Revolución.

La figura más atractiva de la novela es la heroína que le da título. Gabrielle es una huérfana de veintidós años, sin recursos propios, que habita un viejo y venerable castillo en compañía de su hermano y la mujer de este. Sin llegar a ser la madrastra del cuento (James no lo hubiera permitido), su cuñada la trata con la suficiente desconsideración como para colocarla en una evidente posición de desventaja (“Tengo la mala fortuna de haber perdido a mi madre. Solo puedo rezarle a Dios”), lo que no hace otra cosa que resaltar más sus valores, acercándola de alguna manera al humilde Coquelin, hijo de un sastre. El atractivo de Gabrielle no está solo en su físico, sino también en su inocencia, su sencillez y en su generosidad (como se manifiesta en la escena junto al campesino moribundo). Atractivos suficientes, en cualquier caso, para encandilar al vizconde de Treuil, pretendiente apoyado por la familia y rival de Coquelin. El vizconde es un aristócrata de pasado disoluto, derrochador y muy trabajado en los placeres, al que deberemos reconocer, al menos, el mérito de caer rendido sinceramente ante los encantos de una joven de tan excelentes prendas.

La visita a las ruinas del castillo de Fossy, en la que participan Gabrielle, Coquelin y el “chevalier”, me parece uno de los pasajes más bellos e interesantes de la novela, evocada a través de los recuerdos de un anciano que la reconoce como una de sus experiencias más cruciales (“uno de los momentos más inolvidables de mi niñez”). Solo por esta escena la novela merecería el calificativo de romántica. Las ruinas –y la muerte, pues a punto está de consumarse una desgracia– provocan la efervescencia amorosa: frente a la fugacidad de todo el universo, el amor se rebela y anhela perpetuarse. Una postura romántica. La escena tiene también un importante valor simbólico: por un lado, las ruinas del castillo ejemplifican el inminente final de un mundo construido sobre infranqueables barreras sociales –las que separan a los protagonistas–; por otro, la peligrosa escalada de Coquelin a lo alto de la torre testimonia su voluntad de triunfo –en alas del amor– sobre los obstáculos de una sociedad dividida en clases.

Aunque Gabrielle de Bergerac es uno de los primeros textos de James, no es difícil reconocer ya en él algunos rasgos característicos del autor, como son su interés por las sutilezas del pupilaje (como en The Pupil, 1891), o por la pintura (omnipresente en toda su narrativa). Así, el retrato de Gabrielle cumple una doble función en la novela: por una parte desencadena la narración (el novelista desea saber la historia de la retratada); y por otra pone en evidencia la oculta pasión de Coquelin, al descubrirse su dibujo de la amada. James no debía estar, quizás, demasiado satisfecho de este relato, cuando no lo incluyó en la edición de sus obras completas. Quizás cabe reprocharle a Gabrielle de Bergerac lo abrupto de su final, que parece un tanto gratuito; así como lo inverosímil que resulta el hecho de que las efusiones de los enamorados tengan como testigo al joven “chevalier”, cuando se corresponden con un amor prohibido que sería conveniente ocultar. De todas maneras la “novella” derrocha sentimiento y amenidad, los escenarios y personajes son encantadores y bien delineados, y cualquier amante de Henry James se sentirá feliz de poder incorporarla a sus lecturas. Exquisitamente editada por Impedimenta, Gabrielle de Bergerac ha sido traducida con singular acierto por Eduardo Berti, que nos ofrece además, en su Posfacio, abundante información sobre el texto, así como interesantes claves interpretativas.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Acerca de Manuel Fernández Labrada

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