El Titanic, de Joseph Conrad

El hundimiento del Titanic, en una noche del mes de abril de 1912, en las gélidas aguas del Atlántico norte, con su cohorte de anécdotas sentimentales y pavorosas, sigue constituyendo uno de los grandes mitos populares de nuestro tiempo. Aunque es verdad que algunos escritores se han ocupado del suceso, brindándole categoría artística (como Hans Magnus Enzensberger, que publicó en 1978 un bello poema, El hundimiento del Titanic), la información que circula corrientemente es la que proviene del cine y la cultura popular. Es por ello un privilegio poder leer estos textos, escritos por uno de los grandes maestros de la lengua inglesa y de la literatura universal, Joseph Conrad (1857-1924), que además -como conoce cualquiera de sus lectores- fue durante muchos años un verdadero “piloto de altura” (que diría nuestro Baroja, gran admirador suyo). Las experiencias náuticas de Conrad se plasmaron en una larga serie de relatos marinos, encuadrables en el género de aventuras, con un trasfondo humano y existencial de gran riqueza, y moldeados con una técnica narrativa de primera magnitud.

El librito que nos ocupa reúne dos textos periodísticos publicados en 1912, con tan solo unos meses de diferencia, en la English Review. En el primero de ellos, “Algunas reflexiones sobre la pérdida del Titanic“, Conrad vierte durísimas críticas sobre las dos comisiones investigadoras de la catástrofe (cuyos resultados serían sospechosamente favorables a los armadores): los senadores norteamericanos y la inoperante Cámara de Comercio inglesa. Conrad defiende a los marinos supervivientes (entre los que se pretendió buscar chivos expiatorios) y crítica la disparatada empresa comercial de botar un gigantesco hotel de lujo con cuatrocientos camareros y escasos botes salvavidas. Solo una “confianza ciega en los materiales y los artilugios” pudo, además, hacer olvidar que en los grandes navíos es precisamente su desmesura lo que les concede su mayor fragilidad en las colisiones, como ilustra Conrad con algunos ejemplos extraídos de su experiencia personal. El Titanic, nos viene a decir, era además, por sus características de hotel de lujo, un barco incontrolable; y así se puso de manifiesto en el día de su naufragio: las dos horas de margen que le concedieron sus tan cacareados mamparos de seguridad sólo sirvieron para prolongar la agonía de las víctimas. Como contraejemplo nos relata Conrad el naufragio del Douro, un barco de pasajeros que colisionó frente a las costas españolas y que solo tuvo diez minutos de margen para poner exitosamente a todo el pasaje en los botes salvavidas. Subraya el escritor la profesionalidad de los auténticos marinos -cuando se les deja hacer su trabajo- frente a la irresponsabilidad y la chapuza que dimanan de los interes comerciales espúreos.

El segundo artículo recogido en el libro, “Ciertos aspectos de la admirable investigación sobre la pérdida del Titanic“, se ocupa de algunos detalles técnicos del desastre. Critica Conrad en primer lugar el diseño de los famosos compartimentos estancos, que no lo eran enteramente, y que además no preveían la fácil evacuación de los marineros atrapados en su interior. También recoge algunas opiniones de expertos cualificados, que incluso tras el desastre siguen mostrando una desconcertante miopía, arrogancia, o incluso cinismo. Descubrimos que si el barco no llevaba más botes de salvamento era por el simple motivo de que nunca sería posible manejar un número tan elevado. ¿No hubiera sido entonces más honesto no embarcar a tanta gente? Conrad sin duda niega la mayor cuando nos ofrece la siguiente reflexión: “Resulta inconcebible pensar que haya gente que no pueda pasar cinco días de su vida sin una suite de hotel, cafés, bandas de música y refinados placeres similares. Sospecho que el público no es del todo culpable de ello. Se les empujó hacia todas estas cosas en el curso normal de la competencia comercial. Si mañana se eliminaran todos estos lujos, el público seguiría viajando. No pierdo la esperanza en la humanidad”.

En apariencia hay un punto en el que el desarrollo deja de ser un verdadero progreso […] Hay un punto en el que el progreso, para ser un verdadero avance, ha de variar ligeramente de rumbo.”

Estos interesantísimos textos, editados por Gadir en su colección Ítacas, han sido traducidos y prologados por Carlos García Simón, y vienen complementados con una oportuna serie de fotos y dibujos acerca del barco y su fatal singladura.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Acerca de Manuel Fernández Labrada

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