Interior, de Constantin Fântâneru

Constantin Fântâneru (1907-1975) es un escritor inédito y enteramente desconocido en España, del que ahora podremos leer -gracias a la iniciativa de editorial El Nadir- su novela Interior (1932). Traducida del rumano por Rafael Pisot y Cristina Sava, viene encabezada por una breve introducción donde se exponen las claves biográficas del autor: un escritor que vio truncada su carrera literaria y terminó sus días sepultado en una humildísima y anodina vida provinciana. La apuesta de El Nadir por Fântâneru -nunca traducido hasta la fecha a idioma alguno- solo puede calificarse de encomiable en el grado más alto.

Interior es una novela narrada en primera persona por su protagonista, Calin Adam (trasunto del novelista y sus penurias vitales), un intelectual marginal (escritor y colaborador de revistas literarias), de comportamiento y gestos alucinados, que no tiene ni para pagarse la pensión. Su estado de ánimo oscila habitualmente entre la euforia injustificada y el automenosprecio más profundo. Un personaje desequilibrado que tan pronto se queda literalmente pegado a unos viejos carteles de circo ilegibles (su inclinación infantil por el circo es tema recurrente), como sale corriendo torpemente en pos de una mariposa. Su visión distorsionada y fragmentaria de la realidad (que no contradice una reflexión y observación aguda de la condición humana) se traduce en una prosa alucinada en ocasiones, con giros y observaciones inesperadas, rica en imágenes arriesgadas y originales (“Los libros jugueteaban en el aire envueltos desde abajo por la llama de un espíritu”). No leeremos con indiferencia las desventuras del pobre y entrañable Calin, que en ocasiones parece complacerse en pintarnos una sonrisa (como esa bombilla del parque encendida “diabólicamente” para poner de manifiesto su indumentaria de vagabundo; o el burlesco episodio con el sacristán). A lo largo de toda la novela, sus vagabundeos de loco propiciarán encuentros fortuitos con antiguos conocidos y compañeros de estudios, poniéndose dolorosamente de manifiesto su incompetencia para la vida, su fracaso. No es difícil imaginar sus relaciones con el sexo opuesto: “ante la majestuosidad de las mujeres, experimento un sentimiento de humillación y de aniquilación física. La tristeza, la timidez y los tics nerviosos, adquiridos a lo largo de la vida que he llevado, me hacen débil y grotesco”. Su trato con las mujeres solo parece avanzar en la imaginación. Así, la estatua de una ninfa desnuda, que acaricia un pato sobre la fuente seca de una plaza, le induce un bello sueño de amor, donde la amada, Azia, es capaz nada menos que de completarle unos versos de Hölderlin (el loco divino). Porque en el terreno de la dura realidad… ¡Solo una niña de trece años parece dispuesta a ser su novia! Su temperamento alterado, que le hace oscilar entre el desprecio a sus semejantes y una necesidad enfermiza de estima, solo encontrará salida, pues, con los niños, los animales y las plantas, que despiertan toda su ternura (el ratón ahogado, la cabra…). En consonancia con este autoexilio interior, se comprende su preferencia por los paisajes degradados del extrarradio de Bucarest, y la compañía de otros seres marginales (los gitanos). Entreverados con sus paseos y encuentros fortuitos, asistiremos también a la evocación de recuerdos de la infancia, o a la expresión de sentimientos más íntimos, como su amor por los libros.

Constantin Fântâneru

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Acerca de Manuel Fernández Labrada

Libros, lecturas y reseñas saltusaltus.wordpress.com
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