Viajar, de Herman Melville

Scan10031-1200Este bello librito de apenas cien páginas recoge tres ensayos de Herman Melville (1819-1891), testimonios de su actividad de conferenciante: “Viajar”, “Los Mares del Sur” y “Estatuas de Roma”. Traducidos y anotados por Elisabeth Falomir Archambault, han sido publicados por la editorial Gadir en su nueva colección Ítacas.

Viajar” es una brevísima exposición de los requisitos exigibles al perfecto viajero, así como de los beneficios que comporta un oportuno cambio de aires. “Joven y despreocupado”, “dotado de talento e imaginación”, “buen paseante”, son algunas de las condiciones señaladas por el autor, en una época en la que los niveles de exigencia eran seguramente mayores que ahora (y los viajes de la tercera edad no eclosionaban aún). Como es conveniente  sufrir con buen humor las inevitables adversidades que puedan presentarse, deberán abstenerse de viajar los temperamentos de naturaleza “algo amargada” -puntualiza Melville-, que podrían “viajar al Paraíso y no lograr con ello un gran placer”. ¿Resulta sorprendente que un aventurero como Melville desee poner el listón tan alto?  En cuanto a los beneficios del vagabundeo, el principal parece ser la superación de prejuicios, y, cómo no, el placer que conlleva el merecido retorno al hogar y sus comodidades.

Los Mares del Sur” es quizás el texto de mayor enjundia de los tres, una verdadera joya donde menudean las anécdotas e historias relativas a descubridores y navegantes españoles (Balboa, Magallanes o Álvaro de Mendaña), que aparecen liberados (aunque sea por una vez) de esa leyenda negra de infamia que indefectiblemente les acompaña en muchos textos de escritores anglosajones. Melville, que alcanzó en vida una primera y efímera fama con sus novelas Taipi y Omú, y que navegó y conoció de primera mano las aguas del Pacífico, consigue ofrecernos en unas pocas páginas una síntesis deslumbrante de tan lejanas latitudes. Así, leeremos con deleite encantadoras descripciones de aves y peces misteriosos, que parecen escapados de un bestiario medieval, o de la narración de un marinero borracho… La genialidad del americano, su originalidad, salva hasta las descripciones más previsibles: “el melancólico pingüino, todo el día de pie en el mismo lugar, dejándose invadir por la desidia”; o la belleza fosforescente de las aguas nocturnas en las que cabalga, como el Satán de Milton, el leviatán de los océanos… la ballena. Un inmenso mar salpicado de islas (donde muchos europeos desaparecen, voluntaria o involuntariamente), pobladas por una raza de hombres merecedores de todo el respeto y la admiración del autor, que advierte sobre su extremada vulnerabilidad. Nada tenemos que enseñarles -asegura-; al menos mientras nuestros mayores logros sociales no sean otra cosa que hospitales, cárceles y hospicios… Las simpatías de Melville son tan transparentes como los fondos de coral.

Finalmente, con “Estatuas de Roma” el autor se adentra en un terreno alejado de sus preocupaciones habituales; de ahí quizás que le parezca necesario dedicar casi tres páginas a una innecesaria justificación de la legitimidad del juicio no profesional. Es verdad que “Estatuas de Roma” resulta un texto llamativamente heterodoxo en algunos aspectos, como cuando nos asegura su autor que la estatua de Sócrates le recuerda a un “comediante irlandés”; y la de Séneca, a un “prestamista decepcionado”. Además, la importancia que se otorga a las estatuas antiguas como testimonio privilegiado “de lo que no aparece en la Historia y en la obra escrita de aquellos a quienes representan”, no deja de ser, en mi opinión, un tanto exagerada o ingenua. Al igual que Hawthorne, Melville viajó por Italia (en las mismas fechas, en 1857), y también se sintió grandemente impresionado por el mundo de la antigüedad clásica, como lo demuestran estas páginas, que nos permitirán, como poco, gozar de un original punto de vista sobre asuntos conocidos. En suma, la mirada de un escritor capaz de encontrar en la Venus de Médici el reflejo de una bella nativa de Taipi sorprendida al salir de su baño.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Acerca de Manuel Fernández Labrada

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