La dama pálida, de Alejandro Dumas

Bajo el título de La dama pálida, la editorial Eneida recoge en su colección Confabulaciones los cuatro últimos capítulos de Les mille et un fantômes (1849), una historia fantástica que bien merece esta edición exenta que comentamos, y que viene acompañada además de “Historia de un muerto contada por él mismo”, donde podremos leer un testimonio explícito de la influencia de Hoffmann sobre el escritor francés. Aunque normalmente asociamos la figura de Dumas (padre) a la literatura de aventuras, fue también un notable cultivador del género fantástico, con títulos como La Femme au collier de velours, o Le Meneur de loups, entre otros. En el relato que nos ocupa, una misteriosa dama pálida narra sus horripilantes experiencias de juventud, explicación de la anormal palidez de su rostro. Aunque el fondo de la historia es truculento, pues tiene como personaje relevante a un vampiro (que no es la “dama pálida”, como podríamos suponer), toda su primera parte se puede leer como un relato de aventuras: la huida de la joven aristócrata Hedwige (la dama pálida) de su Polonia natal, invadida por los rusos, obligada a emprender un azaroso viaje a un lejano monasterio en compañía de un puñado de fieles. ¡Qué descripción tan estimulante la que se inventa Dumas de los salvajes montes Cárpatos! Solo por estas páginas merecería ya la pena leer el cuento. Luego viene el asalto de los bandidos y la llegada impuesta al viejo castillo moldavo de los Brankovan, donde la bella cautiva desatará una tormenta de celos entre los dos hermanastros, con desastrosas consecuencias al decantarse por el menos violento de los dos, Gregoriska. Es entonces cuando aparece el horror. La fantasmagórica escena en la que los dos hermanos se enfrentan espada en mano parece inspirada en el final del Don Giovanni de Mozart, en el pulso que se entabla entre la estatua del comendador y el empecinado burlador (¿Compartiría Dumas la devoción de Hoffmann por esta prodigiosa obra musical?). En el texto del francés, sin embargo, es un vivo el que conmina a un difunto a que se arrepienta, insistentemente, pero también sin éxito. Consumada la ruina del clan, Hedwige se ve obligada a renunciar a su amor y a regresar “a aquellas tierras donde Dios no permite se cumplan tan horrendos prodigios”. Es decir, a la vida vulgar, corriente y aburrida de todos los días.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Los dos hermanos rivales, ilustración para el poema de Heine en la edición española de 1885 de Arte y Letras

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