El jinete de bronce, de Alexandr Pushkin

No es tan extensa la obra de Pushkin (1799-1837) como para que no debamos celebrar la reedición en Hiperión de El jinete de bronce (1833), un poema oscuro y sublime que tiene como escenario principal la riada que asoló Petersburgo en 1824. Un texto enigmático que ha dado lugar a interpretaciones de muy diverso talante ideológico. Al grandioso prólogo que abre el poema, donde se describe la ciudad y su azarosa fundación, edificada con sobrehumano esfuerzo en un paraje natural salvaje e inhóspito, se suma la sobrecogedora narración de la catástrofe, de la que se constituye como espectadora privilegiada la imponente estatua ecuestre de su fundador, Pedro el Grande. Contrastando con estos elementos magníficos, el protagonista de la trama es un pobre funcionario de tercera, de nombre Eugenio, que ve esfumarse esa aciaga noche su mayor esperanza, la vida de su prometida Parasha. La locura que este hecho le produce sólo se disipará después, cuando en uno de sus vagabundeos de lunático sus pasos le conduzcan a los pies de la estatua, cuya sola visión le retrotraerá a la noche fatídica, despejando momentáneamente las nieblas de su enajenación. La mayor densidad y belleza del poema se alcanza en estos últimos versos. El loco vagabundo increpa a la descomunal estatua, que irritada le persigue en una alucinante carrera a la luz de la luna que nos evoca la campana de la balada de Goethe, o mejor aún, la estatua del comendador de la ópera mozartiana, con la que guarda notable parecido. Y es que fue Pushkin un convencido mozartiano, como lo demuestra su breve texto dramático Mozart y Salieri. Esta sinfonía oscura y terrorífica finaliza en una breve pero intensa coda: en un islote, junto a la humilde casa destrozada de su prometida, aparece el cadáver del loco, que allí mismo es enterrado. ¿Cuál es el significado de este enigmático drama? Quizás la vanidad de la obra humana, la insignificancia del individuo ante las iras de la naturaleza.

Esta edición bilingüe, que se ofrece traducida, prologada y anotada por Eduardo Alonso Luengo, viene acompañada de unos interesantes grabados de época soviética.

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Acerca de Manuel Fernández Labrada

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