La abundancia de vida, El espíritu protector, de Ludwig Tieck

Ludwig Tieck (1773-1853) fue una de las principales figuras literarias del Romanticismo alemán, autor de una amplia obra que incluye novelas, cuentos, poemas, obras dramáticas e, incluso, una canónica traducción del Quijote al alemán. En nuestro país, Tieck es principalmente conocido por tres de sus relatos fantásticos más sobresalientes: El monte de las runas, Eckbert el rubio y Los elfos, paradigmas de una visión romántica de la naturaleza trufada de misterio, leyendas y «espíritus elementales». Su prolongada vida, que le permitió sobrevivir a Goethe y erigirse en figura eminente y solitaria de la literatura germana, perjudicó algo su obra, que derivó con los años a posturas más realistas, conservadoras y, quizás, menos interesantes. Aunque pertenecen a esta última etapa creativa de Tieck, las dos novelas cortas (novelle) que reseñamos, La abundacia de vida (1839) y El espíritu protector (1839), gozan del suficiente atractivo y originalidad como para garantizar al lector una placentera y amena lectura.

El primero de los textos, La abundancia de vida (Des Lebens Überfluss), tiene como protagonista a un joven matrimonio que vive en la pobreza, aislado en un pequeño apartamento de un edificio en el que son sus únicos moradores. Heinrich y Klara consideran innecesario todo lo que no sea su amor y mutua compañía, y entretienen sus veladas con profundos diálogos y meditaciones que son contenido importante del relato y nos informan de su propia historia. Para lograr su proyecto de convivencia, esta pareja tan bien avenida ha tenido que romper con su pasado, con sus acomodadas familias y sus anteriores medios de vida, y arrastrar una existencia de anonimato y miseria que no parece incomodarles lo más mínimo. Amparados por su amor, todas las ventajas materiales que han perdido les parecen superfluas. Su aislamiento es casi perfecto, pues el propietario del inmueble se ha marchado a un largo viaje, y su única ventana se abre sobre un tejado que les impide toda contemplación que no sea la del propio cielo. Esta situación tan románticamente ideal, pero un tanto forzada y muy inverosímil (no necesitan salir a la calle siquiera, pues una vieja y fiel criada, que los ha seguido desinteresadamente a su voluntario exilio, les trae lo poco que necesitan), adquirirá tintes casi kafkianos cuando Heinrich se vea obligado a arbitrar algún medio que les permita alimentar la estufa… Como en un cuento de hadas, una inesperada resolución pondrá un final feliz a este delicioso y original relato.

[Es conveniente advertir al lector de que esta novelle (Des Lebens Überfluss) fue publicada por Alfaguara bajo el título de Lo superfluo (José M. Mínguez, 1987). Nicolás Gelormini, sin embargo, en la edición que nos ocupa (Buenos Aires, Losada, 2016), la ha traducido por La abundancia de vida, pues, según señala en su prólogo, la palabra überfluss tiene un doble significado: «abundante» y «superfluo»; y le parece que «en el título resuena sobre todo la primera de las significaciones, aunque en el resto de la obra predomine la otra».]

Creo que el siguiente relato, El espíritu protector (Der Schützgeist), estaba inédito en nuestra lengua. Escrito en el mismo año que La abundancia de vida, guarda con él un indudable parecido, al menos en su estructura compositiva, que sigue el modelo habitual de la novelle de Tieck: una primera parte muy estática, volcada hacia el diálogo y la evocación, es seguida por una resolución inesperada y de acción acelerada que impone un final feliz a la historia. El espíritu protector, sin embargo, es una novelle de tintes más crepusculares, pues la protagonista es ahora una anciana condesa que desea ver a su hijo antes de morir. Las notas exageradas y extravagantes son aquí menores, y aparecen al final, como el improbable encuentro de la condesa con su hijo o su salvación in extremis de las garras de Gottlieb. En El espíritu protector el fondo de la historia es esencialmente fantástico, aunque de una «fantasía» cristiana y trascendente. Como lo anuncia el título, el protagonista es un ángel guardian, una niña misteriosa que marca con sus benévolas y oportunas apariciones los hitos más significativos de la vida de la condesa, desde su infancia hasta sus últimos instantes de vida. La «autenticidad» de esta serie de intervenciones milagrosas viene atestiguada, desde dentro del relato, por la observación directa del personaje de Theodor, lo que nos disuade de considerarlas imaginaciones de la mente enferma de la narradora. El desenlace de El espíritu protector manifiesta, más incluso que en el anterior relato, una notable aceleración narrativa, que contrasta con la inmovilidad de las paginas preliminares, centradas en las evocaciones de la condesa y en los diálogos que entabla con sus visitantes. Una arriesgada navegación en barca sobre el Rin, en mitad de una temible tormenta, seguida de la travesía de un tenebroso bosque plagado de malhechores, harán posible el puntual cumplimiento de todo cuanto anhela la condesa.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«por esta vida doméstica nuestra con sus vasos ordinarios nos habrían envidiado los soberanos más ricos de la Antigüedad. Debe ser aburrido beber de un copa de oro agua tan bella, clara, saludable. Por el contrario, en nuestros vasos, la refrescante ola flota tan serena y translúcida, tan unida al recipiente que uno se ve tentado a creer que está bebiendo el éter mismo vuelto líquido.» (traducción de Nicolás Gelormini)
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La colección invisible, de Stefan Zweig

LaColeccionInvisible-316x496Este pequeño librito de Olañeta me ha acompañado durante un viaje de fin de semana, y aunque no llega a tener ni cien páginas creo que se merece una reseña, siquiera tan breve como el espléndido relato que contiene. La colección invisible, subtitulado Episodio de la época de la inflación en Alemania (1929), comienza durante un viaje en tren, en una imprecisa estación de ferrocarril situada más allá de Dresde. Un veterano anticuario berlinés, que ha subido al vagón donde viaja el autor, va a contarnos una historia extraordinaria, un hecho real pero fuera de lo común: «la historia más curiosa que le ha sucedido a un viejo comerciante de arte como yo en treinta y siete años de carrera.» Corren los años veinte en Alemania. Ha terminado la Gran Guerra, pero la equivocada política económica de la República de Weimar y las exigentes reparaciones impuestas a los alemanes por el Tratado de Versalles sumen al país en la miseria, viéndose sometido a una fuerte inflación que culminará con el hundimiento de la Bolsa de Berlín en 1927. Stefan Zweig, pacifista convencido, que se ha opuesto a la guerra desde el principio y ha tenido que refugiarse temporalmente en Suiza, publicará a finales de esa década un puñado de textos que reflejan la penosa situación alemana. Conmovedoras estampas entre las que figura el relato que nos ocupa, La colección invisible, donde se denuncia la rapiña de las obras de arte, en un momento de la historia europea en la que un sello de correos podía costar en Alemania millones de marcos y los nuevos ricos —bien pertrechados de dólares— hacían su agosto en una población de coleccionistas empobrecidos y hambrientos. Poco más podemos contar de este estupendo relato sin arruinar el disfrute del lector, que se verá recompensado por la originalidad de la historia y la finura con que el autor traza la psicologia de los distintos protagonistas del drama.

Traducido y prologado por Alex Weiss, el libro viene ilustrado con algunos grabados de Rembrandt, los más convenientes para una perfecta comprensión y disfrute del texto.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Todo llevaba, pues, a creer que se trataba de un hombre un poco particular, un personaje ridículo, de costumbres anticuadas, uno de esos alemanes pintados por Menzel o Spitzweg, como existían todavía hasta hace poco algunos raros especímenes aquí y allá en nuestras pequeñas ciudades de provincias.» (traducción de Alex Weiss)
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La muñeca de nieve y otros cuentos, de Nathaniel Hawthorne

la-muneca-de-nieveLa aparición de este libro de relatos de Nathaniel Hawthorne (1804-1864), nunca traducido íntegramente al castellano, es un acontecimiento de gran interés para los lectores y entusiastas del gran escritor americano. De los quince cuentos que recoge La muñeca de nieve y otros cuentos (The Snow-Image, and Other Twice-Told Tales, 1851) no creo que sean más de cinco los que podíamos leer traducidos a nuestra lengua: «La muñeca de nieve», «El gran rostro de piedra», «Ethan Brand», «John Inglefield y el Día de Acción de Gracias» y «Mi pariente, el mayor Molineux». Los restantes creo que estaban inéditos en castellano; al menos yo no he sido capaz de localizarlos, ni los había leído nunca. Es pues una excelente noticia la aparición de este libro de relatos (traducidos por Marcelo Cohen), con el que Acantilado completa la serie de volúmenes en que Hawthorne recogió la mayor parte de su prosa breve: Twice Told Tales (1837), Mosses from an Old Manse (1846) y The Snow-Image, and Other Twice-Told Tales (1851).

La muñeca de nieve y otros cuentos es una recopilacion de cuentos de muy diversa data, según nos informa Hawthorne en el interesantísimo Prefacio que encabeza la edición:

«Algunos de estos bocetos fueron de los primeros que escribí y, después de haber permanecido años inéditos, acabaron escondiéndose en anuarios o revistas y allí han permanecido ocultos desde entonces. Otros son de un periodo posterior; algunos más fueron escritos recientemente.»

Pero este Prefacio es sobre todo una emocionada carta de agradecimiento a su amigo Horatio Bridge (al que también dedica el volumen), la única persona que creyó en su talento literario y contribuyó a su descubrimiento sufragando la publicación de sus Twice Told Tales de 1837.

«La muñeca de nieve» es una poética fantasía que tiene como protagonista a un muñeco de nieve que cobra vida. Los hijos de una madre sensitiva, que ha sabido conservar, a pesar de los años y los sufrimientos de la vida, algo de su imaginación y candor infantiles, son los artífices del prodigio. Ante el milagro, el padre de los niños, un bienintencionado materialista, se obstinará en obrar según sus propios y estrechos criterios, con el resultado que cabe esperar. Una fábula sobre el poder de la imaginación y el necesario respeto a la diferencia. Al igual que en «Feathertop», el simulacro ha puesto eel-gran-rostro-de-piedran evidencia al hombre. «El gran rostro de piedra» es una parábola moral sobre el Ideal, y de cómo es percibido por los hombres de distinta manera. Así, todos los habitantes del valle donde se desarrolla la historia piensan que el noble rostro figurado en la montaña anuncia la llegada de un personaje que será el orgullo de la comunidad. Pero, ¿quién será? Las figuras del millonario, el guerrero, el estadista, incluso el poeta famoso, dejan tras de sí una estela de decepción. Al final, descubriremos que la verdadera grandeza es la que pasa siempre desapercibida. Este imaginativo relato fue recogido (y dio título al volumen) en la mítica colección «La Biblioteca de Babel» de Ediciones Siruela. «La calle mayor» es la historia de una calle de la ciudad natal de Hawthorne, presentada como el espectáculo de una barraca de feria, con sus maniquíes y escenarios de cartón. Es una crónica abreviada de la comunidad puritana, con sus secuelas de intransigencia y los procesos de brujería (en los que se vería implicado un antepasado del autor, el juez Hathorne [sic]). La narración se ve periódicamente interrumpida por la intervención de algunos espectadores, como es el caso del «crítico intransigente» o el «hombre de las gafas azules», figuras habituales en la narrativa de Hawthorne que representan al hombre puramente materialista, falto de imaginación y aquejado de un realismo empobrecedor. «Ethan Brand. Un capítulo de una novela frustrada» es uno de los relatos mejores y más conocidos del libro (recogido en su día en la antología de Alianza Editorial, Wakefield y otros cuentos). Se trata de una bella y sobrecogedora fábula sobre la desesperación y el vacío que produce el pecado (el «Pecado Imperdonable»). Ethan Brand ―según nos informa el narrador― era un «desalmado» en el que «su naturaleza moral había cedido su terreno al intelecto». Pero el relato es también una lección de estoicismo: a la mañana siguiente, la naturaleza toda y el curso de la vida de los hombres siguen su marcha habitual, mostrando una indiferencia suprema al sino fatal del pecador. «Biografía de una campana» es poco más de lo que anuncia el título: las movidas peripecias de una campana francesa y católica que termina en lo alto de un campanario protestante de la ciudad donde reside el autor. Con «Sílfide Etherege» estamos ante uno de esos «experimentos» ―de índole moral, por supuesto― que aparecen de cuando en cuando en la narrativa de Hawthorne. Una lección de realismo impartida de manera harto cruel a una joven idealista y romántica, y cuyo desenlace, aunque abierto, parece bastante trágico y desolador. Quizás el destino de todos nuestros sueños. «Los peregrinos de Canterbury» es otra fábula moral que podría leerse como una imaginativa recreación del viejo proverbio: nadie escarmienta en cabeza ajena. Una joven pareja de enamorados, al abrigo de una deliciosa noche de verano, huye de la comunidad Shakers donde han nacido para protagonizar una vida más libre que les permita unirse en matrimonio. Pero antes de dar el último paso que los aleje definitivamente de su viejo mundo, deberán escuchar las lecciones de realismo que les imparte una cuadrilla de experimentados peregrinos que, al contrario que ellos, pretenden buscar su refugio en la aldea cuáquera. ¿Desearán los jóvenes ser los protagonistas de sus propios errores? En «Noticias de ayer» el autor toma como excusa la revisión de unos viejos periódicos para trazar un colorido panorama de la vida y costumbres de Nueva Inglaterra, tanto en su etapa colonial como en la revolucionaria, esta última vista desde la perspectiva de un viejo realista que ha permanecido en el país tras la retirada inglesa. En la misma línea podemos situar «La antigua Ticonderoga, un relato del pasado», una ensoñación inspirada en las ruinas del famoso fuerte inglés, protagonista de un célebre episodio de la Guerra de Independencia americana. En el siguiente cuento, «El hombre de piedra», asistiremos al nacimiento de una leyenda: una seria advertencia de hasta dónde puede conducirnos la intolerancia religiosa y el desprecio a nuestros semejantes. Uno de los relatos más curiosos del libro es el titulado «El demonio en el manuscrito», protagonizado por un joven escritor de cuentos que, tras recibir el rechazo de numerosos editores, arroja sus manuscritos al fuego. El imprevisible resultado de su gesto de desesperación le colmará de un gozo bastante reprensible. Un autorretrato, quizás, del joven Hawthorne en sus inicios como escritor. El siguiente relato, «John Inglefield y el día de Acción de Gracias», es un texto breve pero de gran intensidad, inspirado en la parábola del hijo pródigo; en este caso, una joven descarriada. Los que hemos leído a Hawthorne sabemos que las notas tétricas, o incluso macabras, no son raras en su narrativa. «Las esposas de los muertos», sin embargo, pese a su siniestro título, llama la atención precisamente por su final feliz, aunque un tanto forzado. ¿Y si la ventura de las dos cuñadas solo fuera un sueño? «El gamoncillo» es una simpática fábula, de hechura casi folclórica, sobre el valor del trabajo. Un escolar fugado verá reproducida en todas partes la temible faz de su maestro «Brega». En «Mi pariente, el mayor Molineux», último cuento del libro, Hawthorne vuelve su mirada una vez más a la Nueva Inglaterra colonial, al agitado periodo en que los gobernadores eran nombrados directamente por la Corona. En este caso, sin embargo, se trata de un relato de ficción: una intrigante búsqueda nocturna −la del mayor Molineux− que tiene todas las trazas de una pesadilla.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Allí estuve sentado, rodeado de muros desamparados, mientras el sol de la tarde brillaba suavemente en un cielo despejado y se deslizaba a través de las ventanas y el umbral. Oía el tintineo de un cencerro, el gorjeo de los pájaros y un placentero zumbido de insectos. Una mariposa vino a aletear a mi alrededor, remontó el vuelo, se posó en el penacho de flores amarillas y se alejó por encima del lago. Luego una abeja se paseó por los rayos de sol y encontró mucha dulzura entre las hierbas. Después de contemplarla alejándose hacia su apartada colmena, cerré los ojos en medio de las ruinas de Ticonderoga y dejé que mis ensoñaciones me mostraran imágenes del pasado y escenas que se habían representado en aquel teatro». (traducción de Marcelo Cohen)
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Rilke y la música, de Antonio Pau

Pocos ensayos he leído últimamente que me hayan deparado mayor placer que este de Antonio Pau, Rilke y la música, que acaba de publicar la editorial Trotta, y donde se examinan, con rigor y admirable amenidad, las especiales relaciones que el poeta de las Elegías mantuvo, a lo largo de su vida, con el arte de los sonidos. Aunque nadie ignora que música y poesía son dos magnitudes artísticas estrechamente vinculadas, yo siempre había tenido la sospecha de que la particular personalidad de Rilke era, de alguna manera, incompatible con el «arte de las musas». Me parecía que una sensibilidad tan extremada como la suya, capaz de verse afectada seriamente por el roce, sobre su rostro, de las manos de un barbero -según le confiesa por carta a su amiga Lou Andreas Salomé-, difícilmente podría enfrentarse a la audición de una obra musical de cierto carácter -pongamos una sinfonía de Beethoven- sin sufrir una grave crisis nerviosa. ¿Podía acaso imaginar a Rilke soportando con estoicismo las maniobras musicales de un vecino pianista, por muy dotado que estuviera, por muy bellas que fueran las piezas interpretadas? Cualquiera que lea este admirable ensayo de Antonio Pau, Rilke y la música, perdonará tan malévolas suposiciones; y, lo que es aún más importante, profundizará en la comprensión de la obra de un poeta que pretendió (y logró quizás) emular a Orfeo con solo palabras. Poemas, fragmentos de prosa y extractos de la abundante correspondencia de Rilke, finamente traducidos por el autor, ilustran los diferentes capítulos del libro, confiriéndole un valor e interés añadido.

A diferencia de otras artes, como la escultura o la pintura, hacia las que Rilke se mostró pronto muy receptivo, la música le supuso, durante una gran parte de su vida, un verdadero desafío. Y es que la música se oponía al silencio, y el silencio era para Rilke la condición previa inexcusable, el suelo fértil donde solo podía florecer el proceso creativo. El silencio permitía, al poeta solitario, escuchar esa «melodía de las cosas» que es la fuente y quintaesencia de toda creación artística. Resulta significativo a este respecto la cita extraída por Antonio Pau de Los apuntes de Malte Laurids Brigge, donde Rilke se hace eco de la sordera de Beethoven, de su obligado confinamiento sonoro, en el que ve una confirmación de su pensamiento. El poeta teme el efecto seductor de la música, perturbador de su débil equilibrio cuando la «gran obra» aún no está acabada. Será preciso esperar, pues, a que, completados los grandes ciclos de Los sonetos a Orfeo y de las Elegías de Duino, el poeta pueda entregarse sin temores ni reparos al arte de los sonidos, una aceptación paulatina en la que ejercieron una importante influencia algunas lecturas y experiencias musicales, todas cuidadosamente analizadas por Antonio Pau. Es el caso del libro de Fabre D’Olivet, La Musique, expliquée comme science et comme art (1896), que le desveló a Rilke el fondo trascendente, supraterreno de la música, que congeniaba con su particular cosmovisión. En las cultas veladas del castillo de Duino, bajo la tutela de los príncipes de Thurn y Taxis, mecenas y melomános a partes iguales, tuvo también Rilke la oportunidad de escuchar música de cámara en un entorno privilegiado (fue allí donde se gestó el alumbramiento de las Elegías): cuartetos de Mozart y de Beethoven. Asimismo influyeron en su acercamiento al arte de los sonidos las relaciones que mantuvo con diversos artistas y personalidades musicales: los compositores Ferruccio Busoni y Ernst Krenek, la pianista Magda von Hattingberg, la clavecinista Wanda Landowska o la violinista Alma Moodie. De estas influencias, la más importante quizás fue la de Magda von Hattingberg (Benvenuta), por la que el poeta experimentó una pasión amorosa no correspondida. La pianista, que admiraba en el poeta su lado espiritual y literario, le presentó a Busoni, y cruzó con él una bella e interesantísima correspondencia, trufada de atinadas y profundas reflexiones musicales. Como manifestación de este cambio de actitud en Rilke, analiza Pau una serie de poemas de los años finales, a partir de 1918, donde se manifiesta de manera casi explícita la «rendición» del poeta al arte de los sonidos. Rilke, que siempre se había mostrado muy reacio a que sus poemas fueran puestos en música (tanto como a su traducción a otras lenguas), «capitularía» también en este último frente a finales de 1925, al proponer al compositor Ernst Krenek (con el que había entablado una reciente amistad) que musicara su trilogía O Lacrimosa. Música y poesía se reencontraban al fin.

Rilke y la música se completa con una detallada cronología y un pequeño, pero selecto, álbum de fotografías. Ahora que nos vemos con tanta facilidad asediados por una avalancha de imágenes triviales o de dudoso gusto, se agradece hallar una galería de fotos tan interesante y esmeradamente reunida.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Algún día podré soportar la música: cuando sepa que dentro de mí hay un núcleo de existencia que no podrá ser perturbado, y no quede yo a merced de ella, de universo en universo. Cuando sienta en mí suficiente fuerza de gravedad para soportar lo que la música representa: entonces dejaré que su movimiento vibre a través de mí.» (de una carta de Rilke a Sidie Nadherny, 1908; traducción de Antonio Pau)
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Rilke y Wanda Landowska

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Ethan Frome, Las hermanas Bunner, de Edith Wharton

En este nuevo volumen que acaba de publicar Alianza se nos ofrecen dos de las novelas breves más interesantes y valoradas de la escritora norteamericana Edith Wharton (1862-1937), dos verdaderas joyas que merece la pena disfrutar, o incluso releer, en la magnífica traducción que nos brinda José Luis López Muñoz. Localizadas repectivamente en el medio rural americano y en un barrio pobre de Nueva York, Ethan Frome (1911) y Las hermanas Bunner (1892) se alejan del habitual escenario de clase alta que tan perfectamente conocía la novelista, y que retrató satíricamente en novelas tan famosas como La casa de la alegría o La edad de la inocencia. Aunque distanciadas casi veinte años en la carrera literaria de Wharton, estas dos nouvelles tienen como elemento común el desarrollo de un atormentado y trágico triángulo amoroso. Cuando el amor logra prender, inoportuno, en un medio inhóspito, la devastación parece estar asegurada.

Ethan Frome se desarrolla en el claustrofóbico ambiente de un pequeño pueblo de montaña, Starkfield, donde el frío y la nieve son el contrapunto simbólico de un matrimonio agostado. El núcleo de la historia está narrado en tercera persona, pero encuadrado hábilmente en el relato de un testigo anónimo que se informa de los hechos años después. Ethan es un hombre indeciso y de poco carácter, hijo de una madre enfermiza que perdió la razón antes de morir. Su matrimonio con Zeena, una prima que se instaló en la granja familiar para atender a la madre en su enfermedad final, fue un grave error, una decisión equivocada fruto de su debilidad y de un exagerado sentido del deber. Algunos errores se pagan caro. Seis años después, Zeena se ha transformado en una mujer dura y amargada, una enferma crónica que reencarna todo lo negativo de la figura materna y hace profundamente desgraciado a Ethan, que apenas consigue sacar de su pobre granja lo preciso para vivir y sufragar los gastos médicos que le depara su esposa. Con este desdichado matrimonio convive una joven de veinte años, Mattie, una pariente de Zeena a la que una repentina orfandad ha dejado en la miseria. Es una muchacha también débil, incapaz de valerse por sí misma, pero que representa, por su carácter alegre y afectuoso, la contrafigura de Zeena. En este medio tan hostil, Ethan y Mattie se atraerán inevitablemente, configurándose un triángulo amoroso que tendrá fatales consecuencias. El obsesivo ambiente de temerosa culpabilidad que respiran los dos enamorados —cuando ni tan siquiera han hecho explícito su sentimiento— está magistralmente trazado por la novelista, y es uno de los mayores aciertos en este relato cruel y ferozmente pesimista.

En Las hermanas Bunner la acción se traslada a Nueva York. La modesta mercería de las hermanas Bunner se levanta en un barrio marginal, en la zona fronteriza a partir de la cual «la pobreza se transforma en miseria». También en esta novela se desarrolla un triángulo amoroso, propiciado por la aparición en escena del relojero Ramy, un personaje de maneras corteses pero fondo dudoso, que revoluciona el pequeño y aislado mundo de las dos solteronas. Una vez más, el amor vuelve a brotar en un lugar donde se daba por descontado que ya no aparecería; pero lo que ahora se ve amenazado no es una relación dañina y sin futuro, sino la tranquila convivencia con que dos hermanas han logrado sobrellevar pasablemente su mediocre y solitaria existencia. La ternura con que la novelista traza la figura de estas dos hermanas —sobre todo la de Ann Eliza, siempre dispuesta a sacrificarse por su hermana menor, Evelina— viene reforzada por la introducción de algunas gotas de humor (como las que nos brinda la imaginativa señorita Mellins) que suavizan la dureza de la historia. Aunque la resolución del conflicto no es tan espeluznante como en Ethan Frome, en Las hermanas Bunner se manifiestan personajes y móviles mucho más indignos, y el injusto devenir de la principal protagonista —con su inútil sacrificio, con su bondadosa generosidad— nos dejará un amargo sabor de boca.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«De camino dejó un paquete en la tintorería y, después de cumplir con aquel encargo, se dirigió a la tienda del señor Ramy. Nunca se había sentido tan vieja, tan desesperada y tan humilde. Era consciente de que se había embarcado en una misión de amor por cuenta e Evelina y aquel convencimiento parecía robarle hasta la última gota de sangre joven que corría por sus venas. También le arrebató toda su descolorida timidez virginal; y con rápida y enérgica compostura giró el pomo de la puerta del relojero.» (traducción de José Luis López Muñoz)
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Tardía fama, de Arthur Schnitzler

Nadie mejor que el propio autor para hablarnos de su oficio, de ese complejo mundo protagonizado por escritores, críticos, editores y público. Henry James ha sido, sin duda, uno de los literatos que más y mejor ha reflexionado —desde la ficción novelesca— sobre este asunto: La lección del maestro, Los papeles de Aspern, Nona Vincent, La muerte del león, Lo mejor de todo… Dentro de la novelística de Arthur Schnitzler (1862-1931) esta temática es, desde luego, mucho más infrecuente, y su tratamiento dista bastante de la manera de hacer de James. Los colores en el vienés son más fuertes, la ironía más transparente y afilada (y el significado, de inquietante actualidad). Así se manifiesta en esta novela que acaba de publicar Acantilado (en la traducción de Adan Kovacsics), Tardía fama (Später Rhum, 1894), obra póstuma del escritor austríaco que había permanecido inédita hasta que Paul Zsolnay se animó a editarla en 2014 (levantando cierta polémica en el medio crítico y filológico germano). Una obra magnífica —tal como se nos ofrece—, tan interesante y admirablemente escrita como todas las del popular escritor vienés. Tardía fama es la pintura irónica y desencantada de un mundillo de escritorzuelos ambiciosos, ferozmente enfrentados, a los que poco parece importar la literatura. Quizás un ajuste de cuentas con algunos de sus compañeros de la Jung Wien (Joven Viena) que nunca se atrevió a publicar.

El protagonista de Tardía fama, Eduard Saxberger, es un acomodado funcionario de setenta años que arrastra una apacible y solitaria existencia burguesa. Ninguno de sus conocidos sabe que en su juventud fue autor de un poemario, Andanzas, cuya publicación no tuvo apenas repercusión. Olvidado por completo de su truncada carrera literaria, Saxberger recibe un día la inesperada visita de un poeta, Wolfgang Meier, entusiasta admirador de su libro, que ha descubierto casualmente en una librería de segunda mano. El joven pertenece a la asociación literaria Entusiasmo, un grupo de poetas que aseguran compartir su fascinación por Saxberger y desean conocerlo. Este esperanzador inicio de novela, que parece preludiar el merecido homenaje a un viejo poeta injustamente olvidado, se transformará pronto en el descorazonador retrato de una mezquina camarilla donde los sentimientos de valoración o admiración de la obra ajena son solo moneda de cambio en la lucha por triunfar. El ingenuo Saxberger, adulado por los jóvenes, se siente al punto rejuvenecer, ve despertarse sus dormidas ambiciones literarias y no falta a ninguna de sus tertulias, embarcándose finalmente en la preparación de un recital público colectivo donde sus viejos poemas ocuparán un lugar destacado. Pero el anciano poeta, que desde el principio de su aventura ha mantenido la cabeza medianamente serena, terminará descubriendo la fea realidad que se esconde en esa persecución desesperada del reconocimiento público (la Fama siempre es otra cosa). Su experiencia, en cualquier caso, habrá merecido la pena. Ahora podrá contemplar su pasado de poeta frustrado bajo una luz muy diferente. Los «alumnos» le han dado, involuntariamente, una valiosa lección.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Es la historia de siempre. Al principio nos basta y sobra la propia alegría de crear y el interés de los pocos que nos entienden. Pero después, cuando comprobamos lo que prospera a nuestro alrededor, todo lo que cobra cierto renombre y hasta fama, terminamos deseando que también se nos escuche y aprecie. ¡Y entonces llegan las desilusiones! La envidia de los que carecen de talento, la frivolidad y malevolencia de los críticos y la terrible indiferencia de la multitud. Y uno acaba cansado, cansado, cansado. Tendría muchas cosas que decir, pero nadie quiere prestar atención, y al final olvida que ha sido uno de esos que aspiraban a algo grande y quizás incluso llegaron a crear algo grande.» (traducción de Adan Kovacsics)
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De noche, bajo el puente de piedra, de Leo Perutz

Nada mejor, para aliviarnos de estos calurosos días de finales del verano, que pasearnos por las calles de la vieja Praga acompañados de uno de sus más ilustres mentores, Leo Perutz (1882-1957), escritor checo en lengua alemana del que Libros del Asteroide acaba de publicar (en la traducción de Cristina García Ohlrich) uno de sus textos más amenos y de mayor riqueza inventiva: De noche, bajo el puente de piedra (Nachts unter der steinernen Brücke. Ein Roman aus dem alten Prag, 1953). Ambientada en la Praga de Rodolfo II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (1576-1612), la novela es uno de los últimos trabajos de Perutz, y está ingeniosamente construida como una suma de relatos en apariencia independientes —entre fantásticos e históricos—, enlazados sutilmente por una historia de amor: la pasión clandestina del monarca por la bella Esther. Un amor que parece consumarse en el terreno de la magia y de los sueños; una alegoría, quizás, del buen entendimiento del «emperador astrólogo» con su pueblo judío.

«Peste en el barrio judío» es un espeluznante cuento de aparecidos, ambientado en el cementerio judío durante la peste de 1589. Dos músicos ambulantes, Jäckele-Narr y Koppel-Bär, serán los encargados de indagar las causas del castigo divino. El enigmático final del relato, protagonizado por el poderoso rabino Loew, nos brinda la primera pieza del puzzle que revelará los misteriosos amores del emperador Rodolfo. «La mesa del emperador» es un texto escrito desde la ironía: una primera instantánea de la desordenada economía de la corte bohemia, con un emperador manirroto, fanático de la alquimia y la astrología, coleccionista compulsivo de objetos artísticos, al que todos parecen engañar con facilidad. El despilfarro en la cocina imperial dará consistencia, de manera indirecta y bastante cómica, al cumplimiento de una antigua profecía, echando por tierra las nobles aspiraciones del patriota Peter Zaruba. «El coloquio de los perros» es un evidente homenaje cervantino (Perutz era de origen sefardí), protagonizado por un judío condenado a muerte que pasa su última noche de calabozo acompañado de dos canes parlantes, con los que deberá compartir, para mayor escarnio, el castigo de la horca. En «La zarabanda» se narra una de las historias más emocionantes del libro: un duelo entre nobles que desemboca en una infernal zarabanda nocturna por las calles de Praga, y a la que solo pondrá fin la aparición de un eccehomo espectral, estremecedora alegoría del pueblo judío conjurada por las artes arcanas del rabino Loew (el que fuera supuesto artífice, nada menos, que del mítico Golem). «Enrique, el del infierno» es un divertido relato donde se escenifican algunas de las famosas paranoias del emperador Rodolfo, que creía descubrir en el rostro de cualquier desconocido la víctima de alguno de sus desafueros. El siguiente relato, «El tálero robado», tiene también como protagonista al emperador. La historia, presentada como una aventura juvenil de Rodolfo, manifiesta las hechuras de un cuento folclórico, con sus diablos monederos y una pieza de plata encantada que no dejará de rodar hasta alcanzar su destino: forjar la fortuna del judío Meisl, marido de Esther y uno de los personajes clave del libro. «De noche, bajo el puente de piedra» es un texto escrito en tono lírico y clave alegórica, exposición de los «oníricos» amores entre Rodolfo y Esther. Es, sin duda, la piedra angular del libro, al que da sentido y unidad. «La estrella de Wallenstein» tiene como protagonistas al astrónomo Kepler y al ambicioso caballero Waldstein (o Wallenstein). En esta extensa pero amena estampa histórica —con ribetes de cuento galante—, la astrología hace de las suyas, deshaciendo las maquinaciones de sus principales protagonistas. El planeta Venus triunfará sobre Marte, para mayor placer de la desinhibida Lucrecia y ruina del mafioso Barvitius y sus secuaces. Los dos siguientes cuentos, «El pintor Brabanzio» y «El alquimista olvidado», se nos presentan como las dos caras de una misma moneda (esas «cabecitas de paganos» que tanto entusiasmaban al emperador coleccionista), correspondiéndose con dos de las mayores obsesiones del monarca: el arte y la alquimia. En el primero de ellos, Brabanzio, un artista genial que desprecia la fama, termina su vida en el anonimato, no obstante los esfuerzos de Rodolfo para atraerle a su corte. En el segundo relato, por contra, un alquimista ambicioso, caído en desgracia por su incapacidad para generar oro, no despertará con su huida ni siquiera las iras del emperador, y muere olvidado en una miserable choza a los pies de palacio. «La jarra de aguardiente» es otro cuento de aparecidos, protagonizado una vez más por Jäckele-Narr y Koppel-Bär, condenados, al parecer —no sabemos si por su afición a la bebida—, a testimoniar todas las manifestaciones sobrenaturales del libro. En esta ocasión los cómicos asisten, en la vieja sinagoga, a una liturgia fantasmal donde se leen los nombres de los judíos que morirán durante ese mismo año; entre ellos, el del rabino Loew, otra de las piezas esenciales del juego. «Los fieles del emperador», ambientada en 1621, es una graciosa recreación de la suerte de algunos cortesanos tras la caída de la monarquía bohemia. Nostalgía e ironía repartidas a partes iguales en este balance póstumo de la figura del emperador. Para finalizar, nada diremos de los dos últimos relatos, «La vela consumida» y «El ángel Asael», ni del «Epílogo», donde se desvelan los últimos misterios de esta apasionante historia.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Y, a pesar de ello, la noche es más hermosa que el día. Cesa el alboroto de los hombres y de pronto suena una campanada, el ulular del viento, el susurro de las ramas de los árboles y del río, el aleteo de un pájaro; esas son las voces del mundo que aún se perciben, y sobre nosotros las eternas estrellas que siguen el recorrido trazado por su creador. Con frecuencia pienso que Dios ha creado a los hombres igual que ha creado las estrellas, y a pesar de ello, allá arriba reinan el orden y la obediencia, mientras que aquí abajo solo hay desorden, guerra y confusión.» (traducción de Cristina García Ohlrich)
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Mogens, de Jens Peter Jacobsen

La editorial madrileña Ardicia, empeñada en la loable tarea de rescatar para nuestra lengua textos olvidados y de interés, nos ofrece ahora una sutil muestra del escritor danés Jens Peter Jacobsen (1847-1885), considerado en su país como el introductor y principal representante del naturalismo literario. Jacobsen fue autor de dos importantes y ambiciosas novelas, Fru Maria Grubbe (1876) y Niels Lyhne (1880), un ramillete de poemas que permanecieron inéditos en vida (Schönberg les pondría música en sus Gurrelieder de 1911), y un puñado de relatos cortos como los que integran su libro Mogens og andre noveller (1882), del que la presente edición ha recogido los tres más significativos. Una breve e intensa obra literaria —interrumpida tempranamente por la tuberculosis— que marcó su influencia en escritores de la talla de Thomas Mann, Hermann Hesse o el propio Rilke, que en sus famosas Cartas a un joven poeta (1929) recomienda encarecidamente a Franz Xaver Kappus la lectura del escritor danés.

Mogens (1872) fue el primer relato publicado por el autor. Un joven destrozado por una terrible desgracia es salvado de una existencia atormentada y vagabunda por el amor de una muchacha que cree en los elfos. Una bella historia, aparentemente convencional, pero llena de detalles encantadores y narrada con una técnica «impresionista» donde las escenas se yuxtaponen sin apenas intervención del narrador y se presta una especial atención al color, sobre todo en la naturaleza vegetal (Jacobsen fue botánico de profesión). Una muestra condensada del estilo personal de Jacobsen, y de su virtuosismo descriptivo, lo hallaremos en el episodio del incendio, donde las imágenes —terribles y sobrecogedoras— se suceden vertiginosamente. La peste en Bérgamo (1881) es la negra estampa de una vieja ciudad italiana diezmada por la peste, con sus secuelas de desorden público y depravación moral. El relato tiene su punto culminante en la espeluznante aparición de una turba de disciplinantes, con sus cruces negras, látigos y cánticos desgarrados, que vienen a rezar a la iglesia (es difícil no evocar la correspondiente escena de El séptimo sello, del cineasta sueco Ingmar Bergman, que parece inspirada en el relato). El enfrentamiento entre el hedonismo desesperado de los habitantes de Bérgamo y el extremo fanatismo de los visitantes culminará en el sádico sermón del fraile mendicante, con su impío mensaje de condenación universal. La señora Fønss (1882) es un relato de corte sentimental y tintes feministas, donde se defiende la libertad de una madre para oponerse a los egoístas intereses de sus hijos; una temática —la de la libertad sexual de la mujer— ya desarrollada por Jacobsen en su novela Fru Maria Grubbe. Una viuda deberá renunciar al amor filial para rehacer su vida con el hombre que amó en su juventud, y con el que no pudo casarse en su día por influencias contrarias a su voluntad.

Mogens [y otros relatos] ha sido traducido del danés por Blanca Ortiz Ostalé, y cuenta con una bonita ilustracion de portada, obra de Natalia Zaratiegui, que parece haberse inspirado felizmente en el asunto y clima colorista del relato que abre el libro.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«Mogens se retorció entre el gentío. Ya había llegado a la esquina; las chispas le caían lentamente por encima. Calle arriba; llovían chispas, los cristales se abrasaban por ambos lados. La fábrica ardía, la casa del magistrado ardía y la vivienda contigua también ardía. Todo era humo, fuego y confusión, gritos, juramentos, tejas que caían, hachazos, astillas de madera, tintineo de vidrio y, en medio de todo ello, el lamento sordo y uniforme de las bombas de agua. Muebles, sábanas, cascos negros, escaleras, botones relucientes, rostros iluminados, ruedas, cuerdas, lonas, instrumentos extraños. Mogens se abalanzó a través, por encima, por debajo de todo y de todos, avanzando siempre en dirección a la casa.» (traducción de Blanca Ortiz Ostalé)
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Relato de mi vida, de Thomas Mann

Este nuevo volumen que acaba de publicar Hermida Editores recoge dos textos de capital importancia en torno a la figura de Thomas Mann (1875-1955). Relato de mi vida (1930), escrito por el propio autor al filo de sus 55 años, se complementa con otra biografía compuesta por su hija Erika veinticinco años después, El último año de mi padre (1956). Se cierra el libro con un ensayo del traductor, Andrés Sánchez Pascual, que traza un panorama general de la vida y obra del autor, completando los dos escritos anteriores. Hermida nos ofrece, pues, un conjunto de tres textos de carácter y alcance muy diferentes, pero que se complementan a la perfección, mostrándonos —mediante algo parecido a un juego de espejos— una imagen contrastada de la compleja personalidad del escritor alemán.

Cuando a comienzos de 1930 Thomas Mann escribe su autobiografía, Relato de mi vida, cuenta ya con una edad avanzada, pero todavía le queda por delante una larga carrera literaria, preñada de triunfos, y un agitado exilio por Europa y América, apartado de la Alemania nazi. Relato de mi vida es, pues, un balance provisional, una mirada retrospectiva propiciada probablemente por la concesión del Premio Nobel (1929). El texto, como era de esperar, está centrado en la literatura: su temprana colaboración con la revista Simplicissimus, las influencias de Nietzsche y Schopenhauer, el éxito de su primera gran novela —Los Buddenbrook—, que le abrió las puertas de los salones y tertulias muniquesas de la alta burguesía… No faltan en Relato de mi vida valiosas apreciaciones de sus principales obras (Tonio Kröger, Alteza Real, La muerte en Venecia, La montaña mágica, Mario y el mago, etc.), así como interesantes pormenores relativos a su recepción del Premio Nobel. La autobiografía aparece, además, salpicada de curiosas anécdotas, como la referida al arriesgado envío postal a Fischer de la única copia existente de Los Buddenbrook, o la particular manera que tenía el autor de «pasar a limpio» sus originales. Aunque, como ya hemos dicho, el texto está volcado en lo literario, no faltan las confesiones personales y familiares precisas para tejer una biografía: estampas de su infancia en el Báltico, su escaso entusiasmo por la escuela, los años de despreocupada juventud en Munich, su efímero año de trabajo en una compañía de seguros, su matrimonio con Katia Pringsheim, el dramático suicidio de su hermana Carla… Se trasluce en estas páginas autobiográficas una cualidad que confirmarán los siguientes textos: el admirable temple humano del escritor.

El último año de mi padre (1956), escrito por Erika Mann (1905-1969), es el relato de una hija muy cercana a su progenitor, al que acompaña cumpliendo funciones similares a las de una «secretaria de confianza». A través de la fervorosa mirada de Erika, se nos revela la figura de un escritor octogenario y de salud quebrantada, pero que no da un paso atrás en la asunción de las durísimas exigencias que conlleva su estatus de personalidad literaria de primer orden. Un año trufado de viajes, lecturas públicas y conferencias, que tendrá su punto álgido en la visita a Stuttgart, donde el escritor participa en los actos conmemorativos del 150 aniversario de la muerte de Schiller. Invitado por el presidente de la República Federal, Mann intervendrá con una conferencia laboriosamente preparada, que luego repetirá en Weimar y en Holanda. Culminan este año, pleno de homenajes y relaciones al más alto nivel, la concesión del título de ciudadano de honor de su ciudad natal, Lübeck, y los festejos para conmemorar su 80 aniversario. Leyendo la crónica de este verdadero carnaval de actos públicos en torno al anciano escritor, no he podido dejar de pensar —con todos los respetos y reservas— en la famosa novelita de Henry James, La muerte del león.

Concluye este volumen un completo estudio cronológico y bibliográfico del autor, preparado por su traductor, Andrés Sánchez Pascual: un interesante y documentado panorama de la biografía y obra de Mann, ordenado por fechas y con abundantes citas extraídas de diversas fuentes autobiográficas. No solo se completa el arco temporal comprendido entre 1930 y 1954 —años para el escritor de una intensa actividad literaria y de compromiso político—, sino que también se aclaran determinados puntos oscuros u omitidos en las anteriores monografías. Resulta de especial interés para el lector español la particular atención prestada por Sánchez Pascual a las relaciones del autor alemán con nuestro país: recepción temprana de su obra, viaje a España, opiniones sobre nuestro país, lecturas españolas, etc. La intensa implicación de Mann en la política y cultura europeas, su valiente defensa de los valores democráticos y su lucha contra el nazismo, especialmente desde 1923, convierten esta crónica de su vida en un apasionante repaso de algunos de los sucesos más relevantes del siglo XX.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«De igual manera, en La muerte en Venecia no hay inventado absolutamente nada: el paseante del cementerio norte de Múnich, el siniestro navío de Pola, el viejo presumido, el sospechoso gondolero, Tadzio y su familia, la marcha impedida por el error con el equipaje, el cólera, el sincero empleado de la oficina de turismo, el maligno saltimbanqui, o cualquier otro detalle que pudiera citarse: todo, todo estaba allí, y lo único que faltaba era colocarlo en su lugar para que mostrase, de un modo asombroso, su capacidad interpretativa dentro de la composición. Es posible que se relacione también con esto el hecho de que, mientras trabajaba —con mucha lentitud, como siempre— en este relato, experimentase en algunos instantes el sentimiento de un caminar absoluto, la impresión soberana, nunca antes conocida por mí, de ser llevado en brazos.» (Relato de mi vida, traducción de Andrés Sánchez Pascual)
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Lluvia y otros cuentos, de W. Somerset Maugham

Somerset Maugham (1874-1965) fue uno de esos escritores famosos y prolíficos, mimados por el éxito, a los que faltó el reconocimiento de la crítica más exigente; quizás porque no le interesó infundir a su obra esa dosis de experimentación o complejidad que los mandarines literarios reclaman -no siempre con igual justicia- para conceder su bendición. Cualquiera que se acerque, sin embargo, a este magnífico libro que acaba de publicar Atalanta, quedará cautivado por la maestría de sus cuentos y novelas breves, género en el que supera con creces a sus trabajos más extensos y convencionales. Aparte de escribir novelas tan populares como Servidumbre humana (1915) o El filo de la navaja (1944), Maugham fue también un aclamado dramaturgo, así como un eficaz cultivador del libro de viajes, testimonio de una existencia nómada que pudo sostener gracias a sus grandes triunfos literarios y a los réditos de sus adaptaciones cinematográficas. Lluvia y otros cuentos (traducido por Concha Cardeñoso y prologado por Vicente Molina Foix) recoge un conjunto de doce relatos de variado registro y extensión, amenos y admirablemente escritos, con personajes convincentes y unos diálogos perfectamente trabados que revelan la mano experta del dramaturgo. Abunda en estos cuentos la ironía y el humor ácido, sobre todo cuando el autor se enfrenta a la intolerancia, a la hipocresía moral o a instituciones que le parecen falsas o vacías de contenido. Un cierto toque misógino y la predilección por ambientes exóticos y cosmopolitas completan el marco de estos magistrales relatos, que nos brindan en ocasiones el plus de un final inesperado, de una última pirueta que nos seduce y nos impele a iniciar inmediatamente la lectura del siguiente.

Se inicia el volumen con «La carta», un intrigante relato de corte policial, esmeradamente urdido, que parece pedir a gritos una adaptación cinematográfica (fue llevado a la gran pantalla en varias ocasiones). En su variado elenco de personajes, modelados con una admirable economía de medios, brilla con luz propia Leslie Crosbie, una femme fatal de raza (Bette Davis en el film de William Wyler). El segundo relato seleccionado, «El sacristán», es un cuento de hadas con un desenlace inesperado. El sacristán de una céntrica iglesia londinense ve comprometido su empleo al descubrirse que no sabe ni leer ni escribir. Una divertida ilustración de que “no hay mal que por bien no venga”. «La nave de la ira» es una bienhumorada historia ambientada en los Mares del Sur, escenario recurrente en muchos textos de Maugham. Un inglés borracho y pendenciero naufraga en una isla desierta junto con la estricta hermana de un reverendo baptista. El final feliz de la historia apenas disimula la complacencia misógina del escritor. «El Mexicano Lampiño» es un cuento de espías ambientado en la Gran Guerra, un asunto que el escritor conocía de primera mano por haber trabajado ocasionalmente para el Servicio de Inteligencia Británico, experiencia que le impulsó a escribir toda una serie de relatos protagonizados por el sofisticado espía Ashenden. El interés del relato se condensa en la figura del repulsivo sicario que le da título (Peter Lorre en el film de Hitchcock, Secret Agent). Con una paradisíaca isla de coral como telón de fondo, «Red» es la historia de un idilio truncado del que se nos permite observar, muchos años después, un amargo corolario. Un cuento bellamente narrado, pero de un hondo pesimismo: la derrota de las ilusiones y sentimientos juveniles. El siguiente relato, «Don Sabelotodo», nos remite al ambiente cerrado y cosmopolita de las dilatadas travesías transoceánicas. La personalidad de Max Kelada, el más insufrible compañero de camarote imaginable, se verá iluminada por una luz insospechada tras un penoso incidente con un matrimonio norteamericano. somers maugham«La bolsa de libros» está narrado en primera persona por un escritor -quizás el propio Maugham-, que escucha una confidencia sobre dos hermanos, Olive y Tim, unidos por un amor socialmente reprobable. Sin embargo, la condena del autor parece extenderse solo al matrimonio que, a modo de tapadera, contrae Tim con la jovencísima Sally, desencadenante del drama final. También en este relato la acción se desarrolla en una geografía exótica: una perdida plantación de caucho en Malasia. «Cosas de la vida», quizás el relato menos interesante de la colección (pero no el menos divertido), narra la primera experiencia de un joven británico en el disipado ambiente de un casino en Montecarlo. «La señora del coronel» es otra despiadada crítica del matrimonio, rechazado por Maugham como institución meramente formal, fundamentada en la hipocresía y el interés egoísta. Un exitoso -y demasiado sincero- libro de poemas se transforma en prueba de cargo en un caso de adulterio. No parece gratuito sospechar la malevolencia misógina de Maugham, que se ríe seguramente de esa escritora aficionada que ha triunfado por el morbo que despiertan sus imprudentes confesiones. En un tono similar al de «Don Sabelotodo», «La joya» es otra divertida fantasía que tiene como protagonistas a un solterón sibarita y a su nueva criada, una fámula eficaz y complaciente hasta extremos difíciles de creer. El arreglo final entre los dos personajes no puede ser ni más británico ni más irónico. «Lluvia» es uno de los textos más famosos del autor, una fábula sobre la intolerancia religiosa y la hipocresía moral. Ambientado en los Mares del Sur, concretamente en la asfixiante isla de Pago Pago, el relato nos muestra el duro enfrentamiento entre un misionero fanático (que ha reprimido y criminalizado la naturalidad edénica de los indígenas sujetos a su magisterio) y una chica de vida alegre que casualmente se cruza en su camino. El duelo entre los dos personajes avanzará, cruel e inexorable, hasta desembocar en un espeluznante final. Este magnífico relato fue llevado al cine en 1932 (con Joan Crawford en el papel de Sadie Thompson). El último relato recogido es el titulado «El P. & O.», un críptico encabezamiento que parece anunciar un relato de espías, pero que alude en realidad a una importante naviera inglesa (P&O Cruises), de la que Maugham se valió en muchos de sus desplazamientos. Un dramático y escalofriante suceso acaecido durante una travesía induce una bienhechora catarsis en una pasajera emocionalmente abatida. Un magnífico relato, con ribetes de fantástico, que pone un brillante punto final al libro.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

 

«Por fin dejó de hablar, jadeaba. No parecía humana, tenía la cara distorsionada por la crueldad, la furia y el dolor. Nadie habría podido imaginar jamás que una mujer tan discreta y refinada fuera capaz de sentir una pasión tan feroz. El señor Joyce retrocedió un paso. La mujer lo aterrorizaba, no tenía rostro, sino una máscara retorcida y aborrecible.» (traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera)
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