Poemas de locura, amor y muerte, por Franciso Ruiz-Ruiz de León

No siempre la literatura nos llega a través del libro, las palabras en letras de molde. La lírica, sobre todo, tiene una larga y venerable historia de tradición oral: desde los rapsodas homéricos a los cantautores actuales… No está nada mal recordar que la poesía, en virtud de sus componentes rítmicos y fónicos, ha sido compuesta más para ser escuchada que leída. Cumple su vocación, alcanza su más alto grado de eficacia cuando las palabras se hacen sonido… Es verdad que todos podemos pronunciarla en voz alta, para nosotros mismos, y recrearnos en sus valores sensoriales. Pero ¡qué placer cuando alguien nos interpreta un poema con sentimiento y saber!; y sobre todo si es un verdadero artista, un rapsoda capaz de obrar el milagro de convertir las palabras en música, de hacerlas volar, de ocupar su espacio en el aire, en el tiempo… ¡Una música significante!

No es otra cosa la que nos brinda Luscinia Discos , que con estos Poemas de locura, amor y muerte abre su ya ecléctico catálogo a la literatura, a la poesía… Un ramillete de poemas que nos viene ahora en alas del viento,  «aprisionados»  —para nuestro disfrute— en un cd, e interpretados por el saber y la palabra de Francisco Ruiz-Ruiz de León, Premio Nacional de Declamación: un rapsoda dueño de una recitación vigorosa y elocuente, con un amplísimo registro de matices y una voz de timbre perfecto y atractivo.

El conjunto de poemas que se nos ofrece abarca un dilatado espacio de tiempo, que se extiende desde el Barroco hasta hoy mismo: de Calderón a Leopoldo María Panero, pasando por poetas tan diversos como Espronceda, Machado y José Hierro. Un lugar de privilegio en la selección lo ocupan los grandes líricos del 27, como Lorca, Cernuda, León Felipe o Aleixandre. Tampoco falta una pequeña representación de bardos americanos: Darío, Nervo, Pablo Neruda o Emilio Ballagas; o incluso una bella composición del propio intérprete, Ausencia. Una amplia muestra de lo mejor de la poesía en lengua castellana, a través de una gran variedad de metros y registros, donde poemas muy emotivos alternan con otros más discursivos, y los versos más populares dejan paso a otros, quizás, menos conocidos, pero cuyo descubrimiento será fuente segura de gozo para el oyente. Una sabia mezcla — e inteligente secuenciación— que permiten a Francisco Ruiz-Ruiz de León poner en juego una notable variedad de recursos expresivos; y al oyente, llegar hasta el final del disco con el convencimiento de haber disfrutado de un genuino contacto con la poesía. No está de más subrayar que esta exquisita edición de Luscinia, que viene acompañada por numerosas ilustraciones del intérprete, Francisco Ruiz-Ruiz de León, reproduce el texto de todos los poemas. Sí, también el libro, pero convertido en partitura.

No se puede terminar esta breve reseña sin aludir a la «otra música», la que en la edición de Luscinia acompaña a algunos de los poemas recitados por Francisco Ruiz-Ruiz de León. Autores clásicos (Schumann, Tárrega) junto con otros más actuales, como Carlos Izquierdo y José Ojeda (artistas del sello Luscinia Discos), aportan unas composiciones que se funden de manera armoniosa y eficiente con los poemas. No es nada fácil ni baladí conseguir esa simbiosis, lograr que las «dos músicas» —exigentes como reinas— colaboren sin hacerse sombra. Esto no son canciones. Aquí cada discurso —verso y melodía— reina de manera soberana, y la labor de encaje que ha permitido que coexistan felizmente es digna de admiración.

Para finalizar, un recuerdo, el de la primera vez que asistí a un recital de poesía. Fue en el salón de actos del colegio. Nos advirtieron que era algo muy especial, y que en «nuestra ignorancia» tuviéramos buen cuidadito de no reírnos. Cuando luego salió el intérprete al escenario y comenzó a recitar (recuerdo que uno de los poemas era El Piyayo), ¡qué gran impresión nos produjo! No se escuchó ni una sola risa. Poemas ya habíamos leído, e incluso recitado alguno en la clase, pero aquello era algo muy diferente. Algo nuevo que nos dejaba una profunda huella, y que luego intentaríamos imitar, medio en broma, medio en serio, cada vez que nos cayera algún verso entre las manos…

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras. / Sin palabras hablarte, lo mismo que se habla mi gente./ Que tú me entendieras a mí sin palabras / como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un álamo verde.» (Respuesta, de José Hierro)
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Estío, de Edith Wharton

Alianza editorial acaba de sacar a la luz una nueva edición de una de las novelas más valoradas de la escritora estadounidense Edith Wharton (1862-1937), Estío (Summer, 1917), que ahora podremos leer en la traducción de José Luis López Muñoz. Al igual que en Ethan Frome (1911), la novelista nos ofrece una trágica pintura del mundo rural norteamericano, del limitado horizonte de expectativas que puede ofrecer la vida a quienes habitan en un villorio tan insignificante como North Dormer (Nueva Inglaterra): una simple hilera de casas que tiene como calle principal a la propia carretera que las atraviesa. Y las que más sufren en este medio tan mezquino y limitado —donde las desigualdades de clase resultan más evidentes— son las mujeres, siempre vigiladas y sometidas a un código moral discriminatorio que las sanciona cruelmente cuando abandonan la senda que les ha sido marcada.

Ese es el caso de Charity Royall, la protagonista de Estío, que une a su condición femenina la de ser una huérfana procedente de «la Montaña»: un asentamiento de renegados y fuera de la ley que malviven aislados y en condiciones infrahumanas en lo más inhóspito de la sierra. Estos antecedentes familiares, que Charity irá descubriendo paulatinamente a lo largo de la novela, hasta constituirse en parte esencial de su clímax final, le infunden un doloroso sentimiento de vergüenza y marginación, y parecen justificar, ante el lector, el complejo talante de la muchacha: obstinado e independiente. Charity, que acaba de cumplir dieciocho años, vive además una difícil situación familiar, al convivir con el hombre que la adoptó cuando era una niña y que ahora, tras enviudar, pretende casarse con ella. Su padrastro es un hombre de temperamento solitario y adusto, un abogado inteligente pero venido a menos, arrutinado por el pobre medio social en el que vive, aunque no carente por completo de nobleza y refinamiento. (La novelista, que no desea todavía enseñar todas sus cartas, no nos muestra, por el momento, mucho más del señor Royall). Su pupila, sin embargo, lo desprecia y detesta en grado superlativo, aunque quizás de una manera un tanto inmotivada e irracional… En fin, no es de extrañar que tantas desventajas hayan dotado a Charity de una personalidad muy compleja, llena de aristas, en ocasiones ambigua, que la novelista irá desenredando y desplegando poco a poco bajo nuestra mirada.

Símbolo de este ambiente cerrado y opresivo en el que viven los personajes de Estío es la biblioteca del pueblo, la Hatchard Memorial, una institución benéfica que apenas recibe visitantes y no ha incorporado a su catálogo un libro nuevo en los últimos veinte años. Charity es la encargada de mantener abierta, dos tardes por semana, este inútil templo del saber, donde los volúmenes, carcomidos por el polvo y la humedad, se pudren lentamente en sus deformados estantes. En este contexto tan poco prometedor aparece inesperadamente la radiante figura de Lucius Harney, un joven y simpático arquitecto perteneciente a una de las familias más distinguidas de la zona, que ha llegado al pueblo con la intención de dibujar y estudiar la arquitectura colonial. Charity queda al instante deslumbrada por su atractivo, su cultura y su elegancia, iniciándose entre los dos jóvenes un intenso y «poético» romance, al margen de todas las reglas establecidas, que parece dar al traste con las esperanzas —ya bastante maltrechas— de su taciturno padrastro. Pero no es oro todo lo que reluce, y Charity deberá aprender todavía una dura lección de realismo. Con el abismo abierto a sus pies, la salvación solo será posible tras un doloroso retorno a las raíces.

Leyendo esta novela de Edith Wharton es difícil resistirse a la tentación de compararla con otra novela temprana de su amigo Henry James, Guarda y tutela (Watch and Guard, 1871), donde se establecía también un triángulo amoroso entre un tutor, su pupila (la hija de un amigo fallecido) y un joven pretendiente. El enfoque del conflicto en Guarda y tutela es, desde luego, mucho menos dramático, y la novela está escrita desde la perspectiva masculina de un protagonista que tiene rasgos de Pigmalión (de un Pigmalión al que amenazaran con arrebatarle la estatua cuando ha logrado, al fin, insuflarle vida). Por lo demás, el clima de las dos novelas no puede ser más diferente. Lo que en James no deja de ser, con todos sus aciertos narrativos, una entretenida aventura romántica, en Wharton se manifiesta como una despiadada pintura de la vida de las mujeres en los medios rurales americanos, de su escasa libertad de acción y elección. Al parecer, Estío no fue muy bien recibida en su momento, quizás porque narraba sin grandes disimulos el despertar sexual de una adolescente, Charity, así como su injustificable entrega a un varón que, desde el principio, no parece tomársela demasiado en serio.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Le había dado todo lo que tenía, pero ¿qué era eso comparado con todos los otros regalos que la vida le reservaba? Entendía ya el caso de todas las chicas como ella a quienes les había sucedido algo semejante. Daban todo lo que tenían, pero su entrega absoluta no era suficiente: no se compraban más que unos pocos momentos…» (traducción de José Luis López Muñoz)
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La abundancia de vida, El espíritu protector, de Ludwig Tieck

Ludwig Tieck (1773-1853) fue una de las principales figuras literarias del Romanticismo alemán, autor de una amplia obra que incluye novelas, cuentos, poemas, obras dramáticas e, incluso, una canónica traducción del Quijote al alemán. En nuestro país, Tieck es principalmente conocido por tres de sus relatos fantásticos más sobresalientes: El monte de las runas, Eckbert el rubio y Los elfos, paradigmas de una visión romántica de la naturaleza trufada de misterio, leyendas y «espíritus elementales». Su prolongada vida, que le permitió sobrevivir a Goethe y erigirse en figura eminente y solitaria de la literatura germana, perjudicó algo su obra, que derivó con los años a posturas más realistas, conservadoras y, quizás, menos interesantes. Aunque pertenecen a esta última etapa creativa de Tieck, las dos novelas cortas (novelle) que reseñamos, La abundacia de vida (1839) y El espíritu protector (1839), gozan del suficiente atractivo y originalidad como para garantizar al lector una placentera y amena lectura.

El primero de los textos, La abundancia de vida (Des Lebens Überfluss), tiene como protagonista a un joven matrimonio que vive en la pobreza, aislado en un pequeño apartamento de un edificio en el que son sus únicos moradores. Heinrich y Klara consideran innecesario todo lo que no sea su amor y mutua compañía, y entretienen sus veladas con profundos diálogos y meditaciones que son contenido importante del relato y nos informan de su propia historia. Para lograr su proyecto de convivencia, esta pareja tan bien avenida ha tenido que romper con su pasado, con sus acomodadas familias y sus anteriores medios de vida, y arrastrar una existencia de anonimato y miseria que no parece incomodarles lo más mínimo. Amparados por su amor, todas las ventajas materiales que han perdido les parecen superfluas. Su aislamiento es casi perfecto, pues el propietario del inmueble se ha marchado a un largo viaje, y su única ventana se abre sobre un tejado que les impide toda contemplación que no sea la del propio cielo. Esta situación tan románticamente ideal, pero un tanto forzada y muy inverosímil (no necesitan salir a la calle siquiera, pues una vieja y fiel criada, que los ha seguido desinteresadamente a su voluntario exilio, les trae lo poco que necesitan), adquirirá tintes casi kafkianos cuando Heinrich se vea obligado a arbitrar algún medio que les permita alimentar la estufa… Como en un cuento de hadas, una inesperada resolución pondrá un final feliz a este delicioso y original relato.

[Es conveniente advertir al lector de que esta novelle (Des Lebens Überfluss) fue publicada por Alfaguara bajo el título de Lo superfluo (José M. Mínguez, 1987). Nicolás Gelormini, sin embargo, en la edición que nos ocupa (Buenos Aires, Losada, 2016), la ha traducido por La abundancia de vida, pues, según señala en su prólogo, la palabra überfluss tiene un doble significado: «abundante» y «superfluo»; y le parece que «en el título resuena sobre todo la primera de las significaciones, aunque en el resto de la obra predomine la otra».]

Creo que el siguiente relato, El espíritu protector (Der Schützgeist), estaba inédito en nuestra lengua. Escrito en el mismo año que La abundancia de vida, guarda con él un indudable parecido, al menos en su estructura compositiva, que sigue el modelo habitual de la novelle de Tieck: una primera parte muy estática, volcada hacia el diálogo y la evocación, es seguida por una resolución inesperada y de acción acelerada que impone un final feliz a la historia. El espíritu protector, sin embargo, es una novelle de tintes más crepusculares, pues la protagonista es ahora una anciana condesa que desea ver a su hijo antes de morir. Las notas exageradas y extravagantes son aquí menores, y aparecen al final, como el improbable encuentro de la condesa con su hijo o su salvación in extremis de las garras de Gottlieb. En El espíritu protector el fondo de la historia es esencialmente fantástico, aunque de una «fantasía» cristiana y trascendente. Como lo anuncia el título, el protagonista es un ángel guardian, una niña misteriosa que marca con sus benévolas y oportunas apariciones los hitos más significativos de la vida de la condesa, desde su infancia hasta sus últimos instantes de vida. La «autenticidad» de esta serie de intervenciones milagrosas viene atestiguada, desde dentro del relato, por la observación directa del personaje de Theodor, lo que nos disuade de considerarlas imaginaciones de la mente enferma de la narradora. El desenlace de El espíritu protector manifiesta, más incluso que en el anterior relato, una notable aceleración narrativa, que contrasta con la inmovilidad de las paginas preliminares, centradas en las evocaciones de la condesa y en los diálogos que entabla con sus visitantes. Una arriesgada navegación en barca sobre el Rin, en mitad de una temible tormenta, seguida de la travesía de un tenebroso bosque plagado de malhechores, harán posible el puntual cumplimiento de todo cuanto anhela la condesa.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«por esta vida doméstica nuestra con sus vasos ordinarios nos habrían envidiado los soberanos más ricos de la Antigüedad. Debe ser aburrido beber de un copa de oro agua tan bella, clara, saludable. Por el contrario, en nuestros vasos, la refrescante ola flota tan serena y translúcida, tan unida al recipiente que uno se ve tentado a creer que está bebiendo el éter mismo vuelto líquido.» (traducción de Nicolás Gelormini)
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La colección invisible, de Stefan Zweig

LaColeccionInvisible-316x496Este pequeño librito de Olañeta me ha acompañado durante un viaje de fin de semana, y aunque no llega a tener ni cien páginas creo que se merece una reseña, siquiera tan breve como el espléndido relato que contiene. La colección invisible, subtitulado Episodio de la época de la inflación en Alemania (1929), comienza durante un viaje en tren, en una imprecisa estación de ferrocarril situada más allá de Dresde. Un veterano anticuario berlinés, que ha subido al vagón donde viaja el autor, va a contarnos una historia extraordinaria, un hecho real pero fuera de lo común: «la historia más curiosa que le ha sucedido a un viejo comerciante de arte como yo en treinta y siete años de carrera.» Corren los años veinte en Alemania. Ha terminado la Gran Guerra, pero la equivocada política económica de la República de Weimar y las exigentes reparaciones impuestas a los alemanes por el Tratado de Versalles sumen al país en la miseria, viéndose sometido a una fuerte inflación que culminará con el hundimiento de la Bolsa de Berlín en 1927. Stefan Zweig, pacifista convencido, que se ha opuesto a la guerra desde el principio y ha tenido que refugiarse temporalmente en Suiza, publicará a finales de esa década un puñado de textos que reflejan la penosa situación alemana. Conmovedoras estampas entre las que figura el relato que nos ocupa, La colección invisible, donde se denuncia la rapiña de las obras de arte, en un momento de la historia europea en la que un sello de correos podía costar en Alemania millones de marcos y los nuevos ricos —bien pertrechados de dólares— hacían su agosto en una población de coleccionistas empobrecidos y hambrientos. Poco más podemos contar de este estupendo relato sin arruinar el disfrute del lector, que se verá recompensado por la originalidad de la historia y la finura con que el autor traza la psicologia de los distintos protagonistas del drama.

Traducido y prologado por Alex Weiss, el libro viene ilustrado con algunos grabados de Rembrandt, los más convenientes para una perfecta comprensión y disfrute del texto.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Todo llevaba, pues, a creer que se trataba de un hombre un poco particular, un personaje ridículo, de costumbres anticuadas, uno de esos alemanes pintados por Menzel o Spitzweg, como existían todavía hasta hace poco algunos raros especímenes aquí y allá en nuestras pequeñas ciudades de provincias.» (traducción de Alex Weiss)
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La muñeca de nieve y otros cuentos, de Nathaniel Hawthorne

la-muneca-de-nieveLa aparición de este libro de relatos de Nathaniel Hawthorne (1804-1864), nunca traducido íntegramente al castellano, es un acontecimiento de gran interés para los lectores y entusiastas del gran escritor americano. De los quince cuentos que recoge La muñeca de nieve y otros cuentos (The Snow-Image, and Other Twice-Told Tales, 1851) no creo que sean más de cinco los que podíamos leer traducidos a nuestra lengua: «La muñeca de nieve», «El gran rostro de piedra», «Ethan Brand», «John Inglefield y el Día de Acción de Gracias» y «Mi pariente, el mayor Molineux». Los restantes creo que estaban inéditos en castellano; al menos yo no he sido capaz de localizarlos, ni los había leído nunca. Es pues una excelente noticia la aparición de este libro de relatos (traducidos por Marcelo Cohen), con el que Acantilado completa la serie de volúmenes en que Hawthorne recogió la mayor parte de su prosa breve: Twice Told Tales (1837), Mosses from an Old Manse (1846) y The Snow-Image, and Other Twice-Told Tales (1851).

La muñeca de nieve y otros cuentos es una recopilacion de cuentos de muy diversa data, según nos informa Hawthorne en el interesantísimo Prefacio que encabeza la edición:

«Algunos de estos bocetos fueron de los primeros que escribí y, después de haber permanecido años inéditos, acabaron escondiéndose en anuarios o revistas y allí han permanecido ocultos desde entonces. Otros son de un periodo posterior; algunos más fueron escritos recientemente.»

Pero este Prefacio es sobre todo una emocionada carta de agradecimiento a su amigo Horatio Bridge (al que también dedica el volumen), la única persona que creyó en su talento literario y contribuyó a su descubrimiento sufragando la publicación de sus Twice Told Tales de 1837.

«La muñeca de nieve» es una poética fantasía que tiene como protagonista a un muñeco de nieve que cobra vida. Los hijos de una madre sensitiva, que ha sabido conservar, a pesar de los años y los sufrimientos de la vida, algo de su imaginación y candor infantiles, son los artífices del prodigio. Ante el milagro, el padre de los niños, un bienintencionado materialista, se obstinará en obrar según sus propios y estrechos criterios, con el resultado que cabe esperar. Una fábula sobre el poder de la imaginación y el necesario respeto a la diferencia. Al igual que en «Feathertop», el simulacro ha puesto eel-gran-rostro-de-piedran evidencia al hombre. «El gran rostro de piedra» es una parábola moral sobre el Ideal, y de cómo es percibido por los hombres de distinta manera. Así, todos los habitantes del valle donde se desarrolla la historia piensan que el noble rostro figurado en la montaña anuncia la llegada de un personaje que será el orgullo de la comunidad. Pero, ¿quién será? Las figuras del millonario, el guerrero, el estadista, incluso el poeta famoso, dejan tras de sí una estela de decepción. Al final, descubriremos que la verdadera grandeza es la que pasa siempre desapercibida. Este imaginativo relato fue recogido (y dio título al volumen) en la mítica colección «La Biblioteca de Babel» de Ediciones Siruela. «La calle mayor» es la historia de una calle de la ciudad natal de Hawthorne, presentada como el espectáculo de una barraca de feria, con sus maniquíes y escenarios de cartón. Es una crónica abreviada de la comunidad puritana, con sus secuelas de intransigencia y los procesos de brujería (en los que se vería implicado un antepasado del autor, el juez Hathorne [sic]). La narración se ve periódicamente interrumpida por la intervención de algunos espectadores, como es el caso del «crítico intransigente» o el «hombre de las gafas azules», figuras habituales en la narrativa de Hawthorne que representan al hombre puramente materialista, falto de imaginación y aquejado de un realismo empobrecedor. «Ethan Brand. Un capítulo de una novela frustrada» es uno de los relatos mejores y más conocidos del libro (recogido en su día en la antología de Alianza Editorial, Wakefield y otros cuentos). Se trata de una bella y sobrecogedora fábula sobre la desesperación y el vacío que produce el pecado (el «Pecado Imperdonable»). Ethan Brand ―según nos informa el narrador― era un «desalmado» en el que «su naturaleza moral había cedido su terreno al intelecto». Pero el relato es también una lección de estoicismo: a la mañana siguiente, la naturaleza toda y el curso de la vida de los hombres siguen su marcha habitual, mostrando una indiferencia suprema al sino fatal del pecador. «Biografía de una campana» es poco más de lo que anuncia el título: las movidas peripecias de una campana francesa y católica que termina en lo alto de un campanario protestante de la ciudad donde reside el autor. Con «Sílfide Etherege» estamos ante uno de esos «experimentos» ―de índole moral, por supuesto― que aparecen de cuando en cuando en la narrativa de Hawthorne. Una lección de realismo impartida de manera harto cruel a una joven idealista y romántica, y cuyo desenlace, aunque abierto, parece bastante trágico y desolador. Quizás el destino de todos nuestros sueños. «Los peregrinos de Canterbury» es otra fábula moral que podría leerse como una imaginativa recreación del viejo proverbio: nadie escarmienta en cabeza ajena. Una joven pareja de enamorados, al abrigo de una deliciosa noche de verano, huye de la comunidad Shakers donde han nacido para protagonizar una vida más libre que les permita unirse en matrimonio. Pero antes de dar el último paso que los aleje definitivamente de su viejo mundo, deberán escuchar las lecciones de realismo que les imparte una cuadrilla de experimentados peregrinos que, al contrario que ellos, pretenden buscar su refugio en la aldea cuáquera. ¿Desearán los jóvenes ser los protagonistas de sus propios errores? En «Noticias de ayer» el autor toma como excusa la revisión de unos viejos periódicos para trazar un colorido panorama de la vida y costumbres de Nueva Inglaterra, tanto en su etapa colonial como en la revolucionaria, esta última vista desde la perspectiva de un viejo realista que ha permanecido en el país tras la retirada inglesa. En la misma línea podemos situar «La antigua Ticonderoga, un relato del pasado», una ensoñación inspirada en las ruinas del famoso fuerte inglés, protagonista de un célebre episodio de la Guerra de Independencia americana. En el siguiente cuento, «El hombre de piedra», asistiremos al nacimiento de una leyenda: una seria advertencia de hasta dónde puede conducirnos la intolerancia religiosa y el desprecio a nuestros semejantes. Uno de los relatos más curiosos del libro es el titulado «El demonio en el manuscrito», protagonizado por un joven escritor de cuentos que, tras recibir el rechazo de numerosos editores, arroja sus manuscritos al fuego. El imprevisible resultado de su gesto de desesperación le colmará de un gozo bastante reprensible. Un autorretrato, quizás, del joven Hawthorne en sus inicios como escritor. El siguiente relato, «John Inglefield y el día de Acción de Gracias», es un texto breve pero de gran intensidad, inspirado en la parábola del hijo pródigo; en este caso, una joven descarriada. Los que hemos leído a Hawthorne sabemos que las notas tétricas, o incluso macabras, no son raras en su narrativa. «Las esposas de los muertos», sin embargo, pese a su siniestro título, llama la atención precisamente por su final feliz, aunque un tanto forzado. ¿Y si la ventura de las dos cuñadas solo fuera un sueño? «El gamoncillo» es una simpática fábula, de hechura casi folclórica, sobre el valor del trabajo. Un escolar fugado verá reproducida en todas partes la temible faz de su maestro «Brega». En «Mi pariente, el mayor Molineux», último cuento del libro, Hawthorne vuelve su mirada una vez más a la Nueva Inglaterra colonial, al agitado periodo en que los gobernadores eran nombrados directamente por la Corona. En este caso, sin embargo, se trata de un relato de ficción: una intrigante búsqueda nocturna −la del mayor Molineux− que tiene todas las trazas de una pesadilla.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Allí estuve sentado, rodeado de muros desamparados, mientras el sol de la tarde brillaba suavemente en un cielo despejado y se deslizaba a través de las ventanas y el umbral. Oía el tintineo de un cencerro, el gorjeo de los pájaros y un placentero zumbido de insectos. Una mariposa vino a aletear a mi alrededor, remontó el vuelo, se posó en el penacho de flores amarillas y se alejó por encima del lago. Luego una abeja se paseó por los rayos de sol y encontró mucha dulzura entre las hierbas. Después de contemplarla alejándose hacia su apartada colmena, cerré los ojos en medio de las ruinas de Ticonderoga y dejé que mis ensoñaciones me mostraran imágenes del pasado y escenas que se habían representado en aquel teatro». (traducción de Marcelo Cohen)
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Rilke y la música, de Antonio Pau

Pocos ensayos he leído últimamente que me hayan deparado mayor placer que este de Antonio Pau, Rilke y la música, que acaba de publicar la editorial Trotta, y donde se examinan, con rigor y admirable amenidad, las especiales relaciones que el poeta de las Elegías mantuvo, a lo largo de su vida, con el arte de los sonidos. Aunque nadie ignora que música y poesía son dos magnitudes artísticas estrechamente vinculadas, yo siempre había tenido la sospecha de que la particular personalidad de Rilke era, de alguna manera, incompatible con el «arte de las musas». Me parecía que una sensibilidad tan extremada como la suya, capaz de verse afectada seriamente por el roce, sobre su rostro, de las manos de un barbero -según le confiesa por carta a su amiga Lou Andreas Salomé-, difícilmente podría enfrentarse a la audición de una obra musical de cierto carácter -pongamos una sinfonía de Beethoven- sin sufrir una grave crisis nerviosa. ¿Podía acaso imaginar a Rilke soportando con estoicismo las maniobras musicales de un vecino pianista, por muy dotado que estuviera, por muy bellas que fueran las piezas interpretadas? Cualquiera que lea este admirable ensayo de Antonio Pau, Rilke y la música, perdonará tan malévolas suposiciones; y, lo que es aún más importante, profundizará en la comprensión de la obra de un poeta que pretendió (y logró quizás) emular a Orfeo con solo palabras. Poemas, fragmentos de prosa y extractos de la abundante correspondencia de Rilke, finamente traducidos por el autor, ilustran los diferentes capítulos del libro, confiriéndole un valor e interés añadido.

A diferencia de otras artes, como la escultura o la pintura, hacia las que Rilke se mostró pronto muy receptivo, la música le supuso, durante una gran parte de su vida, un verdadero desafío. Y es que la música se oponía al silencio, y el silencio era para Rilke la condición previa inexcusable, el suelo fértil donde solo podía florecer el proceso creativo. El silencio permitía, al poeta solitario, escuchar esa «melodía de las cosas» que es la fuente y quintaesencia de toda creación artística. Resulta significativo a este respecto la cita extraída por Antonio Pau de Los apuntes de Malte Laurids Brigge, donde Rilke se hace eco de la sordera de Beethoven, de su obligado confinamiento sonoro, en el que ve una confirmación de su pensamiento. El poeta teme el efecto seductor de la música, perturbador de su débil equilibrio cuando la «gran obra» aún no está acabada. Será preciso esperar, pues, a que, completados los grandes ciclos de Los sonetos a Orfeo y de las Elegías de Duino, el poeta pueda entregarse sin temores ni reparos al arte de los sonidos, una aceptación paulatina en la que ejercieron una importante influencia algunas lecturas y experiencias musicales, todas cuidadosamente analizadas por Antonio Pau. Es el caso del libro de Fabre D’Olivet, La Musique, expliquée comme science et comme art (1896), que le desveló a Rilke el fondo trascendente, supraterreno de la música, que congeniaba con su particular cosmovisión. En las cultas veladas del castillo de Duino, bajo la tutela de los príncipes de Thurn y Taxis, mecenas y melomános a partes iguales, tuvo también Rilke la oportunidad de escuchar música de cámara en un entorno privilegiado (fue allí donde se gestó el alumbramiento de las Elegías): cuartetos de Mozart y de Beethoven. Asimismo influyeron en su acercamiento al arte de los sonidos las relaciones que mantuvo con diversos artistas y personalidades musicales: los compositores Ferruccio Busoni y Ernst Krenek, la pianista Magda von Hattingberg, la clavecinista Wanda Landowska o la violinista Alma Moodie. De estas influencias, la más importante quizás fue la de Magda von Hattingberg (Benvenuta), por la que el poeta experimentó una pasión amorosa no correspondida. La pianista, que admiraba en el poeta su lado espiritual y literario, le presentó a Busoni, y cruzó con él una bella e interesantísima correspondencia, trufada de atinadas y profundas reflexiones musicales. Como manifestación de este cambio de actitud en Rilke, analiza Pau una serie de poemas de los años finales, a partir de 1918, donde se manifiesta de manera casi explícita la «rendición» del poeta al arte de los sonidos. Rilke, que siempre se había mostrado muy reacio a que sus poemas fueran puestos en música (tanto como a su traducción a otras lenguas), «capitularía» también en este último frente a finales de 1925, al proponer al compositor Ernst Krenek (con el que había entablado una reciente amistad) que musicara su trilogía O Lacrimosa. Música y poesía se reencontraban al fin.

Rilke y la música se completa con una detallada cronología y un pequeño, pero selecto, álbum de fotografías. Ahora que nos vemos con tanta facilidad asediados por una avalancha de imágenes triviales o de dudoso gusto, se agradece hallar una galería de fotos tan interesante y esmeradamente reunida.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Algún día podré soportar la música: cuando sepa que dentro de mí hay un núcleo de existencia que no podrá ser perturbado, y no quede yo a merced de ella, de universo en universo. Cuando sienta en mí suficiente fuerza de gravedad para soportar lo que la música representa: entonces dejaré que su movimiento vibre a través de mí.» (de una carta de Rilke a Sidie Nadherny, 1908; traducción de Antonio Pau)
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Rilke y Wanda Landowska

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Ethan Frome, Las hermanas Bunner, de Edith Wharton

En este nuevo volumen que acaba de publicar Alianza se nos ofrecen dos de las novelas breves más interesantes y valoradas de la escritora norteamericana Edith Wharton (1862-1937), dos verdaderas joyas que merece la pena disfrutar, o incluso releer, en la magnífica traducción que nos brinda José Luis López Muñoz. Localizadas repectivamente en el medio rural americano y en un barrio pobre de Nueva York, Ethan Frome (1911) y Las hermanas Bunner (1892) se alejan del habitual escenario de clase alta que tan perfectamente conocía la novelista, y que retrató satíricamente en novelas tan famosas como La casa de la alegría o La edad de la inocencia. Aunque distanciadas casi veinte años en la carrera literaria de Wharton, estas dos nouvelles tienen como elemento común el desarrollo de un atormentado y trágico triángulo amoroso. Cuando el amor logra prender, inoportuno, en un medio inhóspito, la devastación parece estar asegurada.

Ethan Frome se desarrolla en el claustrofóbico ambiente de un pequeño pueblo de montaña, Starkfield, donde el frío y la nieve son el contrapunto simbólico de un matrimonio agostado. El núcleo de la historia está narrado en tercera persona, pero encuadrado hábilmente en el relato de un testigo anónimo que se informa de los hechos años después. Ethan es un hombre indeciso y de poco carácter, hijo de una madre enfermiza que perdió la razón antes de morir. Su matrimonio con Zeena, una prima que se instaló en la granja familiar para atender a la madre en su enfermedad final, fue un grave error, una decisión equivocada fruto de su debilidad y de un exagerado sentido del deber. Algunos errores se pagan caro. Seis años después, Zeena se ha transformado en una mujer dura y amargada, una enferma crónica que reencarna todo lo negativo de la figura materna y hace profundamente desgraciado a Ethan, que apenas consigue sacar de su pobre granja lo preciso para vivir y sufragar los gastos médicos que le depara su esposa. Con este desdichado matrimonio convive una joven de veinte años, Mattie, una pariente de Zeena a la que una repentina orfandad ha dejado en la miseria. Es una muchacha también débil, incapaz de valerse por sí misma, pero que representa, por su carácter alegre y afectuoso, la contrafigura de Zeena. En este medio tan hostil, Ethan y Mattie se atraerán inevitablemente, configurándose un triángulo amoroso que tendrá fatales consecuencias. El obsesivo ambiente de temerosa culpabilidad que respiran los dos enamorados —cuando ni tan siquiera han hecho explícito su sentimiento— está magistralmente trazado por la novelista, y es uno de los mayores aciertos en este relato cruel y ferozmente pesimista.

En Las hermanas Bunner la acción se traslada a Nueva York. La modesta mercería de las hermanas Bunner se levanta en un barrio marginal, en la zona fronteriza a partir de la cual «la pobreza se transforma en miseria». También en esta novela se desarrolla un triángulo amoroso, propiciado por la aparición en escena del relojero Ramy, un personaje de maneras corteses pero fondo dudoso, que revoluciona el pequeño y aislado mundo de las dos solteronas. Una vez más, el amor vuelve a brotar en un lugar donde se daba por descontado que ya no aparecería; pero lo que ahora se ve amenazado no es una relación dañina y sin futuro, sino la tranquila convivencia con que dos hermanas han logrado sobrellevar pasablemente su mediocre y solitaria existencia. La ternura con que la novelista traza la figura de estas dos hermanas —sobre todo la de Ann Eliza, siempre dispuesta a sacrificarse por su hermana menor, Evelina— viene reforzada por la introducción de algunas gotas de humor (como las que nos brinda la imaginativa señorita Mellins) que suavizan la dureza de la historia. Aunque la resolución del conflicto no es tan espeluznante como en Ethan Frome, en Las hermanas Bunner se manifiestan personajes y móviles mucho más indignos, y el injusto devenir de la principal protagonista —con su inútil sacrificio, con su bondadosa generosidad— nos dejará un amargo sabor de boca.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«De camino dejó un paquete en la tintorería y, después de cumplir con aquel encargo, se dirigió a la tienda del señor Ramy. Nunca se había sentido tan vieja, tan desesperada y tan humilde. Era consciente de que se había embarcado en una misión de amor por cuenta e Evelina y aquel convencimiento parecía robarle hasta la última gota de sangre joven que corría por sus venas. También le arrebató toda su descolorida timidez virginal; y con rápida y enérgica compostura giró el pomo de la puerta del relojero.» (traducción de José Luis López Muñoz)
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Tardía fama, de Arthur Schnitzler

Nadie mejor que el propio autor para hablarnos de su oficio, de ese complejo mundo protagonizado por escritores, críticos, editores y público. Henry James ha sido, sin duda, uno de los literatos que más y mejor ha reflexionado —desde la ficción novelesca— sobre este asunto: La lección del maestro, Los papeles de Aspern, Nona Vincent, La muerte del león, Lo mejor de todo… Dentro de la novelística de Arthur Schnitzler (1862-1931) esta temática es, desde luego, mucho más infrecuente, y su tratamiento dista bastante de la manera de hacer de James. Los colores en el vienés son más fuertes, la ironía más transparente y afilada (y el significado, de inquietante actualidad). Así se manifiesta en esta novela que acaba de publicar Acantilado (en la traducción de Adan Kovacsics), Tardía fama (Später Rhum, 1894), obra póstuma del escritor austríaco que había permanecido inédita hasta que Paul Zsolnay se animó a editarla en 2014 (levantando cierta polémica en el medio crítico y filológico germano). Una obra magnífica —tal como se nos ofrece—, tan interesante y admirablemente escrita como todas las del popular escritor vienés. Tardía fama es la pintura irónica y desencantada de un mundillo de escritorzuelos ambiciosos, ferozmente enfrentados, a los que poco parece importar la literatura. Quizás un ajuste de cuentas con algunos de sus compañeros de la Jung Wien (Joven Viena) que nunca se atrevió a publicar.

El protagonista de Tardía fama, Eduard Saxberger, es un acomodado funcionario de setenta años que arrastra una apacible y solitaria existencia burguesa. Ninguno de sus conocidos sabe que en su juventud fue autor de un poemario, Andanzas, cuya publicación no tuvo apenas repercusión. Olvidado por completo de su truncada carrera literaria, Saxberger recibe un día la inesperada visita de un poeta, Wolfgang Meier, entusiasta admirador de su libro, que ha descubierto casualmente en una librería de segunda mano. El joven pertenece a la asociación literaria Entusiasmo, un grupo de poetas que aseguran compartir su fascinación por Saxberger y desean conocerlo. Este esperanzador inicio de novela, que parece preludiar el merecido homenaje a un viejo poeta injustamente olvidado, se transformará pronto en el descorazonador retrato de una mezquina camarilla donde los sentimientos de valoración o admiración de la obra ajena son solo moneda de cambio en la lucha por triunfar. El ingenuo Saxberger, adulado por los jóvenes, se siente al punto rejuvenecer, ve despertarse sus dormidas ambiciones literarias y no falta a ninguna de sus tertulias, embarcándose finalmente en la preparación de un recital público colectivo donde sus viejos poemas ocuparán un lugar destacado. Pero el anciano poeta, que desde el principio de su aventura ha mantenido la cabeza medianamente serena, terminará descubriendo la fea realidad que se esconde en esa persecución desesperada del reconocimiento público (la Fama siempre es otra cosa). Su experiencia, en cualquier caso, habrá merecido la pena. Ahora podrá contemplar su pasado de poeta frustrado bajo una luz muy diferente. Los «alumnos» le han dado, involuntariamente, una valiosa lección.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Es la historia de siempre. Al principio nos basta y sobra la propia alegría de crear y el interés de los pocos que nos entienden. Pero después, cuando comprobamos lo que prospera a nuestro alrededor, todo lo que cobra cierto renombre y hasta fama, terminamos deseando que también se nos escuche y aprecie. ¡Y entonces llegan las desilusiones! La envidia de los que carecen de talento, la frivolidad y malevolencia de los críticos y la terrible indiferencia de la multitud. Y uno acaba cansado, cansado, cansado. Tendría muchas cosas que decir, pero nadie quiere prestar atención, y al final olvida que ha sido uno de esos que aspiraban a algo grande y quizás incluso llegaron a crear algo grande.» (traducción de Adan Kovacsics)
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De noche, bajo el puente de piedra, de Leo Perutz

Nada mejor, para aliviarnos de estos calurosos días de finales del verano, que pasearnos por las calles de la vieja Praga acompañados de uno de sus más ilustres mentores, Leo Perutz (1882-1957), escritor checo en lengua alemana del que Libros del Asteroide acaba de publicar (en la traducción de Cristina García Ohlrich) uno de sus textos más amenos y de mayor riqueza inventiva: De noche, bajo el puente de piedra (Nachts unter der steinernen Brücke. Ein Roman aus dem alten Prag, 1953). Ambientada en la Praga de Rodolfo II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (1576-1612), la novela es uno de los últimos trabajos de Perutz, y está ingeniosamente construida como una suma de relatos en apariencia independientes —entre fantásticos e históricos—, enlazados sutilmente por una historia de amor: la pasión clandestina del monarca por la bella Esther. Un amor que parece consumarse en el terreno de la magia y de los sueños; una alegoría, quizás, del buen entendimiento del «emperador astrólogo» con su pueblo judío.

«Peste en el barrio judío» es un espeluznante cuento de aparecidos, ambientado en el cementerio judío durante la peste de 1589. Dos músicos ambulantes, Jäckele-Narr y Koppel-Bär, serán los encargados de indagar las causas del castigo divino. El enigmático final del relato, protagonizado por el poderoso rabino Loew, nos brinda la primera pieza del puzzle que revelará los misteriosos amores del emperador Rodolfo. «La mesa del emperador» es un texto escrito desde la ironía: una primera instantánea de la desordenada economía de la corte bohemia, con un emperador manirroto, fanático de la alquimia y la astrología, coleccionista compulsivo de objetos artísticos, al que todos parecen engañar con facilidad. El despilfarro en la cocina imperial dará consistencia, de manera indirecta y bastante cómica, al cumplimiento de una antigua profecía, echando por tierra las nobles aspiraciones del patriota Peter Zaruba. «El coloquio de los perros» es un evidente homenaje cervantino (Perutz era de origen sefardí), protagonizado por un judío condenado a muerte que pasa su última noche de calabozo acompañado de dos canes parlantes, con los que deberá compartir, para mayor escarnio, el castigo de la horca. En «La zarabanda» se narra una de las historias más emocionantes del libro: un duelo entre nobles que desemboca en una infernal zarabanda nocturna por las calles de Praga, y a la que solo pondrá fin la aparición de un eccehomo espectral, estremecedora alegoría del pueblo judío conjurada por las artes arcanas del rabino Loew (el que fuera supuesto artífice, nada menos, que del mítico Golem). «Enrique, el del infierno» es un divertido relato donde se escenifican algunas de las famosas paranoias del emperador Rodolfo, que creía descubrir en el rostro de cualquier desconocido la víctima de alguno de sus desafueros. El siguiente relato, «El tálero robado», tiene también como protagonista al emperador. La historia, presentada como una aventura juvenil de Rodolfo, manifiesta las hechuras de un cuento folclórico, con sus diablos monederos y una pieza de plata encantada que no dejará de rodar hasta alcanzar su destino: forjar la fortuna del judío Meisl, marido de Esther y uno de los personajes clave del libro. «De noche, bajo el puente de piedra» es un texto escrito en tono lírico y clave alegórica, exposición de los «oníricos» amores entre Rodolfo y Esther. Es, sin duda, la piedra angular del libro, al que da sentido y unidad. «La estrella de Wallenstein» tiene como protagonistas al astrónomo Kepler y al ambicioso caballero Waldstein (o Wallenstein). En esta extensa pero amena estampa histórica —con ribetes de cuento galante—, la astrología hace de las suyas, deshaciendo las maquinaciones de sus principales protagonistas. El planeta Venus triunfará sobre Marte, para mayor placer de la desinhibida Lucrecia y ruina del mafioso Barvitius y sus secuaces. Los dos siguientes cuentos, «El pintor Brabanzio» y «El alquimista olvidado», se nos presentan como las dos caras de una misma moneda (esas «cabecitas de paganos» que tanto entusiasmaban al emperador coleccionista), correspondiéndose con dos de las mayores obsesiones del monarca: el arte y la alquimia. En el primero de ellos, Brabanzio, un artista genial que desprecia la fama, termina su vida en el anonimato, no obstante los esfuerzos de Rodolfo para atraerle a su corte. En el segundo relato, por contra, un alquimista ambicioso, caído en desgracia por su incapacidad para generar oro, no despertará con su huida ni siquiera las iras del emperador, y muere olvidado en una miserable choza a los pies de palacio. «La jarra de aguardiente» es otro cuento de aparecidos, protagonizado una vez más por Jäckele-Narr y Koppel-Bär, condenados, al parecer —no sabemos si por su afición a la bebida—, a testimoniar todas las manifestaciones sobrenaturales del libro. En esta ocasión los cómicos asisten, en la vieja sinagoga, a una liturgia fantasmal donde se leen los nombres de los judíos que morirán durante ese mismo año; entre ellos, el del rabino Loew, otra de las piezas esenciales del juego. «Los fieles del emperador», ambientada en 1621, es una graciosa recreación de la suerte de algunos cortesanos tras la caída de la monarquía bohemia. Nostalgía e ironía repartidas a partes iguales en este balance póstumo de la figura del emperador. Para finalizar, nada diremos de los dos últimos relatos, «La vela consumida» y «El ángel Asael», ni del «Epílogo», donde se desvelan los últimos misterios de esta apasionante historia.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Y, a pesar de ello, la noche es más hermosa que el día. Cesa el alboroto de los hombres y de pronto suena una campanada, el ulular del viento, el susurro de las ramas de los árboles y del río, el aleteo de un pájaro; esas son las voces del mundo que aún se perciben, y sobre nosotros las eternas estrellas que siguen el recorrido trazado por su creador. Con frecuencia pienso que Dios ha creado a los hombres igual que ha creado las estrellas, y a pesar de ello, allá arriba reinan el orden y la obediencia, mientras que aquí abajo solo hay desorden, guerra y confusión.» (traducción de Cristina García Ohlrich)
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Mogens, de Jens Peter Jacobsen

La editorial madrileña Ardicia, empeñada en la loable tarea de rescatar para nuestra lengua textos olvidados y de interés, nos ofrece ahora una sutil muestra del escritor danés Jens Peter Jacobsen (1847-1885), considerado en su país como el introductor y principal representante del naturalismo literario. Jacobsen fue autor de dos importantes y ambiciosas novelas, Fru Maria Grubbe (1876) y Niels Lyhne (1880), un ramillete de poemas que permanecieron inéditos en vida (Schönberg les pondría música en sus Gurrelieder de 1911), y un puñado de relatos cortos como los que integran su libro Mogens og andre noveller (1882), del que la presente edición ha recogido los tres más significativos. Una breve e intensa obra literaria —interrumpida tempranamente por la tuberculosis— que marcó su influencia en escritores de la talla de Thomas Mann, Hermann Hesse o el propio Rilke, que en sus famosas Cartas a un joven poeta (1929) recomienda encarecidamente a Franz Xaver Kappus la lectura del escritor danés.

Mogens (1872) fue el primer relato publicado por el autor. Un joven destrozado por una terrible desgracia es salvado de una existencia atormentada y vagabunda por el amor de una muchacha que cree en los elfos. Una bella historia, aparentemente convencional, pero llena de detalles encantadores y narrada con una técnica «impresionista» donde las escenas se yuxtaponen sin apenas intervención del narrador y se presta una especial atención al color, sobre todo en la naturaleza vegetal (Jacobsen fue botánico de profesión). Una muestra condensada del estilo personal de Jacobsen, y de su virtuosismo descriptivo, lo hallaremos en el episodio del incendio, donde las imágenes —terribles y sobrecogedoras— se suceden vertiginosamente. La peste en Bérgamo (1881) es la negra estampa de una vieja ciudad italiana diezmada por la peste, con sus secuelas de desorden público y depravación moral. El relato tiene su punto culminante en la espeluznante aparición de una turba de disciplinantes, con sus cruces negras, látigos y cánticos desgarrados, que vienen a rezar a la iglesia (es difícil no evocar la correspondiente escena de El séptimo sello, del cineasta sueco Ingmar Bergman, que parece inspirada en el relato). El enfrentamiento entre el hedonismo desesperado de los habitantes de Bérgamo y el extremo fanatismo de los visitantes culminará en el sádico sermón del fraile mendicante, con su impío mensaje de condenación universal. La señora Fønss (1882) es un relato de corte sentimental y tintes feministas, donde se defiende la libertad de una madre para oponerse a los egoístas intereses de sus hijos; una temática —la de la libertad sexual de la mujer— ya desarrollada por Jacobsen en su novela Fru Maria Grubbe. Una viuda deberá renunciar al amor filial para rehacer su vida con el hombre que amó en su juventud, y con el que no pudo casarse en su día por influencias contrarias a su voluntad.

Mogens [y otros relatos] ha sido traducido del danés por Blanca Ortiz Ostalé, y cuenta con una bonita ilustracion de portada, obra de Natalia Zaratiegui, que parece haberse inspirado felizmente en el asunto y clima colorista del relato que abre el libro.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«Mogens se retorció entre el gentío. Ya había llegado a la esquina; las chispas le caían lentamente por encima. Calle arriba; llovían chispas, los cristales se abrasaban por ambos lados. La fábrica ardía, la casa del magistrado ardía y la vivienda contigua también ardía. Todo era humo, fuego y confusión, gritos, juramentos, tejas que caían, hachazos, astillas de madera, tintineo de vidrio y, en medio de todo ello, el lamento sordo y uniforme de las bombas de agua. Muebles, sábanas, cascos negros, escaleras, botones relucientes, rostros iluminados, ruedas, cuerdas, lonas, instrumentos extraños. Mogens se abalanzó a través, por encima, por debajo de todo y de todos, avanzando siempre en dirección a la casa.» (traducción de Blanca Ortiz Ostalé)
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