Ethan Frome, Las hermanas Bunner, de Edith Wharton

En este nuevo volumen que acaba de publicar Alianza se nos ofrecen dos de las novelas breves más interesantes y valoradas de la escritora norteamericana Edith Wharton (1862-1937), dos verdaderas joyas que merece la pena disfrutar, o incluso releer, en la magnífica traducción que nos brinda José Luis López Muñoz. Localizadas repectivamente en el medio rural americano y en un barrio pobre de Nueva York, Ethan Frome (1911) y Las hermanas Bunner (1892) se alejan del habitual escenario de clase alta que tan perfectamente conocía la novelista, y que retrató satíricamente en novelas tan famosas como La casa de la alegría o La edad de la inocencia. Aunque distanciadas casi veinte años en la carrera literaria de Wharton, estas dos nouvelles tienen como elemento común el desarrollo de un atormentado y trágico triángulo amoroso. Cuando el amor logra prender, inoportuno, en un medio inhóspito, la devastación parece estar asegurada.

Ethan Frome se desarrolla en el claustrofóbico ambiente de un pequeño pueblo de montaña, Starkfield, donde el frío y la nieve son el contrapunto simbólico de un matrimonio agostado. El núcleo de la historia está narrado en tercera persona, pero encuadrado hábilmente en el relato de un testigo anónimo que se informa de los hechos años después. Ethan es un hombre indeciso y de poco carácter, hijo de una madre enfermiza que perdió la razón antes de morir. Su matrimonio con Zeena, una prima que se instaló en la granja familiar para atender a la madre en su enfermedad final, fue un grave error, una decisión equivocada fruto de su debilidad y de un exagerado sentido del deber. Algunos errores se pagan caro. Seis años después, Zeena se ha transformado en una mujer dura y amargada, una enferma crónica que reencarna todo lo negativo de la figura materna y hace profundamente desgraciado a Ethan, que apenas consigue sacar de su pobre granja lo preciso para vivir y sufragar los gastos médicos que le depara su esposa. Con este desdichado matrimonio convive una joven de veinte años, Mattie, una pariente de Zeena a la que una repentina orfandad ha dejado en la miseria. Es una muchacha también débil, incapaz de valerse por sí misma, pero que representa, por su carácter alegre y afectuoso, la contrafigura de Zeena. En este medio tan hostil, Ethan y Mattie se atraerán inevitablemente, configurándose un triángulo amoroso que tendrá fatales consecuencias. El obsesivo ambiente de temerosa culpabilidad que respiran los dos enamorados —cuando ni tan siquiera han hecho explícito su sentimiento— está magistralmente trazado por la novelista, y es uno de los mayores aciertos en este relato cruel y ferozmente pesimista.

En Las hermanas Bunner la acción se traslada a Nueva York. La modesta mercería de las hermanas Bunner se levanta en un barrio marginal, en la zona fronteriza a partir de la cual «la pobreza se transforma en miseria». También en esta novela se desarrolla un triángulo amoroso, propiciado por la aparición en escena del relojero Ramy, un personaje de maneras corteses pero fondo dudoso, que revoluciona el pequeño y aislado mundo de las dos solteronas. Una vez más, el amor vuelve a brotar en un lugar donde se daba por descontado que ya no aparecería; pero lo que ahora se ve amenazado no es una relación dañina y sin futuro, sino la tranquila convivencia con que dos hermanas han logrado sobrellevar pasablemente su mediocre y solitaria existencia. La ternura con que la novelista traza la figura de estas dos hermanas —sobre todo la de Ann Eliza, siempre dispuesta a sacrificarse por su hermana menor, Evelina— viene reforzada por la introducción de algunas gotas de humor (como las que nos brinda la imaginativa señorita Mellins) que suavizan la dureza de la historia. Aunque la resolución del conflicto no es tan espeluznante como en Ethan Frome, en Las hermanas Bunner se manifiestan personajes y móviles mucho más indignos, y el injusto devenir de la principal protagonista —con su inútil sacrificio, con su bondadosa generosidad— nos dejará un amargo sabor de boca.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«De camino dejó un paquete en la tintorería y, después de cumplir con aquel encargo, se dirigió a la tienda del señor Ramy. Nunca se había sentido tan vieja, tan desesperada y tan humilde. Era consciente de que se había embarcado en una misión de amor por cuenta e Evelina y aquel convencimiento parecía robarle hasta la última gota de sangre joven que corría por sus venas. También le arrebató toda su descolorida timidez virginal; y con rápida y enérgica compostura giró el pomo de la puerta del relojero.» (traducción de José Luis López Muñoz)
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Tardía fama, de Arthur Schnitzler

Nadie mejor que el propio autor para hablarnos de su oficio, de ese complejo mundo protagonizado por escritores, críticos, editores y público. Henry James ha sido, sin duda, uno de los literatos que más y mejor ha reflexionado —desde la ficción novelesca— sobre este asunto: La lección del maestro, Los papeles de Aspern, Nona Vincent, La muerte del león, Lo mejor de todo… Dentro de la novelística de Arthur Schnitzler (1862-1931) esta temática es, desde luego, mucho más infrecuente, y su tratamiento dista bastante de la manera de hacer de James. Los colores en el vienés son más fuertes, la ironía más transparente y afilada (y el significado, de inquietante actualidad). Así se manifiesta en esta novela que acaba de publicar Acantilado (en la traducción de Adan Kovacsics), Tardía fama (Später Rhum, 1894), obra póstuma del escritor austríaco que había permanecido inédita hasta que Paul Zsolnay se animó a editarla en 2014 (levantando cierta polémica en el medio crítico y filológico germano). Una obra magnífica —tal como se nos ofrece—, tan interesante y admirablemente escrita como todas las del popular escritor vienés. Tardía fama es la pintura irónica y desencantada de un mundillo de escritorzuelos ambiciosos, ferozmente enfrentados, a los que poco parece importar la literatura. Quizás un ajuste de cuentas con algunos de sus compañeros de la Jung Wien (Joven Viena) que nunca se atrevió a publicar.

El protagonista de Tardía fama, Eduard Saxberger, es un acomodado funcionario de setenta años que arrastra una apacible y solitaria existencia burguesa. Ninguno de sus conocidos sabe que en su juventud fue autor de un poemario, Andanzas, cuya publicación no tuvo apenas repercusión. Olvidado por completo de su truncada carrera literaria, Saxberger recibe un día la inesperada visita de un poeta, Wolfgang Meier, entusiasta admirador de su libro, que ha descubierto casualmente en una librería de segunda mano. El joven pertenece a la asociación literaria Entusiasmo, un grupo de poetas que aseguran compartir su fascinación por Saxberger y desean conocerlo. Este esperanzador inicio de novela, que parece preludiar el merecido homenaje a un viejo poeta injustamente olvidado, se transformará pronto en el descorazonador retrato de una mezquina camarilla donde los sentimientos de valoración o admiración de la obra ajena son solo moneda de cambio en la lucha por triunfar. El ingenuo Saxberger, adulado por los jóvenes, se siente al punto rejuvenecer, ve despertarse sus dormidas ambiciones literarias y no falta a ninguna de sus tertulias, embarcándose finalmente en la preparación de un recital público colectivo donde sus viejos poemas ocuparán un lugar destacado. Pero el anciano poeta, que desde el principio de su aventura ha mantenido la cabeza medianamente serena, terminará descubriendo la fea realidad que se esconde en esa persecución desesperada del reconocimiento público (la Fama siempre es otra cosa). Su experiencia, en cualquier caso, habrá merecido la pena. Ahora podrá contemplar su pasado de poeta frustrado bajo una luz muy diferente. Los «alumnos» le han dado, involuntariamente, una valiosa lección.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Es la historia de siempre. Al principio nos basta y sobra la propia alegría de crear y el interés de los pocos que nos entienden. Pero después, cuando comprobamos lo que prospera a nuestro alrededor, todo lo que cobra cierto renombre y hasta fama, terminamos deseando que también se nos escuche y aprecie. ¡Y entonces llegan las desilusiones! La envidia de los que carecen de talento, la frivolidad y malevolencia de los críticos y la terrible indiferencia de la multitud. Y uno acaba cansado, cansado, cansado. Tendría muchas cosas que decir, pero nadie quiere prestar atención, y al final olvida que ha sido uno de esos que aspiraban a algo grande y quizás incluso llegaron a crear algo grande.» (traducción de Adan Kovacsics)
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De noche, bajo el puente de piedra, de Leo Perutz

Nada mejor, para aliviarnos de estos calurosos días de finales del verano, que pasearnos por las calles de la vieja Praga acompañados de uno de sus más ilustres mentores, Leo Perutz (1882-1957), escritor checo en lengua alemana del que Libros del Asteroide acaba de publicar (en la traducción de Cristina García Ohlrich) uno de sus textos más amenos y de mayor riqueza inventiva: De noche, bajo el puente de piedra (Nachts unter der steinernen Brücke. Ein Roman aus dem alten Prag, 1953). Ambientada en la Praga de Rodolfo II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (1576-1612), la novela es uno de los últimos trabajos de Perutz, y está ingeniosamente construida como una suma de relatos en apariencia independientes —entre fantásticos e históricos—, enlazados sutilmente por una historia de amor: la pasión clandestina del monarca por la bella Esther. Un amor que parece consumarse en el terreno de la magia y de los sueños; una alegoría, quizás, del buen entendimiento del «emperador astrólogo» con su pueblo judío.

«Peste en el barrio judío» es un espeluznante cuento de aparecidos, ambientado en el cementerio judío durante la peste de 1589. Dos músicos ambulantes, Jäckele-Narr y Koppel-Bär, serán los encargados de indagar las causas del castigo divino. El enigmático final del relato, protagonizado por el poderoso rabino Loew, nos brinda la primera pieza del puzzle que revelará los misteriosos amores del emperador Rodolfo. «La mesa del emperador» es un texto escrito desde la ironía: una primera instantánea de la desordenada economía de la corte bohemia, con un emperador manirroto, fanático de la alquimia y la astrología, coleccionista compulsivo de objetos artísticos, al que todos parecen engañar con facilidad. El despilfarro en la cocina imperial dará consistencia, de manera indirecta y bastante cómica, al cumplimiento de una antigua profecía, echando por tierra las nobles aspiraciones del patriota Peter Zaruba. «El coloquio de los perros» es un evidente homenaje cervantino (Perutz era de origen sefardí), protagonizado por un judío condenado a muerte que pasa su última noche de calabozo acompañado de dos canes parlantes, con los que deberá compartir, para mayor escarnio, el castigo de la horca. En «La zarabanda» se narra una de las historias más emocionantes del libro: un duelo entre nobles que desemboca en una infernal zarabanda nocturna por las calles de Praga, y a la que solo pondrá fin la aparición de un eccehomo espectral, estremecedora alegoría del pueblo judío conjurada por las artes arcanas del rabino Loew (el que fuera supuesto artífice, nada menos, que del mítico Golem). «Enrique, el del infierno» es un divertido relato donde se escenifican algunas de las famosas paranoias del emperador Rodolfo, que creía descubrir en el rostro de cualquier desconocido la víctima de alguno de sus desafueros. El siguiente relato, «El tálero robado», tiene también como protagonista al emperador. La historia, presentada como una aventura juvenil de Rodolfo, manifiesta las hechuras de un cuento folclórico, con sus diablos monederos y una pieza de plata encantada que no dejará de rodar hasta alcanzar su destino: forjar la fortuna del judío Meisl, marido de Esther y uno de los personajes clave del libro. «De noche, bajo el puente de piedra» es un texto escrito en tono lírico y clave alegórica, exposición de los «oníricos» amores entre Rodolfo y Esther. Es, sin duda, la piedra angular del libro, al que da sentido y unidad. «La estrella de Wallenstein» tiene como protagonistas al astrónomo Kepler y al ambicioso caballero Waldstein (o Wallenstein). En esta extensa pero amena estampa histórica —con ribetes de cuento galante—, la astrología hace de las suyas, deshaciendo las maquinaciones de sus principales protagonistas. El planeta Venus triunfará sobre Marte, para mayor placer de la desinhibida Lucrecia y ruina del mafioso Barvitius y sus secuaces. Los dos siguientes cuentos, «El pintor Brabanzio» y «El alquimista olvidado», se nos presentan como las dos caras de una misma moneda (esas «cabecitas de paganos» que tanto entusiasmaban al emperador coleccionista), correspondiéndose con dos de las mayores obsesiones del monarca: el arte y la alquimia. En el primero de ellos, Brabanzio, un artista genial que desprecia la fama, termina su vida en el anonimato, no obstante los esfuerzos de Rodolfo para atraerle a su corte. En el segundo relato, por contra, un alquimista ambicioso, caído en desgracia por su incapacidad para generar oro, no despertará con su huida ni siquiera las iras del emperador, y muere olvidado en una miserable choza a los pies de palacio. «La jarra de aguardiente» es otro cuento de aparecidos, protagonizado una vez más por Jäckele-Narr y Koppel-Bär, condenados, al parecer —no sabemos si por su afición a la bebida—, a testimoniar todas las manifestaciones sobrenaturales del libro. En esta ocasión los cómicos asisten, en la vieja sinagoga, a una liturgia fantasmal donde se leen los nombres de los judíos que morirán durante ese mismo año; entre ellos, el del rabino Loew, otra de las piezas esenciales del juego. «Los fieles del emperador», ambientada en 1621, es una graciosa recreación de la suerte de algunos cortesanos tras la caída de la monarquía bohemia. Nostalgía e ironía repartidas a partes iguales en este balance póstumo de la figura del emperador. Para finalizar, nada diremos de los dos últimos relatos, «La vela consumida» y «El ángel Asael», ni del «Epílogo», donde se desvelan los últimos misterios de esta apasionante historia.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Y, a pesar de ello, la noche es más hermosa que el día. Cesa el alboroto de los hombres y de pronto suena una campanada, el ulular del viento, el susurro de las ramas de los árboles y del río, el aleteo de un pájaro; esas son las voces del mundo que aún se perciben, y sobre nosotros las eternas estrellas que siguen el recorrido trazado por su creador. Con frecuencia pienso que Dios ha creado a los hombres igual que ha creado las estrellas, y a pesar de ello, allá arriba reinan el orden y la obediencia, mientras que aquí abajo solo hay desorden, guerra y confusión.» (traducción de Cristina García Ohlrich)
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Mogens, de Jens Peter Jacobsen

La editorial madrileña Ardicia, empeñada en la loable tarea de rescatar para nuestra lengua textos olvidados y de interés, nos ofrece ahora una sutil muestra del escritor danés Jens Peter Jacobsen (1847-1885), considerado en su país como el introductor y principal representante del naturalismo literario. Jacobsen fue autor de dos importantes y ambiciosas novelas, Fru Maria Grubbe (1876) y Niels Lyhne (1880), un ramillete de poemas que permanecieron inéditos en vida (Schönberg les pondría música en sus Gurrelieder de 1911), y un puñado de relatos cortos como los que integran su libro Mogens og andre noveller (1882), del que la presente edición ha recogido los tres más significativos. Una breve e intensa obra literaria —interrumpida tempranamente por la tuberculosis— que marcó su influencia en escritores de la talla de Thomas Mann, Hermann Hesse o el propio Rilke, que en sus famosas Cartas a un joven poeta (1929) recomienda encarecidamente a Franz Xaver Kappus la lectura del escritor danés.

Mogens (1872) fue el primer relato publicado por el autor. Un joven destrozado por una terrible desgracia es salvado de una existencia atormentada y vagabunda por el amor de una muchacha que cree en los elfos. Una bella historia, aparentemente convencional, pero llena de detalles encantadores y narrada con una técnica «impresionista» donde las escenas se yuxtaponen sin apenas intervención del narrador y se presta una especial atención al color, sobre todo en la naturaleza vegetal (Jacobsen fue botánico de profesión). Una muestra condensada del estilo personal de Jacobsen, y de su virtuosismo descriptivo, lo hallaremos en el episodio del incendio, donde las imágenes —terribles y sobrecogedoras— se suceden vertiginosamente. La peste en Bérgamo (1881) es la negra estampa de una vieja ciudad italiana diezmada por la peste, con sus secuelas de desorden público y depravación moral. El relato tiene su punto culminante en la espeluznante aparición de una turba de disciplinantes, con sus cruces negras, látigos y cánticos desgarrados, que vienen a rezar a la iglesia (es difícil no evocar la correspondiente escena de El séptimo sello, del cineasta sueco Ingmar Bergman, que parece inspirada en el relato). El enfrentamiento entre el hedonismo desesperado de los habitantes de Bérgamo y el extremo fanatismo de los visitantes culminará en el sádico sermón del fraile mendicante, con su impío mensaje de condenación universal. La señora Fønss (1882) es un relato de corte sentimental y tintes feministas, donde se defiende la libertad de una madre para oponerse a los egoístas intereses de sus hijos; una temática —la de la libertad sexual de la mujer— ya desarrollada por Jacobsen en su novela Fru Maria Grubbe. Una viuda deberá renunciar al amor filial para rehacer su vida con el hombre que amó en su juventud, y con el que no pudo casarse en su día por influencias contrarias a su voluntad.

Mogens [y otros relatos] ha sido traducido del danés por Blanca Ortiz Ostalé, y cuenta con una bonita ilustracion de portada, obra de Natalia Zaratiegui, que parece haberse inspirado felizmente en el asunto y clima colorista del relato que abre el libro.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«Mogens se retorció entre el gentío. Ya había llegado a la esquina; las chispas le caían lentamente por encima. Calle arriba; llovían chispas, los cristales se abrasaban por ambos lados. La fábrica ardía, la casa del magistrado ardía y la vivienda contigua también ardía. Todo era humo, fuego y confusión, gritos, juramentos, tejas que caían, hachazos, astillas de madera, tintineo de vidrio y, en medio de todo ello, el lamento sordo y uniforme de las bombas de agua. Muebles, sábanas, cascos negros, escaleras, botones relucientes, rostros iluminados, ruedas, cuerdas, lonas, instrumentos extraños. Mogens se abalanzó a través, por encima, por debajo de todo y de todos, avanzando siempre en dirección a la casa.» (traducción de Blanca Ortiz Ostalé)
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Relato de mi vida, de Thomas Mann

Este nuevo volumen que acaba de publicar Hermida Editores recoge dos textos de capital importancia en torno a la figura de Thomas Mann (1875-1955). Relato de mi vida (1930), escrito por el propio autor al filo de sus 55 años, se complementa con otra biografía compuesta por su hija Erika veinticinco años después, El último año de mi padre (1956). Se cierra el libro con un ensayo del traductor, Andrés Sánchez Pascual, que traza un panorama general de la vida y obra del autor, completando los dos escritos anteriores. Hermida nos ofrece, pues, un conjunto de tres textos de carácter y alcance muy diferentes, pero que se complementan a la perfección, mostrándonos —mediante algo parecido a un juego de espejos— una imagen contrastada de la compleja personalidad del escritor alemán.

Cuando a comienzos de 1930 Thomas Mann escribe su autobiografía, Relato de mi vida, cuenta ya con una edad avanzada, pero todavía le queda por delante una larga carrera literaria, preñada de triunfos, y un agitado exilio por Europa y América, apartado de la Alemania nazi. Relato de mi vida es, pues, un balance provisional, una mirada retrospectiva propiciada probablemente por la concesión del Premio Nobel (1929). El texto, como era de esperar, está centrado en la literatura: su temprana colaboración con la revista Simplicissimus, las influencias de Nietzsche y Schopenhauer, el éxito de su primera gran novela —Los Buddenbrook—, que le abrió las puertas de los salones y tertulias muniquesas de la alta burguesía… No faltan en Relato de mi vida valiosas apreciaciones de sus principales obras (Tonio Kröger, Alteza Real, La muerte en Venecia, La montaña mágica, Mario y el mago, etc.), así como interesantes pormenores relativos a su recepción del Premio Nobel. La autobiografía aparece, además, salpicada de curiosas anécdotas, como la referida al arriesgado envío postal a Fischer de la única copia existente de Los Buddenbrook, o la particular manera que tenía el autor de «pasar a limpio» sus originales. Aunque, como ya hemos dicho, el texto está volcado en lo literario, no faltan las confesiones personales y familiares precisas para tejer una biografía: estampas de su infancia en el Báltico, su escaso entusiasmo por la escuela, los años de despreocupada juventud en Munich, su efímero año de trabajo en una compañía de seguros, su matrimonio con Katia Pringsheim, el dramático suicidio de su hermana Carla… Se trasluce en estas páginas autobiográficas una cualidad que confirmarán los siguientes textos: el admirable temple humano del escritor.

El último año de mi padre (1956), escrito por Erika Mann (1905-1969), es el relato de una hija muy cercana a su progenitor, al que acompaña cumpliendo funciones similares a las de una «secretaria de confianza». A través de la fervorosa mirada de Erika, se nos revela la figura de un escritor octogenario y de salud quebrantada, pero que no da un paso atrás en la asunción de las durísimas exigencias que conlleva su estatus de personalidad literaria de primer orden. Un año trufado de viajes, lecturas públicas y conferencias, que tendrá su punto álgido en la visita a Stuttgart, donde el escritor participa en los actos conmemorativos del 150 aniversario de la muerte de Schiller. Invitado por el presidente de la República Federal, Mann intervendrá con una conferencia laboriosamente preparada, que luego repetirá en Weimar y en Holanda. Culminan este año, pleno de homenajes y relaciones al más alto nivel, la concesión del título de ciudadano de honor de su ciudad natal, Lübeck, y los festejos para conmemorar su 80 aniversario. Leyendo la crónica de este verdadero carnaval de actos públicos en torno al anciano escritor, no he podido dejar de pensar —con todos los respetos y reservas— en la famosa novelita de Henry James, La muerte del león.

Concluye este volumen un completo estudio cronológico y bibliográfico del autor, preparado por su traductor, Andrés Sánchez Pascual: un interesante y documentado panorama de la biografía y obra de Mann, ordenado por fechas y con abundantes citas extraídas de diversas fuentes autobiográficas. No solo se completa el arco temporal comprendido entre 1930 y 1954 —años para el escritor de una intensa actividad literaria y de compromiso político—, sino que también se aclaran determinados puntos oscuros u omitidos en las anteriores monografías. Resulta de especial interés para el lector español la particular atención prestada por Sánchez Pascual a las relaciones del autor alemán con nuestro país: recepción temprana de su obra, viaje a España, opiniones sobre nuestro país, lecturas españolas, etc. La intensa implicación de Mann en la política y cultura europeas, su valiente defensa de los valores democráticos y su lucha contra el nazismo, especialmente desde 1923, convierten esta crónica de su vida en un apasionante repaso de algunos de los sucesos más relevantes del siglo XX.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«De igual manera, en La muerte en Venecia no hay inventado absolutamente nada: el paseante del cementerio norte de Múnich, el siniestro navío de Pola, el viejo presumido, el sospechoso gondolero, Tadzio y su familia, la marcha impedida por el error con el equipaje, el cólera, el sincero empleado de la oficina de turismo, el maligno saltimbanqui, o cualquier otro detalle que pudiera citarse: todo, todo estaba allí, y lo único que faltaba era colocarlo en su lugar para que mostrase, de un modo asombroso, su capacidad interpretativa dentro de la composición. Es posible que se relacione también con esto el hecho de que, mientras trabajaba —con mucha lentitud, como siempre— en este relato, experimentase en algunos instantes el sentimiento de un caminar absoluto, la impresión soberana, nunca antes conocida por mí, de ser llevado en brazos.» (Relato de mi vida, traducción de Andrés Sánchez Pascual)
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Lluvia y otros cuentos, de W. Somerset Maugham

Somerset Maugham (1874-1965) fue uno de esos escritores famosos y prolíficos, mimados por el éxito, a los que faltó el reconocimiento de la crítica más exigente; quizás porque no le interesó infundir a su obra esa dosis de experimentación o complejidad que los mandarines literarios reclaman -no siempre con igual justicia- para conceder su bendición. Cualquiera que se acerque, sin embargo, a este magnífico libro que acaba de publicar Atalanta, quedará cautivado por la maestría de sus cuentos y novelas breves, género en el que supera con creces a sus trabajos más extensos y convencionales. Aparte de escribir novelas tan populares como Servidumbre humana (1915) o El filo de la navaja (1944), Maugham fue también un aclamado dramaturgo, así como un eficaz cultivador del libro de viajes, testimonio de una existencia nómada que pudo sostener gracias a sus grandes triunfos literarios y a los réditos de sus adaptaciones cinematográficas. Lluvia y otros cuentos (traducido por Concha Cardeñoso y prologado por Vicente Molina Foix) recoge un conjunto de doce relatos de variado registro y extensión, amenos y admirablemente escritos, con personajes convincentes y unos diálogos perfectamente trabados que revelan la mano experta del dramaturgo. Abunda en estos cuentos la ironía y el humor ácido, sobre todo cuando el autor se enfrenta a la intolerancia, a la hipocresía moral o a instituciones que le parecen falsas o vacías de contenido. Un cierto toque misógino y la predilección por ambientes exóticos y cosmopolitas completan el marco de estos magistrales relatos, que nos brindan en ocasiones el plus de un final inesperado, de una última pirueta que nos seduce y nos impele a iniciar inmediatamente la lectura del siguiente.

Se inicia el volumen con «La carta», un intrigante relato de corte policial, esmeradamente urdido, que parece pedir a gritos una adaptación cinematográfica (fue llevado a la gran pantalla en varias ocasiones). En su variado elenco de personajes, modelados con una admirable economía de medios, brilla con luz propia Leslie Crosbie, una femme fatal de raza (Bette Davis en el film de William Wyler). El segundo relato seleccionado, «El sacristán», es un cuento de hadas con un desenlace inesperado. El sacristán de una céntrica iglesia londinense ve comprometido su empleo al descubrirse que no sabe ni leer ni escribir. Una divertida ilustración de que “no hay mal que por bien no venga”. «La nave de la ira» es una bienhumorada historia ambientada en los Mares del Sur, escenario recurrente en muchos textos de Maugham. Un inglés borracho y pendenciero naufraga en una isla desierta junto con la estricta hermana de un reverendo baptista. El final feliz de la historia apenas disimula la complacencia misógina del escritor. «El Mexicano Lampiño» es un cuento de espías ambientado en la Gran Guerra, un asunto que el escritor conocía de primera mano por haber trabajado ocasionalmente para el Servicio de Inteligencia Británico, experiencia que le impulsó a escribir toda una serie de relatos protagonizados por el sofisticado espía Ashenden. El interés del relato se condensa en la figura del repulsivo sicario que le da título (Peter Lorre en el film de Hitchcock, Secret Agent). Con una paradisíaca isla de coral como telón de fondo, «Red» es la historia de un idilio truncado del que se nos permite observar, muchos años después, un amargo corolario. Un cuento bellamente narrado, pero de un hondo pesimismo: la derrota de las ilusiones y sentimientos juveniles. El siguiente relato, «Don Sabelotodo», nos remite al ambiente cerrado y cosmopolita de las dilatadas travesías transoceánicas. La personalidad de Max Kelada, el más insufrible compañero de camarote imaginable, se verá iluminada por una luz insospechada tras un penoso incidente con un matrimonio norteamericano. somers maugham«La bolsa de libros» está narrado en primera persona por un escritor -quizás el propio Maugham-, que escucha una confidencia sobre dos hermanos, Olive y Tim, unidos por un amor socialmente reprobable. Sin embargo, la condena del autor parece extenderse solo al matrimonio que, a modo de tapadera, contrae Tim con la jovencísima Sally, desencadenante del drama final. También en este relato la acción se desarrolla en una geografía exótica: una perdida plantación de caucho en Malasia. «Cosas de la vida», quizás el relato menos interesante de la colección (pero no el menos divertido), narra la primera experiencia de un joven británico en el disipado ambiente de un casino en Montecarlo. «La señora del coronel» es otra despiadada crítica del matrimonio, rechazado por Maugham como institución meramente formal, fundamentada en la hipocresía y el interés egoísta. Un exitoso -y demasiado sincero- libro de poemas se transforma en prueba de cargo en un caso de adulterio. No parece gratuito sospechar la malevolencia misógina de Maugham, que se ríe seguramente de esa escritora aficionada que ha triunfado por el morbo que despiertan sus imprudentes confesiones. En un tono similar al de «Don Sabelotodo», «La joya» es otra divertida fantasía que tiene como protagonistas a un solterón sibarita y a su nueva criada, una fámula eficaz y complaciente hasta extremos difíciles de creer. El arreglo final entre los dos personajes no puede ser ni más británico ni más irónico. «Lluvia» es uno de los textos más famosos del autor, una fábula sobre la intolerancia religiosa y la hipocresía moral. Ambientado en los Mares del Sur, concretamente en la asfixiante isla de Pago Pago, el relato nos muestra el duro enfrentamiento entre un misionero fanático (que ha reprimido y criminalizado la naturalidad edénica de los indígenas sujetos a su magisterio) y una chica de vida alegre que casualmente se cruza en su camino. El duelo entre los dos personajes avanzará, cruel e inexorable, hasta desembocar en un espeluznante final. Este magnífico relato fue llevado al cine en 1932 (con Joan Crawford en el papel de Sadie Thompson). El último relato recogido es el titulado «El P. & O.», un críptico encabezamiento que parece anunciar un relato de espías, pero que alude en realidad a una importante naviera inglesa (P&O Cruises), de la que Maugham se valió en muchos de sus desplazamientos. Un dramático y escalofriante suceso acaecido durante una travesía induce una bienhechora catarsis en una pasajera emocionalmente abatida. Un magnífico relato, con ribetes de fantástico, que pone un brillante punto final al libro.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

 

«Por fin dejó de hablar, jadeaba. No parecía humana, tenía la cara distorsionada por la crueldad, la furia y el dolor. Nadie habría podido imaginar jamás que una mujer tan discreta y refinada fuera capaz de sentir una pasión tan feroz. El señor Joyce retrocedió un paso. La mujer lo aterrorizaba, no tenía rostro, sino una máscara retorcida y aborrecible.» (traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera)
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Feria del Libro de Madrid: firma de ejemplares

Esta publicación es solo para avisaros de que el próximo fin de semana firmaré ejemplares de mi novela La mano de nieve en la Feria del Libro de Madrid (Parque del Retiro).

Será en la caseta 320 (Ediciones Libertarias), el sábado 28 por la tarde (de 5 a 9) y el domingo 29 por la mañana (de 11 a 3).

¡Será un placer saludaros personalmente!

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Desde la oficina, de Robert Walser

La editorial Siruela, que ha difundido en nuestro país la mayor parte de la obra de Robert Walser (1878-1956), nos ofrece en estos días un nuevo volumen del escritor suizo, Desde la oficina (Sobre la vida de los empleados), traducido del alemán por Rosa Pilar Blanco. Los antólogos de la edición original de Surhkamp, Reto Sorg y Lucas Marco Gisi, han reunido en este libro una veintena de textos de muy diversa procedencia, escritos en su mayor parte entre 1902 y 1932, que tienen como protagonista al inefable oficinista walseriano. Una buena oportunidad para sumergirnos en un divertido y particularísimo mundillo de jefes y empleados, personajes recurrentes en la obra del escritor de Biel. A lo largo de su vida, y antes de que su debilitada salud le obligara a recluirse en una sanatorio para enfermos mentales en Herisau, Robert Walser combinó su vocación literaria con el desempeño de diversos empleos subalternos en entidades bancarias y empresas de su país. Las inquietudes de estos modestos oficinistas que pueblan sus escritos son en buena medida las suyas propias, las del poeta que rima versos, quizás con la conciencia culpable, bajo la reprobatoria mirada de su jefe.

Si hemos de creer a Walser, el oficinista es una especie de caballero andante de la pluma, un ser sensible, culto, educado, un poco filósofo, de moral intachable, tímido en ocasiones, celoso de su imagen y no del todo indiferente a los dardos de eros (sobre todo con patronas de pensión y camareras). Sin embargo, y para fortuna nuestra, el oficinista walseriano también puede ser todo lo contrario: respondón, rebelde, descarado… un virtuoso en el arte de perder el tiempo o inventar excusas descabelladas para llegar tarde a la oficina o salir antes de tiempo. Se ha señalado en Walser una identificación, de tintes casi masoquistas, con los personajes subordinados que tanto abundan en sus novelas. Pero quizás solo debamos hablar de una preferencia comodona por las posiciones marginales, por el rechazo de las responsabilidades que conlleva el mando o la toma de decisiones (un sentimiento que glosó humorísticamente Melville en uno de sus relatos, «El fracaso feliz»). El oficinista walseriano sería, pues, una encarnación óptima de esta postura vital, cuya supuesta ganancia radicaría en el disfrute de una mayor libertad interior. Y es que la oficina, para Walser, es un espacio antinatural donde el tiempo transcurre con una insoportable lentitud, una especie de báratro del tedio del que solo podremos escapar gracias a la imaginación o a la literatura:

«Su talento para la escritura convierte fácilmente a un oficinista en escritor».

Siempre me ha parecido que la oficina de Walser tiene mucho de escuela (quien haya leído Jacob von Gunten podrá percibirlo mejor). Ante sus jefes, los oficinistas walserianos se conducen como apesadumbrados colegiales bajo la férula de su maestro. Sus ocurrencias y travesuras son muy similares: entrar tarde al aula, distraerse con facilidad, no hacer las tareas, aprovechar cualquier excusa para levantarse, tirar cosas al suelo, salir al aseo… Los espacios cerrados, el lento transcurrir de las horas y los horarios rígidos son sus enemigos comunes. Es posible que una parte de la comicidad que derrochan estos oficinistas radique precisamente en eso, en el contraste que percibimos entre su estatus de adulto y su comportamiento infantil. En cualquier caso, ¡qué situaciones tan divertidas habría podido mostrarnos Walser si hubiera sido profesor!

Desde la oficina (sobre la vida de los empleados) se completa con un interesante epílogo de Reto Sorg y Lucas Marco Gisi, que reflexionan sobre la valiosa y particular visión que nos ofrece Walser, a través de sus oficinistas, del proceso de burocratización, un fenómeno creciente, propio de las sociedades modernas, que alcanzó también una significativa resonancia en obras de Gógol, Dickens, Melville o Kafka, y que pronto recibió la preocupada atención de pensadores y sociólogos como Siegfried Kracauer o Max Weber.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Las ocho y media. Helbling saca su reloj de bolsillo para comparar su cara con la del enorme reloj de la oficina. Suspira, apenas han transcurrido diez pequeños, diminutos, escuálidos, delicados, escasos minutos, y aún lo esperan horas gordas y corpulentas. Se esfuerza por intentar pensar, si es posible, que ahora tiene que trabajar. Su intento fracasa, pero al menos la cara del reloj ha cambiado ligeramente. Se han consumido otros cinco graciosos y encantadores minutos. Helbling ama los minutos que se han ido, pero odia los que están por venir, pues opina que se niegan a avanzar. Le gustaría dar continuos empujones a esos minutos perezosos. Mentalmente, mata a palos a los minuteros. A la aguja de las horas ni siquiera se atreve a mirarla, pues podría sufrir un desmayo.» (traducción de Rosa Pilar Blanco)
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Diario de un joven médico, de Mijaíl Bulgákov

La vida del escritor ruso Mijaíl Bulgákov (1891-1940) fue un continuo desencuentro con las autoridades soviéticas, pues no halló, al parecer, mejor manera para expresar su talento que satirizar los abusos y contradicciones de la maquinaria del régimen… No obstante su famosa conversación telefónica con Stalin de 1930, que le proporcionó un trabajo en el Teatro del Arte de Moscú, Bulgákov sufrió de un ostracismo casi ininterrumpido y, aunque se salvó de las terribles purgas de los años 30 (en las que perecieron escritores como Babel, Meyerhold o Mandelshtam), la parte más significativa de su producción literaria (como El maestro y Margarita) no se difundió hasta muchos años después de su muerte.

Diario de un joven médico es un texto de época temprana, muy emotivo, carente del tono crítico de sus obras de madurez, y que hunde sus raíces en la propia experiencia de Bulgákov como médico rural, profesión que ejerció hasta 1919. La acción, que se desarrolla en el invierno de 1917, tiene como protagonista a un médico recién graduado, destinado a un pequeño hospital perdido en la Rusia profunda. Con la única ayuda de un enfermero y dos comadronas, el joven diplomado deberá asumir la terrible responsabilidad de ser la única autoridad médica en muchos kilómetros a la redonda. Los «quince sobresalientes» de su expediente académico, que el apurado joven se complace irónicamente en evocar, difícilmente compensarán su falta de experiencia práctica. No obstante, enseguida veremos al joven médico enfrentarse, con una desesperada valentía y notable suerte, a las graves contingencias de su profesión: amputaciones, partos complicados… Un rosario de situaciones difíciles que nos pondrán un nudo en la garganta. Porque el tono de estos emotivos diarios es decididamente épico: un enfoque que deberemos aceptar para poder disfrutar del libro. ¿Cómo leer, si no, la historia de esa niña diftérica («La garganta de acero») a la que el aterrorizado médico salva in extremis practicándole una traqueotomía, una difícil operación que solo ha visto en los libros, y que lleva adelante contrariando la voluntad de los padres, venciendo sus propios temores, que le incitan a esperar, a dejarla morir sin comprometerse? Este tono sostenidamente emotivo y épico no impide, por lo demás, que un cierto humorismo aflore incluso en las situaciones más dramáticas. ¿Cómo no reírse de ese médico inexperto que -mientras su enfermero prepara al paciente para la intervención- corre a su apartamento para echarle un vistazo a los manuales rusos y alemanes de cirugía, y luego regresa a la sala de operaciones intentanto recordar lo que ha leído?

Un elemento de gran atractivo en el libro brota del mismo entorno en que se desarrolla la acción, de la vívida descripción de una naturaleza salvaje y hostil, con sus largas noches invernales trufadas de aguaceros y ventiscas, de las que surge el temido enfermo con su imprevisible reto. Un formidable escenario para las agobiantes pesadillas que tejen sus guardias de médico bisoño, atrapado en un hospital sin teléfono ni electricidad, a muchos kilómetros de la estación de ferrocarril más cercana. En uno de los episodios más emocionantes del libro, «La ventisca», se recrea un accidentado viaje nocturno en trineo a través de una tormenta de nieve (un episodio que nos recordará algunos textos de Tolstói, como La tormenta de nieve o Amo y criado): una peligrosa e inútil visita médica que está a punto de coronarse con un trágico final.

Diario de un joven médico (que nos presenta Alianza Editorial en la traducción de S. Casanova) incluye también el texto titulado «Morfina», publicado de manera independiente en 1926, pero que se integra con naturalidad en la colección. En este relato, el más extenso del libro, accederemos al diario de otro joven médico, al que la soledad del medio rural y un cruel desengaño amoroso precipitan en una infernal espiral de drogodependencia. También en esta dramática historia se manifiesta la propia experiencia de Bulgákov, que sufrió de una fuerte adicción a la morfina, durante algunos años, como secuela de un tratamiento médico.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Un minuto más tarde, atravesaba a toda velocidad el patio donde la tormenta de nieve, como un demonio, volaba y chocaba contra las casas. Entré corriendo en mi gabinete y, contando los minutos, cogí un libro, lo hojeé y encontré una ilustración que representaba una traqueotomía. En ella todo era sencillo y claro: la garganta estaba abierta y el bisturí clavado en la tráquea. Me puse a leer el texto, pero no comprendía nada, las palabras parecían brincar ante mis ojos. Jamás había visto cómo se hace una traqueotomía.» (traducción de S. Casanova)
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Evocación de Matthias Stimmberg, de Alain-Paul Mallard

Este intenso y perfecto libro de relatos, Evocación de Matthias Stimmberg (1996), fue escrito hace más de dos décadas por Alain-Paul Mallard (1970), escritor y cineasta mexicano afincado actualmente en Barcelona. La exquisita edición conmemorativa que Turner acaba de publicar es, sin duda, una merecida recompensa tras veinte años de latencia callada entre las manos de lectores devotos que -así se nos informa en la nota introductoria del libro- han mantenido vivo el texto con el intercambio de fotocopias y archivos digitales. El libro de Mallard lo integran diez relatos breves que recomponen fragmentariamente la vida de Matthias Stimmberg (1901-1979), un escritor austriaco del que inútilmente buscaremos información en ninguna enciclopedia… Diez instantáneas fechadas entre 1909 y 1979 -no ordenadas cronológicamente- que trazan la discontinua biografía de un poeta que deberemos situar entre los lúcidos y desengañados, misántropos y outsiders, enemigos de premios y famas espurias. Relatos de una admirable riqueza y densidad, sutilmente interrelacionados, susceptibles de múltiples lecturas e interpretaciones. Textos decididamente incómodos, que hacen resonar en nuestro interior alguna cuerda que creíamos tener prudentemente silenciada… Diez hitos en la biografía de un autor imaginario que justifican con creces el lema que abre el libro (una cita del propio Stimmberg): «La misantropía es un humanismo; el humanismo es también una misantropía».

Se abre el libro con «El poeta», evocación de un suceso, aparentemente trivial, correspondiente al último año de Stimmberg (1979). Un encuentro casual en el autobús dará pie a una irónica y desenfadada reflexión sobre la miseria de los debates televisivos y la poesía de segundo orden. Todo un testamento. «El estudio de la esperanza» es un cuento cruel, la crónica de un inútil experimento a costa de una pobre rata. Maldad y estupidez parecen darse la mano con frecuencia: un motivo más para la misantropía. El siguiente texto, «La sal», es quizás el más enigmático de todos; el recuerdo agridulce de un amor infantil que culmina con una desagradable pesadilla. Tanto «El médico del sur» como «Las criadas» tienen como núcleo la mala conciencia. De un lado, la del padre tiránico hacia su hija suicida; de otro, la del patrón autoritario hacia las criadas que han convivido con la familia durante diecisiete años «sin chistar», y de las que cabe esperar alguna venganza. «Perham» es uno de los relatos más admirables del libro, con la evocación infantil de esos parias de toperos, adolescentes venidos de no se sabe dónde; su crueldad inconsciente, su miseria libre y feliz, su aciago y enigmático final… Una lección bien aprendida por el niño Matthias. En «De mal gusto» se manifiesta, quizás, la mala conciencia que despiertan nuestros mayores olvidados, las miserias de una vida prolongada hasta edad avanzada. En «La sombra y los charcos» se evoca una visita al infecto manicomio vienés de Mannersdorf en 1917. Unos recuerdos de juventud que, cincuenta años después, siguen catalizando el visceral desapego de Stimmberg por lo políticamente correcto, por los premios y honores literarios concedidos de espaldas a la realidad. «Mein Kampf» es otro magistral relato breve, no carente de humor, ambientado en la ciudad de Viena durante la ocupación aliada (1947). Tres chivos famélicos se alimentan de los carteles que una gitana despega de los muros con la punta de su cuchillo. Una obra primeriza e inédita de Stimmberg compartirá voluntariamente la misma suerte que los sobrantes del libelo de Hitler: todos devorados por los chivos. Una desigual «justicia poética». «Sísifo», el último relato del libro, es una buena muestra de la inteligente correspondencia con que Mallard relaciona algunos textos. De nuevo tenemos como protagonista a un roedor, un ratón condenado a correr sin fin en la noria de su jaula. Pero el inútil ejercicio de crueldad representado en «El estudio de la esperanza» se convierte ahora en un estímulo para la inspiración artística y filosófica, alumbrando un poema de Celan y una amarga reflexión sobre la futilidad del arte y de la existencia humana.

Esta cuidada y atractiva edicion, que nos ofrece Turner en su colección «El cuarto de las maravillas», viene acompañada de algunas láminas del famoso tratado de zoología de Alfred Brehm (Brehms Tierleben, 1876-79), láminas que encierran mucho de esa crueldad inconsciente de los viejos manuales decimonónicos de ciencias naturales (con sus realistas láminas de vivisecciones y galvanismos, insectos necrófagos, etc.). Al parecer, la obra de Brehm fue libro preferido de Matthias Stimmberg y, por tanto, fuente de inspiración para Mallard a la hora de elaborar sus textos. Ningún lector atento dejará de percibir que el «maltrato animal» es un sutil leit-motiv que recorre gran parte del libro, aunque no es, desde luego, el asunto principal de ninguno de los relatos. Quizás solo un reflejo de la violencia que media entre los seres humanos.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

 
«Al final del otoño una de ellas amaneció, a espaldas del correo, tirada en un baldío. «Ve a ver si está muerta», le ordenó secamente Perham a uno de los chicos. Éste volvió lívido y sin habla. Lubja estaba desnuda y un hilillo de sangre, ya seca, le escurría del oído. Había policías, curiosos, empleados del correo. Esa misma tarde desaparecieron. Nunca se aclaró lo sucedido, y yo estuve varios días encerrado, mirando tristemente la calle desde la ventana de mi alcoba. Aún recuerdo los cuentos graciosos y obscenos que contaban. Eran tan perfectos y terribles que no los he contado nunca porque me rehúso a estropearlos.»
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