El arte de pasear, de Karl Gottlob Schelle

Poco sabemos de la vida de Karl Gottlob Schelle (1777-1825), un discreto profesor de liceo alemán que compartió con otro insigne paseante, Robert Walser, la desdichada particularidad de morir en un manicomio. Autor de un puñado de textos filosóficos, la editorial Díaz & Pons nos ofrece ahora, en la colección «Vita aesthetica», su Arte de pasear (Die Spatziergänge oder die Kunst spatzierenzugehen, 1802, Leipzig), un libro escrito desde una perspectiva más ilustrada que romántica, y acorde con los principios de la llamada «filosofía popular». Es posible que al paseante moderno le parezcan triviales o desfasadas algunas consideraciones de Schelle (como cuando relaciona la idiosincrasia femenina con un tipo particular de paseo), pero la obra en su conjunto resulta atractiva, y reviste un considerable interés testimonial. Cualquier amante del arte de pasear o estudioso del tema disfrutará perdiéndose entre las páginas de esta verdadera Hercynia silva del paseo filosófico.

Desde los primeros capítulos Schelle muestra una notable preocupación por justificar su texto, es decir, por convencernos de que el paseo no es una cuestión baladí, indigna de ser abordada desde una perspectiva filosófica. No es de extrañar, por tanto, que el enfoque del asunto sea tan amplio y exhaustivo: lugares donde pasear, condicionamientos del paseo, influencia del caminar sobre el desarrollo del espíritu, los medios para desplazarse (coche, caballo o embarcación), fenómenos de la naturaleza (amaneceres y ocasos, estaciones, tormentas y vendavales…), la variable sintonía de la naturaleza con el ánimo del paseante, pájaros y plantas, música… Uno de los méritos indudables del libro consiste en extender el paseo a zonas limítrofes con la ciudad: avenidas, jardines, prados… A este respecto, como señala Federico L. Silvestre, el tratado de Schelle sería una especie de eslabón perdido «entre la tradición pintoresca o verde iniciada por Addison, y la generación urbana de flâneurs del XIX.» Porque Schelle busca el equilibrio entre el «fanfarrón estúpido», que hace del paseo una excusa para exhibirse, y el «cabeza sombría», misántropo que aborrece el encuentro con sus semejantes y se sirve de la naturaleza para emboscarse. Aunque el escritor no desdeña montañas y bosques impenetrables («sagrados»), su ideal parece ser el de una naturaleza humanizada, o al menos amable con el hombre, y resulta significativo a este respecto que, en su análisis de las diferentes estaciones del año, tras extenderse sobre la primavera, el verano y el otoño, no le quede palabra alguna para el invierno. Solo esta carencia marcaría distancias con un «cabeza sombría» como Thoreau, que escribió páginas tan profundas sobre la gélida estación. Por lo demás, no encontraremos en la obra de Schelle exageradas idealizaciones de la vida rústica, al modo virgiliano, ni tampoco una defensa del caminar como mero ejercicio físico (nada más alejado de sus ideales que las proezas del senderismo, nuestros modernos paseantes con podómetro o las llamadas «rutas del colesterol»). Cierra Schelle su tratado con un capítulo de gran atractivo e interés, «Notas y aclaraciones», donde cede la palabra a otros autores (Wieland, Rousseau, Kant, Garve, Schiller, Matthison, Schulz, Goethe…), reproduciendo y comentando numerosos pasajes de sus obras.

El arte de pasear, traducido por Isabel Hernández, se enriquece considerablemente con las aportaciones del editor, Federico L. Silvestre, autor de dos breves y documentados ensayos («El mundo a tres kilómetros por hora» y «Recorridos y paseos de papel»), donde, a modo de introducción y epílogo, analiza la obra de Schelle y su recepción moderna, así como la diferente consideración histórica del paseo, desde sus precedentes remotos hasta los enfoques más actuales, literarios, fenomenológicos o situacionistas. El texto viene acompañado además de algunos cuadros y dibujos antiguos, que ilustran los diferentes «escenarios» para el paseo.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

 

«Vivir bajo el influjo de la naturaleza no significa precisamente vivir en el campo. El campesino vive en la naturaleza, camina siempre entre sus productos y, sin embargo, siente muy poco por ellos. [...] Sólo quien vive alternando el campo y la ciudad mantiene vivo el interés por la naturaleza sin que sus impresiones se diluyan, y permanece en contacto con la sociedad cultivada, la única con cuyo trato se puede despertar una necesidad tan viva de la naturaleza». (traducción de Isabel Hernández)

El invierno, de Nicolas Poussin (1664)

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¿Dónde está mi cabeza?, de Benito Pérez Galdós

Es una verdadera lástima que don Benito no terminara este encantador cuento de Navidad, ¿Dónde está mi cabeza?, publicado en el número extraordinario de El Imparcial de 1892.  En cualquier caso, la editorial pacense El Verano del Cohete nos lo ofrece ahora preciosamente editado, y enriquecido además con los atractivos dibujos de Lorenzo Montatore. Siguiendo la estética de nuestro entrañable tebeo nacional, Montatore ha sabido exprimir todo lo cómico y festivo que subyace en el relato. La sintonía texto-ilustración me parece perfecta, y entre la copia de libros ilustrados que se nos insinúan cada día en los estantes de las librerías no recuerdo muchos que me hayan gustado y divertido tanto.

El anónimo protagonista de ¿Dónde está mi cabeza? es un erudito entregado en cuerpo y alma a la abstrusa ciencia de la “Aritmética filosófico-social”. No es de extrañar, pues, que al despertarse una mañana en su cama descubra horrorizado que le falta la cabeza. A muchos lectores este estupendo inicio les recordará irremediablemente una de las fábulas más atroces de la literatura del siglo XX. Sin embargo, el tono del relato tiene poco de angustioso u horripilante. Aunque Galdós nos brindó algunos relatos encuadrables dentro del género fantástico, no creo que debamos buscar modelo en otras latitudes, ni siquiera entre perdedores tan insignes como Peter Schlemihl o Erasmus Spikher. Porque la peripecia del protagonista, más que un suceso fantástico, es una triste y nada rara dolencia, que lo emparentaría, si acaso, con nuestro licenciado Vidriera, al que un filtro amoroso arruinó el cerebro y le hizo creerse de cristal. No nos sorprenda, por tanto, que el descabezado erudito pueda ver y oír, y que sus desenfrenadas correrías y visitas sin cuento por Madrid en pos de la curación (o de la cabeza perdida) no despierten en sus espectadores especial sorpresa o temor. Es tan fácil perder la cabeza…

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Las cabezas cortadas siempre han tenido, entre los franceses, cierto morboso atractivo. Ilustración de Tony George-Roux para una antigua edición de Les fleurs du mal, de Baudelaire (Paris, Alphonse Lemerre, sin fecha).

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Viaje terrible, de Roberto Arlt

El argentino Roberto Arlt (1900-1942) fue uno de esos escritores errabundos que viven su primera juventud a salto de mata. Hijo de inmigrantes europeos, abandonó pronto el hogar familiar para encontrar en la calle la mejor escuela de letras. Aparte de escribir literatura de ficción, ejerció diversas profesiones, notablemente las de periodista e inventor de escasa fortuna. Aunque en vida no se le juzgó un autor de primera, posteriormente -caprichos de la gloria- fue considerado nada menos que padre de la moderna narrativa argentina. Viaje terrible (1942), que nos ofrece ahora la editorial Eneida en su colección «Confabulaciones», se viene a sumar a otros títulos más conocidos, como El juguete rabioso, Los siete locos, Los lanzallamas, El jorobaditoViaje terrible muestra muchas de las características peculiares del mundo literario de Arlt: personajes marginales o caricaturescos, tono paródico y burlesco, situaciones desaforadas… Incluso su afición a los inventos aparece reflejada en el personaje de Annie, la enamorada del protagonista, una ingeniero químico especializada en el látex que viaja hacia Shangai para explotar una patente de impermeables.

Viaje terrible es la crónica de una travesía en barco por el Pacífico, desde Antofagasta (Chile) hasta Panamá, puerto en el que debe desembarcar el narrador y protagonista de la historia: un «bala perdida» al que su encopetada familia se ha quitado de encima buscándole un ridículo trabajo como «agregado honorario» en un buque sonda americano. Tal como anuncia el título, la singladura se presentará trufada de incidentes, aunque no tan «terribles» para el lector como pueda suponerse. El interés de la novela emana sobre todo del estrafalario cóctel de personajes y sus exageradas actuaciones: un conde ladrón de guante blanco, una pirómana, una sueca feminista, el hijo de un emir, un pastor metodista, un adivino aguafiestas, tahúres, borrachos… Al barco, el Blue Star, no le funciona la radio (la TSH), y además ha cambiado recientemente de nombre: pronóstico segurísimo de mala suerte. Aparte de un bruto de capitán que impone orden a puñetazos, el malhadado buque cuenta con una tripulación de aficionados, entre los que destaca un antiguo guardagujas que provocó el choque de dos trenes. Con estas mimbres solo cabe esperar un periplo cuajado de desastres y chapuzas, que el sufrido pasaje sobrellevará con francachelas, actos de violencia o entablando relaciones amorosas, algunas tan delirantes como la que cabe esperar de una feminista que se prenda del hijo de un emir. Finalmente, todo este embrollo culminará en una serie de escenas que parecen la parodia de una novela de Julio Verne, de «La balsa de la Medusa», o incluso del Maelström de Poe. Sin embargo, nos hallamos en las antípodas de la fe ciega en el progreso, o de la evocación de espectáculos sublimes y aterradores… Todo es mucho más humano y risible. Un divertido esperpento que se lee con deleite.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Élisa, de Jacques Chauviré

Médico de profesión, Jacques Chauviré (1915-2005) publicó sus primeras novelas a finales de los años 50, pero no fue hasta la aparición de Élisa (2003) cuando alcanzó un amplio reconocimiento en el mundo de las letras francesas. La editorial Errata naturae se hace ahora eco de ese merecido «descubrimiento», ofreciéndonos esta excelente traducción de Regina López Muñoz. Élisa es la crónica de una pasión infantil, de un amor platónico que se prolonga y culmina en el tiempo, narrado con la sabiduría y la perspectiva de la ancianidad. Basada en experiencias autobiográficas, Élisa es un sutil ejercicio de humanismo y melancolía -no exento, en ocasiones, de un fino humor-, narrado con sencillez, y que cuenta además con un final inesperado y emocionante que no dejará indiferente a ningún lector. Ahora que se conmemora el centenario del inicio de la Gran Guerra, y se editan y reeditan tantos libros relativos a la contienda, no estará de más echar un vistazo a la otra cara de la moneda, a la difícil postguerra de los niños y las mujeres. Porque la historia de Élisa -o de Vanvan- se inicia en el otoño de 1920, en una Francia rural donde todavía permanecen abiertas todas las heridas…

El protagonista de Élisa es un niño de cinco años, Ivan (Vanvan). Carente de una figura masculina protectora, Vanvan vive rodeado de mujeres mayores: su madre, la criada, la abuela y la vieja Cucú, todas golpeadas de alguna manera por la guerra o el desamor. Los pocos niños que conoce -incluido su hermano- son mayores y lo miran con desprecio o condescendencia. Su nombre original, Jacques, le ha sido cambiado por el de Ivan, como homenaje al padre muerto en la guerra, al que no llegó a conocer por cuestión de días. Un hecho simbólicamente significativo, que no deja de angustiar al niño, al situarlo en un difícil nudo de obligaciones e identidades. Este ambiente asfixiante se verá sacudido por la aparición de Élisa, una joven de 18 años que llega a la casa para trabajar como criada. Vanvan quedará fascinado. Aunque Élisa no escapa por completo de la miseria del entorno (su padre regresa cada noche alcoholizado a la casa), su vitalidad adolescente la protege como un escudo. Élisa deslumbrará a Vanvan por su carácter ambivalente de niña y de mujer, de compañera de juegos y de joven madre, único capaz de emanciparlo de ese medio familiar arrasado por la muerte del padre y los estragos de la guerra. Élisa, que es capaz de jugar corriendo entre las camas y prefiere abandonar la carretera para caminar junto al arroyo, ofrece un cruel contraste con esa madre petrificada por el recuerdo del marido muerto, prematuramente envejecida y cargada ya de dolores, de apenas 38 años, que duerme con la mesita de noche abarrotada de medicinas y calmantes. En este medio tan deprimente Élisa brilla sin competencia, y en modo alguno necesita ser idealizada. Porque lo que aquí verdaderamente cuenta es la desbocada pasión del niño, su acuciante «sed» de una figura materna rejuvenecida…  Y también, cómo no, el sentimiento del anciano, que reinterpreta los hechos desde la lejanía del tiempo y la melancolía que presupone todo lo que perdemos. En cualquier caso, descubriremos con satisfacción que la fascinación inconsciente -y ciertamente egoísta- del niño se ha transmutado, con los años, en algo más valioso.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Y aunque estuviera usted en una cárcel cuyas paredes no dejaran llegar a sus sentidos ninguno de los rumores del mundo, ¿no seguiría teniendo siempre su infancia, esa riqueza preciosa, regia, el tesoro de los recuerdos? Vuelva ahí su atención». Rilke, Cartas a un joven poeta (traducción de José María Valverde).

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El rey de los elfos, de Johann Wolfgang von Goethe

La editorial pacense El Verano del Cohete nos propone una edición ilustrada y bilingüe de la famosa balada de Goethe, El rey de los elfos (Der Erlkönig, 1782). En lo más profundo del bosque y de la noche, un jinete cabalga con su hijo en brazos, rodeado por la presencia amenazante del rey de los elfos y sus tres hijas… Para su composición, el genio de Weimar se inspiró, al parecer, en una antigua balada popular danesa de similar asunto (Elveskud ) recogida por Herder. Traducida por David Carril y prologada por Erica Couto, esta edición de El rey de los elfos tiene como punto destacado la ilustración de Borja González, que se extiende a lo largo de una veintena de páginas, narrando de manera gráfica y autónoma el texto literario. Se inserta así su labor artística en una larga tradición en la ilustración de este poema en concreto: Schwind, Sterner, Carolsfeld, Carus… [Goethezeitportal] El Verano del Cohete es una nueva editorial independiente de Badajoz, con apenas una año de historia y un puñado de títulos, donde prima la narrativa gráfica y la exquisita hechura del libro.

Aunque en modo alguno se pueda decir que la lírica de Goethe haya precisado de la música para extenderse o darse a conocer, es verdad que durante todo el siglo XIX su poesía ha sido cantera inagotable para los compositores del lied: ese género musical tan entrañable y exquisito que busca su ideal en la perfecta compenetración de música y poema, de pianista y cantante. Pocos compositores alemanes han desdeñado el lied (de Beethoven a Schönberg, lo han cultivado Schumann, Wolf, Brahms, Mahler, Strauss…); pero quizás sea Franz Schubert (1797-1828) el más destacado de todos ellos, por la cantidad y calidad abrumadora de sus canciones. El vienés puso música a numerosos poemas de Goethe, entre ellos a Der Erlkönig (1815): una obra maestra absoluta de la música occidental. Es difícil sugerir más en apenas tres minutos de música. El principio sagrado de la economía artística reina en cada compás, y antes incluso de que escuchemos la letra de la balada, el galopar desenfrenado del caballo -figurado en el acompañamiento pianístico- anticipa ya la tragedia. Sobre este ostinato rítmico de tresillos, el oyente atento distinguirá en los bajos un diseño melódico amenazante, una escala menor ascendente -confiada a la mano izquierda del pianista- que se quiebra en un arpegio. ¡Dibujo quizás del “zarpazo” del rey de los elfos para atrapar al infante! Por lo demás, la voz del cantante desgrana una historia en la que intervienen cuatro personajes: el narrador, el padre, el niño y el espíritu del bosque. La genialidad del compositor ha concebido distribuir a los cuatro “personajes” en tonalidades y registros levemente diferenciados, de tal manera que el cantante pueda caracterizarlos en su interpretación. ¡No todos lo consiguen!

Añado abajo dos enlaces para escuchar el lied de Schubert. El primero nos brinda la clásica interpretación del gran barítono Dietrich Fischer Dieskau, con subtítulos en español; la segunda (para los amantes de las animaciones), la del tenor Daniel Norman…

Reseña de Manuel Fernández Labrada

 

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Cuentos, de E.T.A. Hoffmann

Los lectores que a finales de los años 8o se quedaron esperando el quinto volumen de los Cuentos de Hoffmann (1776-1822) editados por Anaya (colección «Laurín») están de enhorabuena. Si en estos veinticinco años transcurridos no se les han enfriado los apetitos «hoffmanescos», ahora podrán completar su biblioteca con las tres últimas partes de Los hermanos de san Serapión, que entonces se quedaron sin salir. La edición aquella de Laurín tenía un aspecto un tanto infantil, que no casaba mucho con los cuentos del prusiano, pero en cambio ofrecía excelentes traducciones, sólida encuadernación y una letra más que generosa. No solo reproducía numerosas ilustraciones de época, sino que además tenía el indudable valor de recoger (aunque en letra menor) todos los diálogos de los cofrades de san Serapión, que aparecen intercalados entre las diferentes historias a modo de presentación o comentario y que habitualmente son eliminados en las ediciones más corrientes. Cualquiera que haya leído estos textos, en apariencia secundarios, reconocerá su enorme interés, y no solo porque bajo los seudónimos (Theodor, Lothar, Sylvester, Cyprian…) se ocultan escritores y amigos de Hoffmann, sino sobre todo por el importante acopio de opiniones literarias y artísticas que soportan.

Autorretrato de Hoffmann escribiendo, en una carta de 4 de marzo de 1814

La colección «Bibliotheca Avrea», de Cátedra, recoge ahora los cuatro volúmenes de la edición de Laurín, a los que se suman las tres últimas partes de los Serapions-Brüder, las que en aquel entonces -no obstante estar ya traducidas y listas para la imprenta- se quedaron en el tintero. Es verdad que algunos de estos cuentos finales ya habían sido publicados entonces por otras editoriales, o lo serían poco después (como La señorita de Scuderi, La suerte del jugador, El huésped inquietante, Signor Formica, Apariciones [Agafia], Vampirismo…), pero casi siempre eliminando los diálogos-marco, que ahora podremos leer en su integridad. Además -y esto es lo mejor-, la octava y última parte de los Serapions-Brüder nos brinda dos cuentos de Hoffmann inéditos en nuestro idioma, extensos y de gozosa lectura: La interrelación de las cosas y La prometida del Rey.

La interrelación de las cosas (1819) es un cuento que tiene como fondo la Guerra de la Independencia española. En el contexto de una frívola sociedad de condesas caprichosas y presidentes gotosos, fanáticos del baile, se relata una experiencia bélica en España. Una trama verdaderamente enrevesada, al gusto de Hoffmann, con gitanas que bailan al estilo de la Mignon de Goethe y nobles españoles en el exilio. Una pintura que Hoffmann (Lothar dixit) juzgó como muy realista y documentada, y donde aparece hasta el mismo Empecinado. Con La prometida del rey. Cuento ambientado en la naturaleza (1821) nos adentramos en el terreno de los cuentos de hadas, de los espíritus elementales de Gabalis y de los vegetales que cobran vida. A orillas del Meno, en un paraje idílico, el señor Dapsul von Zabelthau vive recluido en su vieja casa solariega, encaramado en lo más alto de un viejo torreón que le permite entregarse a sus anchas al estudio de las ciencias ocultas. Mientras tanto, su hija Ännchen se ocupa personalmente de la explotación de la finca, del cuidado de los animales y árboles frutales, aunque su mayor deleite lo constituye su plantel de hortalizas. Una nube, sin embargo, se cierne sobre tan risueño horizonte: los tiernos amores de Ännchen con el estudiante Amandus von Nebelstern van a verse comprometidos por la fastidiosa aparición de una estrambótica zanahoria de estirpe real, Daucus Carótidus I, cómico personaje que nos recordará quizás a esa grotesca y presuntuosa raíz de mandrágora que cobra vida en el delicioso cuento fantástico de Achim von Arnim, Isabela de Egipto (1812, en Valdemar).

Esta monumental edición de «Bibliotheca Avrea» (1632 págs.) cuenta con las traducciones de Celia Lupiani, Rafael Lupiani y Julio Sierra, y ha estado al cuidado de Emilio Pascual, que ha revisado textos, completado notas y redactado un nuevo y amplio estudio preliminar. Aunque esta edición de Cátedra supone un avance en la difusión del escritor alemán en nuestra lengua, es una pena que aún queden textos de interés sin traducir, como algunos de sus últimos cuentos (Los bandidos, Los misterios, Haimatochara, Los errores…), o incluso novelas de mayor envergadura: La princesa Brambilla, El pequeño Zacarías o Maese Pulga.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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La tercera persona y otros relatos fantásticos, de Henry James

Debolsillo Clásica acaba de reeditar (edición y traducción de Luis Magrinyà) esta inteligente selección de textos de Henry James, que ya tuvimos ocasión de leer hace algunos años en un volumen de la editorial Rialp que todavía está sin agotar (la actual es su reproducción ad pedem litterae). Supongo que no es obligatorio advertir a los lectores descuidados… Yo, al menos, los tenía bastante olvidados y, una vez comprado incautamente el libro “por segunda vez”, me he alegrado de releerlos. Hablamos de textos no demasiado difundidos y de extraordinario interés, pero donde el calificativo de “fantástico”, sin dejar de ser cierto, debe entenderse de manera sutil, sobre todo en los dos primeros, donde el fantastique lo protagoniza solo alguna evanescente aparición astral, premonición, o quizás actuación “desde el otro lado”.

Un davenport… un escritorio con demasiados cajones.

Sir Dominick Ferrand” (1893) es un delicioso relato que cuenta las tribulaciones de un joven escritor para abrirse camino. Un editor de revista inflexible le hará la vida imposible hasta que el vetusto davenport que ha comprado a un anticuario revele su oculto tesoro: un legajo indiscreto y letalmente comprometedor. En el divertido tira y afloja entre editor y escritor es posible todavía escuchar un eco de esa maravillosa novela que es The Aspern Papers (1888), y seguramente también de las relaciones de James con sus propios editores. Hay mucha ironía en el relato, lo que no impide que la honestidad y la renuncia traigan al final su inesperada recompensa. En “Nona Vincent” (1893) no abandonamos el mundo de los literatos principiantes y sus dolorosas ordalías, ahora concretadas en las dificultades de un joven dramaturgo para abrirse camino en el proceloso mar de la farándula londinense. James había sufrido ya lo suyo en esa singladura, y quizás por eso su pintura nos parece tan brillante y atractiva: la comprometida elección de la primera actriz, la lectura del manuscrito ante los actores, el ensayo general, la desquiciada jornada del estreno… ¡Nada que ver, desde luego, con la solitaria tarea del novelista y su tediosa corrección de galeradas! Contemplamos, quizás, el sueño que James acarició durante una gran parte de su vida. Pero no es solamente esto, por supuesto, y al igual que en el relato anterior una trama amorosa de gran encanto, aunque bastante convencional, conduce las últimas páginas. Con “El mejor de los lugares” (1900) nos adentramos 41Y2Qxfy5-L._SY300_plenamente en materia fantástica, o al menos onírica. El narrador es de nuevo un hombre de letras, pero ahora en la cima de la fama y el desencanto. Como en Der Atlas de Heine, el literato ha querido llevar -y lleva- sobre sus espaldas todo un mundo de fastidiosas obligaciones… Un inesperado y gentil Hércules lo liberará de la carga durante algunas horas, trasladándolo a uno de esos lugares que solo podemos visitar en sueños. Un tour de force sobre lo inefable. Finalmente, en “La tercera persona” (1900), el relato que da título al libro, nos zambullimos de pleno en una ghost story, pero aderezada con el más fino humor y encarnada en unos personajes tan sutiles y encantadores -dos primas solteronas y un campechano vicario rural- como solo James sabía pergeñar en sus mejores momentos. Al igual que en “Sir Dominick Ferrand”, unos añejos papeles guardan un secreto que quizás hubiera sido preferible desconocer. Ya lo decía Cernuda: “Mejor la destrucción, el fuego.”

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Que le publicaran, en cualquier parte y de cualquier manera, era una forma de gloria para un hombre tan negado para los estrenos, y que le pagaran, incluso a precio de enciclopedia, tenía la virtud de volverle a uno resignado y prolijo. No podía meter de contrabando estilo en un diccionario, pero podía al menos llegar a la conclusión de que se había esforzado por aprender la lección de que el teatro es una grosera impertinencia en casi todas partes.” (de “Nona Vincent”, traducción de Luis Magrinyà)
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Thoreau: biografía esencial, de Antonio Casado da Rocha

Aparte del famoso Walden, o del tantas veces citado manifiesto Desobediencia civil, en las dos últimas décadas -y especialmente en los últimos años- se han venido traduciendo a nuestra lengua otros textos de Henry David Thoreau (1817-1862), como Pasear, Colores de otoño, Manzanas silvestres, Musketaquid (A Week on the Concord and Merrimack Rivers), Los bosques de Maine, Un yanki en Canadá, Cape Cod, Diario… Faltaba, sin embargo, un texto que nos facilitara una visión conjunta e integradora de todas esas lecturas. El trabajo que nos ofrece ahora Antonio Casado da Rocha, Thoreau: biografía esencial (Acuarela & A. Machado Libros), cumple ampliamente con esas expectativas, rellenando un importante hueco en la bibliografía española sobre el autor americano. Aunque la vida de Thoreau no se vio marcada por sucesos fuera de lo corriente, ni tampoco viajó mucho (sus desplazamientos fueron sobre todo excursiones a su propio interior a través de la Naturaleza), Antonio Casado da Rocha ha sabido construir una biografía que se lee con interés. Un trabajo muy bien escrito y sólidamente documentado; pero a la vez ligero, de tal manera que la acumulación de datos o la inevitable erudición que presuponen este tipo de tareas biográficas no pesan en ningún momento sobre el lector.

Thoreau: biografía esencial está articulado en torno a las distintas etapas vitales del escritor: ambiente familiar y religioso de sus primeros años, estudios en Harvard, amores y amistades, relaciones con el grupo trascendentalista, primeros roces con la autoridad civil, navegaciones y caminatas, retiro en Walden, viajes, últimos años… Cada una de estas experiencias alumbra uno o varios textos, que son analizados y glosados por el autor de manera amplia y profunda, muy dinámica, integrándolos en su momento concreto de gestación y en su devenir. En uno de los capítulos centrales, “Hojas”, Antonio Casado cede la palabra por entero a Thoreau, ofreciéndonos su propia traducción de un bello y emocionante pasaje (ascensión al monte Greylock) de su obra A Week on the Concord and Merrimack Rivers. Se cierra el libro con un interesante Epílogo, donde su autor analiza la recepción moderna del escritor norteamericano, al que se ha reprochado en ocasiones un excesivo individualismo, desafección con la sociedad contemporánea y escasa concreción en su pensamiento político. Thoreau andaría más pendiente de árboles, pájaros y frutos silvestres (y de su propio yo) que de los problemas reales de sus conciudadanos. Toda su pretendida filosofía contestataria y antisistema hundiría sus raíces en la inmadurez y la misantropía, aderezadas con unas gotas de narcisismo. Antonio Casado refuta estas interpretaciones parciales redefiniendo los controvertidos conceptos de “vivir deliberadamente” y “autenticidad”, así como subrayando el fuerte compromiso ético de Thoreau con la sociedad, que le condujo a una defensa activa, y en ocasiones arriesgada, de la causa antiesclavista.

Se completa el libro con un inventario de Materiales (notas y fuentes) -testimonio de la profundidad del trabajo realizado y ampliación de algunos temas-, una útil y pormenorizada Cronología, y una extensa Bibliografía de fuentes primarias y secundarias: obras citadas, estudios sobre el autor, originales de Thoreau y sus traducciones al castellano (actualizada hasta 2013). Un prólogo de Joaquín Araújo y un puñado de ilustraciones artísticamente reproducidas (fotografías y algunos mapas) redondean este libro sin par, verdadera rara avis en los estudios sobre Thoreau, escrito desde nuestro país y con una solvencia, elegancia y ligereza merecedora de todos los elogios.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

 

La cosa más importante en la vida, la más urgente, nos dice Thoreau, es aprender a vivir deliberadamente. Deliberar consiste en discernir entre nuestras opciones y elegir activamente las mejores de verdad, evitando caer en las más fáciles. Esta definición no es meramente teórica, sino que se basa en la intuición de que la vida buena no es algo dad0, sino un logro“.

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Sendas de Oku, de Matsúo Basho

Sendas de Oku (Oku-No-Hosomichi) es el quinto y último diario de viaje del famoso poeta japonés Matsúo Basho (1644-1694). Con cuarenta y cinco años de edad, y acompañado de su discípulo Sora, este maestro del haikú inició un esforzado periplo a pie desde Edo (Tokio) hasta Ogaki, recorriendo algunos de los parajes más bellos y salvajes del Japón septentrional: el paso de Shirakawa, la bahía de Matsushima, Kisagata… Una peregrinación abierta dichosamente a lo inesperado, pero también sólidamente anclada en el conocimiento de los lugares visitados, incluidos los poemas de anteriores viajeros, poetas seducidos como él por la belleza de un mundo que sólo se descubre al caminante. Castillos y monasterios, reliquias y vetustas tradiciones, monjes y cortesanas, bosques y árboles venerables, curiosidades naturales, cascadas, ríos, islas, montañas… Nada le resulta indiferente al poeta, que muestra una profunda maestría para apurar y trascender la esencia estética y humana de todo lo que le sale al paso.

Sendas de Oku, como muestra eminente de la forma haibun, que combina prosa y haikús, tiene mucho de viaje literario. Aparte de la apacible prosa que va tejiendo el hilo de su peregrinaje, los poemas germinan casi en cada página. El poeta los evoca o los crea al compás de los sentimientos que le induce su rodar de vagabundo. Ha sido preciso recorrer muchos caminos para componer, o simplemente comprender, un solo verso. Basho escribe poemas que deja prendidos en las puertas de los templos, o los recibe como obsequio de sus huéspedes y conocidos; tampoco desdeña componer colectivamente, o reseñar algún haikú de su discípulo Sora… En apenas diecisiete sílabas, el haikú sintetiza la revelación estética de un paisaje, de una historia. Su brevedad e intensidad es como la del relámpago que ilumina súbitamente un paisaje en mitad de la noche. En Echizen, embelesado por la contemplación nocturna de la bahía de Yoshizaki y los pinos de Shiogoshi, Basho rememora un poema de Saigyo, renunciando luego a su propia descripción: “Si añado algo más, sería como añadir otro dedo a la mano.” Pero Sendas de Oku es también una lección de filosofía, de paciencia y de amable disposición. Aunque el poeta se encuentre en ocasiones enfermo o cansado, o se tenga que hospedar en modestos albergues infestados de pulgas y con goteras, su ánimo se mantiene imperturbable: “mi estado me desasosegaba, aunque el andar de peregrino por lugares perdidos, me decía, es como haber dejado ya el mundo y resignarse a su impermanencia: si muero en el camino, será por voluntad del cielo. Estos pensamientos me dieron ánimo”.

Esta exquisita edición de Sendas de Oku, que nos ofrece Atalanta, reproduce la legendaria traducción de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya (primera versión a una lengua occidental en 1957, revisada posteriormente), así como el texto japonés original, bellamente caligrafiado por Yosa Buson (1716-1783). Atender a un completo aparato de notas explicativas, emplazadas tras el texto, será el peaje inevitable que deberemos pagar -al menos en una primera lectura- para acompañar a Basho en su singladura de parajes exóticos, antiguas historias y haikús apenas insinuados. Un índice onomástico y un mapa de los lugares recorridos por el poeta guiarán también nuestro caminar de neófitos. Completan el volumen diversos textos de Octavio Paz sobre la tradición del haikú y sobre la vida y poesía de Basho y de Yosa Bruson.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Bahía de Matsushima

Todo lo que veía me invitaba al viaje; tan poseído estaba por los dioses que no podía dominar mis pensamientos; los espíritus del camino me hacían señas y no podía fijar mi mente ni ocuparme en nada. Remendé mis pantalones rotos, cambié las cintas de mi sombrero de paja...”
Para viajar debería  bastarnos sólo con nuestro cuerpo; pero las noches reclaman un abrigo; la lluvia, una capa; el baño, un traje limpio; el pensamiento, tinta y pinceles. Y los regalos que no se pueden rehusar… Las dádivas estorban a los viajeros“. (traducción de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya)
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Dos húsares, de Tolstói

Hermida editores ha tenido el acierto de ofrecernos una nueva edición de esta estupenda novelita de los primeros años de Tolstói, Dos húsares (1856), un texto un tanto olvidado que ahora disfrutaremos en la magnífica traducción de Olga Korobenko. A través de las figuras del conde Turbín y de su hijo, dos húsares pertenecientes a generaciones sucesivas, Tolstói nos pinta la degeneración de una estirpe militar. Le bastan un par de días, separados por una veintena de años, para desplegar su emocionante drama: un prodigio de construcción y naturalidad. Para entender mejor el relato es preciso recordar que unos años antes Tolstói había participado como suboficial en la guerra de Crimea, experiencia que le inspiró sus Relatos de Sebastopol (1856), tres historias militares que testimonian su participación en el sitio de la ciudad. En cualquier caso, si leemos el prólogo del propio Tolstói, el elogio del pasado parece extenderse no solo a la milicia, sino a la sociedad entera, lo que no deja de ser curioso en un escritor que todavía no había cumplido los treinta años.

La primera parte de esta historia la protagoniza el conde Fiódor Turbín, en una época imprecisa en torno a 1828. Las escasas veinticuatro horas que pasa en la pequeña ciudad de K. le bastan para evidenciar su admirable temple y triunfar sobre la pequeña sociedad provinciana que ha saludado su llegada entre el recogijo y el temor. El conde Turbín es famoso por su temeridad en los duelos, por su orgullo indoblegable y por su afición a las mujeres y al juego. Con él no se puede jugar, desde luego, y habrá que perdonarle que le rompa los dientes a su asistente por una mala respuesta, o que esté a punto de batirse con un joven de dieciséis años por parecido motivo. No obstante, el conde es también desprendido y generoso, y su áspera nobleza despierta adhesiones espontáneas, como la de su asistente vapuleado o la de los gitanos, con los que se relaciona con total naturalidad. Tampoco duda en proteger al desdichado y pusilánime corneta Illín, que ha perdido jugando los quince mil rublos de dinero público que portaba frente al tramposo Lujnov. El expediente para resolver el problema es bastante brutal, pero coherente con su sentido del honor. Despedido triunfalmente con música por la banda de gitanos, tras una noche de juerga, no duda en dar media vuelta a su troika -en uno de esos gestos suyos plenos de seguridad y desenvoltura- para despedirse, con un beso en los ojos, de la aún dormida viudita Anna Fiódorovna, a la que había enamorado en el baile. No creo que el lector actual admire todas estas discutibles “hazañas”, pero resulta evidente que para Tolstói el conde Turbín es un modelo.

En la segunda parte de la novela se nos informa de que han transcurrido unos veinte años, y que la fecha en la que ahora se desarrolla la acción es la de 1848. El viejo conde ha muerto en un duelo, y el nuevo conde Turbín que aparece en escena es su hijo, comandante de un escuadrón de húsares que se desplaza por la región de K. Las sucesivas apariciones del padre y del hijo son expuestas por Tolstói de manera estudiadamente simétrica y especular, de tal manera que el relato, es decir, la oposición entre los dos caracteres, alcanza sus fines con una admirable economía de medios, pero sin rigidez. Si en la primera parte se nos ofreció el modelo, ahora se nos pinta su opuesto: un militar demasiado preocupado por la comodidad y al que los subordinados no toman en serio. Dos cartas que recibe nos desvelarán algo más de su personalidad: tiene deudas de juego y una amante que le pide dinero (¡seguro que el padre no tenía que pagar!). Pero la piedra de toque que mejor revelará su devaluación será la parte superviviente de la sociedad que fue testigo de la fulgurante aparición paterna: la viuda Anna Fiódorovna, ahora una anciana, y su hija Liza. El desapego al dinero que manifestaba el primer conde contrasta dolorosamente con esos miserables cinco rublos ganados por el conde a la anciana Anna Fiódorovna, hazaña que despierta el desprecio del corneta Pólozov, figura homóloga a la del corneta Illín como punto de referencia en la degradación del segundo conde. Su ronda nocturna a la hija, una encantadora muchacha de veintitrés años que lo ha calado a la primera y a la que no impresiona lo más mínimo, no puede ser más bochornosa: una escena llena de irresolución y autoinculpaciones, que culmina en una vergonzosa huida. Por lo demás, el nuevo conde tampoco parece demasiado estricto con las leyes del honor… Al menos no morirá en un duelo.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Somos como enanos sobre hombros de gigantes…” Bernardo de Chartres.

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