Sendas de Oku, de Matsúo Basho

Sendas de Oku (Oku-No-Hosomichi) es el quinto y último diario de viaje del famoso poeta japonés Matsúo Basho (1644-1694). Con cuarenta y cinco años de edad, y acompañado de su discípulo Sora, este maestro del haikú inició un esforzado periplo a pie desde Edo (Tokio) hasta Ogaki, recorriendo algunos de los parajes más bellos y salvajes del Japón septentrional: el paso de Shirakawa, la bahía de Matsushima, Kisagata… Una peregrinación abierta dichosamente a lo inesperado, pero también sólidamente anclada en el conocimiento de los lugares visitados, incluidos los poemas de anteriores viajeros, poetas seducidos como él por la belleza de un mundo que sólo se descubre al caminante. Castillos y monasterios, reliquias y vetustas tradiciones, monjes y cortesanas, bosques y árboles venerables, curiosidades naturales, cascadas, ríos, islas, montañas… Nada le resulta indiferente al poeta, que muestra una profunda maestría para apurar y trascender la esencia estética y humana de todo lo que le sale al paso.

Sendas de Oku, como muestra eminente de la forma haibun, que combina prosa y haikús, tiene mucho de viaje literario. Aparte de la apacible prosa que va tejiendo el hilo de su peregrinaje, los poemas germinan casi en cada página. El poeta los evoca o los crea al compás de los sentimientos que le induce su rodar de vagabundo. Ha sido preciso recorrer muchos caminos para componer, o simplemente comprender, un solo verso. Basho escribe poemas que deja prendidos en las puertas de los templos, o los recibe como obsequio de sus huéspedes y conocidos; tampoco desdeña componer colectivamente, o reseñar algún haikú de su discípulo Sora… En apenas diecisiete sílabas, el haikú sintetiza la revelación estética de un paisaje, de una historia. Su brevedad e intensidad es como la del relámpago que ilumina súbitamente un paisaje en mitad de la noche. En Echizen, embelesado por la contemplación nocturna de la bahía de Yoshizaki y los pinos de Shiogoshi, Basho rememora un poema de Saigyo, renunciando luego a su propia descripción: “Si añado algo más, sería como añadir otro dedo a la mano.” Pero Sendas de Oku es también una lección de filosofía, de paciencia y de amable disposición. Aunque el poeta se encuentre en ocasiones enfermo o cansado, o se tenga que hospedar en modestos albergues infestados de pulgas y con goteras, su ánimo se mantiene imperturbable: “mi estado me desasosegaba, aunque el andar de peregrino por lugares perdidos, me decía, es como haber dejado ya el mundo y resignarse a su impermanencia: si muero en el camino, será por voluntad del cielo. Estos pensamientos me dieron ánimo”.

Esta exquisita edición de Sendas de Oku, que nos ofrece Atalanta, reproduce la legendaria traducción de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya (primera versión a una lengua occidental en 1957, revisada posteriormente), así como el texto japonés original, bellamente caligrafiado por Yosa Buson (1716-1783). Atender a un completo aparato de notas explicativas, emplazadas tras el texto, será el peaje inevitable que deberemos pagar -al menos en una primera lectura- para acompañar a Basho en su singladura de parajes exóticos, antiguas historias y haikús apenas insinuados. Un índice onomástico y un mapa de los lugares recorridos por el poeta guiarán también nuestro caminar de neófitos. Completan el volumen diversos textos de Octavio Paz sobre la tradición del haikú y sobre la vida y poesía de Basho y de Yosa Bruson.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Bahía de Matsushima

Todo lo que veía me invitaba al viaje; tan poseído estaba por los dioses que no podía dominar mis pensamientos; los espíritus del camino me hacían señas y no podía fijar mi mente ni ocuparme en nada. Remendé mis pantalones rotos, cambié las cintas de mi sombrero de paja...”
Para viajar debería  bastarnos sólo con nuestro cuerpo; pero las noches reclaman un abrigo; la lluvia, una capa; el baño, un traje limpio; el pensamiento, tinta y pinceles. Y los regalos que no se pueden rehusar… Las dádivas estorban a los viajeros“. (traducción de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya)
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Dos húsares, de Tolstói

Hermida editores ha tenido el acierto de ofrecernos una nueva edición de esta estupenda novelita de los primeros años de Tolstói, Dos húsares (1856), un texto un tanto olvidado que ahora disfrutaremos en la magnífica traducción de Olga Korobenko. A través de las figuras del conde Turbín y de su hijo, dos húsares pertenecientes a generaciones sucesivas, Tolstói nos pinta la degeneración de una estirpe militar. Le bastan un par de días, separados por una veintena de años, para desplegar su emocionante drama: un prodigio de construcción y naturalidad. Para entender mejor el relato es preciso recordar que unos años antes Tolstói había participado como suboficial en la guerra de Crimea, experiencia que le inspiró sus Relatos de Sebastopol (1856), tres historias militares que testimonian su participación en el sitio de la ciudad. En cualquier caso, si leemos el prólogo del propio Tolstói, el elogio del pasado parece extenderse no solo a la milicia, sino a la sociedad entera, lo que no deja de ser curioso en un escritor que todavía no había cumplido los treinta años.

La primera parte de esta historia la protagoniza el conde Fiódor Turbín, en una época imprecisa en torno a 1828. Las escasas veinticuatro horas que pasa en la pequeña ciudad de K. le bastan para evidenciar su admirable temple y triunfar sobre la pequeña sociedad provinciana que ha saludado su llegada entre el recogijo y el temor. El conde Turbín es famoso por su temeridad en los duelos, por su orgullo indoblegable y por su afición a las mujeres y al juego. Con él no se puede jugar, desde luego, y habrá que perdonarle que le rompa los dientes a su asistente por una mala respuesta, o que esté a punto de batirse con un joven de dieciséis años por parecido motivo. No obstante, el conde es también desprendido y generoso, y su áspera nobleza despierta adhesiones espontáneas, como la de su asistente vapuleado o la de los gitanos, con los que se relaciona con total naturalidad. Tampoco duda en proteger al desdichado y pusilánime corneta Illín, que ha perdido jugando los quince mil rublos de dinero público que portaba frente al tramposo Lujnov. El expediente para resolver el problema es bastante brutal, pero coherente con su sentido del honor. Despedido triunfalmente con música por la banda de gitanos, tras una noche de juerga, no duda en dar media vuelta a su troika -en uno de esos gestos suyos plenos de seguridad y desenvoltura- para despedirse, con un beso en los ojos, de la aún dormida viudita Anna Fiódorovna, a la que había enamorado en el baile. No creo que el lector actual admire todas estas discutibles “hazañas”, pero resulta evidente que para Tolstói el conde Turbín es un modelo.

En la segunda parte de la novela se nos informa de que han transcurrido unos veinte años, y que la fecha en la que ahora se desarrolla la acción es la de 1848. El viejo conde ha muerto en un duelo, y el nuevo conde Turbín que aparece en escena es su hijo, comandante de un escuadrón de húsares que se desplaza por la región de K. Las sucesivas apariciones del padre y del hijo son expuestas por Tolstói de manera estudiadamente simétrica y especular, de tal manera que el relato, es decir, la oposición entre los dos caracteres, alcanza sus fines con una admirable economía de medios, pero sin rigidez. Si en la primera parte se nos ofreció el modelo, ahora se nos pinta su opuesto: un militar demasiado preocupado por la comodidad y al que los subordinados no toman en serio. Dos cartas que recibe nos desvelarán algo más de su personalidad: tiene deudas de juego y una amante que le pide dinero (¡seguro que el padre no tenía que pagar!). Pero la piedra de toque que mejor revelará su devaluación será la parte superviviente de la sociedad que fue testigo de la fulgurante aparición paterna: la viuda Anna Fiódorovna, ahora una anciana, y su hija Liza. El desapego al dinero que manifestaba el primer conde contrasta dolorosamente con esos miserables cinco rublos ganados por el conde a la anciana Anna Fiódorovna, hazaña que despierta el desprecio del corneta Pólozov, figura homóloga a la del corneta Illín como punto de referencia en la degradación del segundo conde. Su ronda nocturna a la hija, una encantadora muchacha de veintitrés años que lo ha calado a la primera y a la que no impresiona lo más mínimo, no puede ser más bochornosa: una escena llena de irresolución y autoinculpaciones, que culmina en una vergonzosa huida. Por lo demás, el nuevo conde tampoco parece demasiado estricto con las leyes del honor… Al menos no morirá en un duelo.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Somos como enanos sobre hombros de gigantes…” Bernardo de Chartres.

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Cuentos selectos, de Felisberto Hernández

El escritor uruguayo Felisberto Hernández (1902-1964) ha recibido en los últimos años una merecida atención en el panorama editorial español y americano. Diversas muestras de su narrativa han sido recogidas por editoriales como Cátedra, El cuenco de plata, El Nadir o Atalanta. Cuentos selectos, de la editorial argentina Ediciones Corregidor, es el último libro de Felisberto Hernández que he visto en las librerías. La edición ha estado al cuidado de Gustavo Lespada, autor de un interesante prólogo donde analiza brevemente, pero con rigor y profundidad, cada uno de los relatos.

En la compleja personalidad del escritor uruguayo juega un papel esencial la música. Antes que escritor, Felisberto Hernández fue pianista y compositor. Desde temprana edad recibió una esmerada formación musical, que le llevaría con los años a ejercer de pianista itinerante en pequeñas orquestas y cafés de Uruguay y Argentina. También dio conciertos y compuso obras para piano -algunas perdidas-, y solo durante la segunda mitad de su vida se consagró por entero a la literatura. Aunque nunca alcanzó una gran resonancia como escritor, hoy en día es considerado uno de los autores más originales e interesantes de su época. Las dificultades de sus primeros años, la precariedad de sus actividades musicales forman parte del material con el que crea sus relatos, casi siempre narrados en primera persona. La sordidez de las situaciones en que se ve generalmente implicado el protagonista-narrador (vendedor de medias como último recurso, pianista por horas, invitado capigorrón a mesas ajenas, comparsa de extraños ritos y ceremonias…) se ve desarmada por su compleja elaboración artística, un cierto humor, y el clima onírico en el que se desarrolla la acción, narrada en ocasiones con el distanciamiento de un sueño que no llega a ser pesadilla.

Felisberto Hernández

Los tres primeros relatos seleccionados hunden sus raíces en la infancia del narrador. Veremos que algunos de los textos de Felisberto Hernández tienen una notable base autobiográfica, aunque elaborada de tal manera que las experiencias más modestas alumbran sofisticadas obras artísticas. En “El caballo perdido” (1943) aparece por vez primera el tema de la música, concretado en la figura de la profesora de piano Celina, de la que el niño se enamora. En “La pelota” (1945) se manifiesta también un rasgo recurrente en la prosa de Felisberto Hernández: el protagonismo y/o animación de los objetos. Nada más encantador que esa pelota de trapo barata, hecha por la abuela, que bota y rebota alejada de las leyes ordinarias de la mecánica. La modestia del juguete anticipa también la pobreza de medios en que se desenvuelven la mayoría de las historias. “Mi primera maestra” (de Tierras de la memoria, 1964) es un delicioso cuento en el que un niño juega a esconderse, de manera perfectamente inocente, bajo la pollera de su maestra de escuela. Una figura materna protectora que reaparecerá en otros relatos posteriores, desplazada generalmente a la función de mecenas (una parodia de mecenazgo). “Nadie encendía las lámparas” (Nadie encendía las lámparas, 1947) es uno de los relatos más interesantes y sugestivos de la colección a la que da título. Una misteriosa tertulia en una vieja casa invadida gradualmente por la oscuridad y que finaliza antes de que pase algo realmente significativo. Un recital de piano interrumpido y una enigmática muchacha que tiene como último gesto, ya en la oscuridad, tomar de la manga al narrador. En “El Balcón” reaparecen algunos de los motivos predilectos de Hernández, como son el del invitado en casa ajena y la humanización de los objetos: Un curioso triángulo entre un pianista (un tanto voyeur y con ribetes de gorrón), una joven poetisa muy imaginativa, y un balcón por el que siente una obsesiva predilección. La situación se precipita hacia su final cuando el balcón, celoso de una visita nocturna de la joven al pianista, decide tomar cartas en el asunto. “El acomodador” es un cuento que tiene algo de kafkiano (Felisberto Hernández reconoció su deuda con el escritor checo): el protagonista descubre que sus ojos emiten una luz capaz de alumbrar cualquier objeto en la oscuridad, incluida una misteriosa muchacha sonámbula, casi un fantasma… En “Menos Julia” el protagonista actúa de comparsa en una inquietante ceremonia: un túnel oscuro donde ensayar las delicias del tacto. A mano derecha, objetos que hay que reconocer; a la izquierda, rostros de muchachas a las que poner nombre… Un relato comparable a “La casa inundada”, del que nos ocuparemos después. En “La mujer parecida a mí” el narrador sufre una metamorfosis que lo convierte en un caballo. Huido de un amo que lo maltrata, encuentra refugio en el amor de una maestra, figura protectora por la que se muestra dispuesto incluso a matar (un crimen equino, por supuesto). “Mi primer concierto” es uno de los relatos donde mejor se manifiesta el componente autobiográfico. Cualquiera que se haya visto en la tesitura de tocar en público se reconocerá en los miedos escénicos del protagonista. Un cuento divertidísimo en el que un modesto concertista principiante sufre todos los apuros imaginables, incluido el de rivalizar con un gato. “El comedor oscuro” puede considerarse una prolongación del relato anterior: el narrador cree que su nuevo trabajo es consecuencia del éxito de su primer concierto. Pero la mujer que lo ha contratado para tocar por horas en su casa, la señora Muñeca -una grotesca y desencantada solterona, tan horrorosa como un retrato cubista que cobrara vida- no parece entender nada de música. Aunque son frecuentes en los cuentos de Felisberto los recitales de piano, nunca se nos informa de la música que se interpreta, quizás para no despertar en el lector asociaciones que modificarían el clima de la narración. Cuando el protagonista le pregunta a la señora Muñeca qué ha de interpretar, esta le responde: “la que toca todo el mundo, la que está de moda”. En “El corazón verde” volvemos al mundo de los recuerdos y de la infancia, conjurados por un alfiler de corbata: un inesperado concierto permite al empobrecido pianista recuperarlo de la casa de empeños. “Muebles El Canario” es una narración algo diferente, encuadrable en el género de la ciencia-ficción, aunque no muy alejado del tono onírico -en este caso pesadillesco- de otros relatos: una inyección sumistrada insidiosamente en el autobús nos obligará a escuchar dentro de nuestra cabeza la publicidad de una tienda de muebles. “Las dos historias” constituye un texto de gran complejidad, con varios niveles de narración y tres pequeños relatos independientes. “Mur” (1948) tiene como protagonista a un extravagante personaje apodado Murciélago, que manifiesta los rasgos del nocturno y lúgubre animal. Una “animalización” similar ocurre en el siguiente relato, “El cocodrilo” (1949), donde reaparecen las desventuras de un músico obligado a rebajarse al desempeño de ocupaciones nada artísticas. La venta de medias se verá favorecida por una inesperada habilidad para llorar à volonté. En “Lucrecia” (1952) el narrador protagoniza un delirante viaje al siglo XVI, convertido en un mensajero español que ha de entregar una misiva a Lucrecia Borgia, enclaustrada en un monasterio italiano. “La casa inundada” (1960) es un interesante relato relacionable con el titulado “Menos Julia”. El narrador actúa una vez más de comparsa en una extraña performance: remar en la barca de una adinerada y gruesa solterona que ha tenido el capricho de convertir su casa en una pequeña Venecia plagada de canales navegables y regaderas a tutiplén. Al igual que en “Menos Julia”, el narrador-comparsa será despedido a capricho de su patrón; en este caso sin motivo aparente alguno. Una nueva parodia del mecenazgo. Finalmente, “Explicación falsa de mis cuentos” (1955, La Licorne) es una manifestación explícita del desinterés del artista por explicar la carpintería de sus textos. De creerlo, el talento actuaría de manera inconsciente y las explicaciones siempre las pondrían otros. Quizás otro cuento.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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El estandarte, de Alexander Lernet-Holenia

El estandarte (Die Standarte, 1934) es una de las mejores novelas de Alexander Lernet-Holenia (1897-1976), un escritor austríaco del que ya nos ocupamos anteriormente en estas páginas (Marte en Aries). Novela entretenida y merecedora de una edición tan exquisita como la que nos ofrece Libros del Asteroide, El estandarte es una instantánea de los últimos días del Imperio Austrohúngaro, particularizada en las aventuras de un joven militar austríaco, el alférez Menis, que en las postrimerías de la Gran Guerra se ve repentinamente trasladado a un regimiento de dragones sobre el que pende un trágico destino. La crónica final de un imperio multiétnico y plurinacional, reflejada en la descomposición de un ejército desmoralizado, donde campesinos polacos, húngaros, checos…, de un sinfín de patrias, militan sin convicción bajo las órdenes de oficiales tan variopintos como ellos mismos.

Tras un inicio misterioso e intrigante, la historia propiamente dicha arranca con una serie de escenas de gran frivolidad, como el “asalto” del alférez Menis al palco imperial de la Ópera de Belgrado, donde ha vislumbrado a una joven de extraordinaria belleza, Resa Lang,  lectora de la archiduquesa María Antonia. Aunque el autor no parezca reparar en ello, resulta irónico que todo ocurra durante la representación de Las bodas de Fígaro de Mozart, donde sabemos que el enamoradizo Cherubino, a fin de apartarlo de las féminas de palacio, es enviado por el conde Almaviva al servicio militar (“Non più andrai”). Y así, antes de que finalice la ópera, Menis será también remitido por la irritada archiduquesa a un regimiento… en Ucrania. Pero, en un giro muy propio del autor, el regimiento acaba de regresar y está solo a unos pocos kilómetros de Belgrado. Las proezas ecuestres del protagonista, que es capaz de pasar las noches cabalgando para disfrutar de una corta entrevista con su amada, reciben una minuciosa atención del escritor, que traza una completa logística de caballos de refresco y pacientes servidores que esperan al relente la llegada del alférez rondador. A estas alturas ya nos habremos dado cuenta de que Lernet-Holenia conoce a la perfección el terreno que pisa, y que amenaza a cada paso con apabullarnos con su virtuoso conocimiento de grados, regimientos, uniformes, caballos… todo cuanto conformaba, en suma, el complejo ejército imperial austrohúngaro. Pero el punto culminante de la novela no llega hasta un poco después, con el amotinamiento de la tropa sobre los puentes del Danubio y su inmediata y sangrienta represión: una página magistral, precisa y emocionante. Refugiados los desacreditados supervivientes en una escuela de Belgrado, el alférez Menis -abanderado en el último minuto de un regimiento que ya no existe- contempla en el gabinete de Ciencias Naturales una colección de animales disecados y esqueletos: un espejo de su propia situación como oficial de un imperio que se desmorona.

Una característica recurrente en la narrativa de Lernet-Holenia es la evocación de una atmósfera misteriosa e inquietante, que en El estandarte se materializa en la creciente desinformación que rodea a los protagonistas, incluso a los militares de mayor graduación. No saben por dónde anda el frente e ignoran si tendrán que ponerse en marcha; y aunque corren rumores de sublevación, se les presenta en el momento más inesperado. Los movimientos de tropas son también sorpresivos, y un regimiento que debía estar en Asia aparece junto a Belgrado. El sentimiento de irrealidad que acompaña al alférez Menis durante la marcha al frente de batalla (y que nos recordará las fantasmales cabalgadas de El barón Bagge) se agudiza con la inopinada aparición del siniestro capitán Hackenberg, trotando inoportunamente con sus dos perros entre las tropas que prestan juramento al emperador. Tras desvelar luego, en un duelo verbal de gran crueldad, el origen ilegítimo del abanderado Heister, este  militar alemán (que nadie sabe muy bien qué pinta en el regimiento) pronostica también su muerte. Su brusca y “mefistofélica” desaparición, entre las chispas arrancadas por las pezuñas de su caballo, confiere una fuerte irrealidad a la escena, una escena inmediata a la sublevación, de la que parece ser una especie de heraldo.

Aunque el relieve psicológico de los personajes no es algo importante en la novela (aparecen muchos tipos, como el viejo ayudante Anton, o el militar alemán de temple prusiano, Bottenlauben), Menis evoluciona desde una liviandaz casi de opereta (con su asalto al palco imperial y sus cabalgadas nocturnas) a una intensa toma de conciencia de su posición histórica, que se produce desde el mismo instante en que se le confía el estandarte de su regimiento. Su pasión por Resa se enfría, al producirse en su cabeza una especie de cortocircuito emocional: dama versus estandarte. Un conflicto no demasiado convincente para el lector.  Pero, bueno, no olvidemos que estamos leyendo una magnífica novela de aventuras.

El estandarte ha sido traducido por Annie Reney y Elvira Martín para la editorial Libros del Asteroide, y cuenta con un interesante prólogo de Ignacio Vidal-Folch.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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El pájaro en la nieve, de Armando Palacio Valdés

No está mal desempolvar y leer de vez en cuando autores que permanecen olvidados, sobre todo cuando todavía atesoran valores literarios indiscutibles. Este es el caso de Armando Palacio Valdés (1853-1938), uno de los escritores españoles más sobresalientes de la novela realista decimonónica, parangonable en su época con autores como Clarín, Galdós, Blasco Ibáñez o la Pardo Bazán. Conocido y apreciado fuera de nuestras fronteras, fue traducido en vida a las principales lenguas europeas (especialmente a la inglesa), y propuesto en dos ocasiones al premio Nobel. Pero al igual que otros escritores de larga trayectoria, los años fueron en su contra, y Palacio Valdés evolucionó desde posturas avanzadas y comprometidas a una literatura más convencional que ha restado en la valoración general de su obra. Tras su muerte, su extensa producción perdió posiciones frente a la de otros literatos de su generación. No obstante, muchas de sus novelas (Marta y María, El idilio de un enfermo, Maximina…) y relatos conservan un valor literario de primer orden. De gran interés hemos de calificar los seis relatos que nos ofrece ahora la editorial Eneida (en su colección Confabulaciones), que se hace eco de la revalorización creciente de que goza, de un tiempo a esta parte, la obra del escritor asturiano. Un ramillete de historias atrayentes e imaginativas, magistralmente escritas, dotadas con la suave y característica ironía de su autor.

El pájaro en la nieve” narra la trágica historia de un joven músico ciego que se queda solo en el mundo e inicia un imparable descenso hacia la miseria y el desastre. Su única esperanza: el regreso de un hermano que marchó a América para hacer fortuna. Leyéndolo es imposible no recordar el más célebre cuento de Andersen. “La confesión de un crimen” está ambientado en el mundo de los precoces amores infantiles, reflejos turbadores, en su carencia de disimulo, del mundo de los adultos. No obstante el tono ligero del relato, sobrecoge la seriedad con que la protagonista asume la terrible responsabilidad de la muerte de su joven admirador. En “El sueño de un reo de muerte” es posible ver una reprobación de la pena capital y la indignidad de los ajusticiamientos públicos (un asunto tratado con mayor intensidad en otro de sus relatos: “El hombre de los patíbulos”, Aguas fuertes, 1884). El narrador sufre una esperpéntica pesadilla que lo conduce al cadalso, y donde lo que más lo aterroriza es convertirse en espectáculo. “Los Puritanos” es un curioso relato que muestra cómo puede cambiar en una centuria la consideración de lo políticamente correcto: el ridículo flirt -sin consecuencias- de un hombre casado, de tránsito en Madrid, con una niña de trece años que le ha tirado a la cabeza, desde el balcón de su casa, una enorme muñeca. Iniciada la relación, la desigual pareja se refugia durante unas horas en el Teatro Real, donde se representa la célebre ópera de Bellini, I Puritani, de ahí el irónico título del relato. Inocencia y mala conciencia, apenas disimulada, bajo la burlona mirada del autor. “Polifemo” es la pintura de un tipo característico: el gruñón temible y espantable, voz de trueno y gigantesca anatomía -militar retirado, sordo y con un solo ojo para mayor pavura-, que luego resulta tener un corazón de oro. Un relato decididamente sentimental, casi lacrimógeno, donde no faltan perros ni hospicianos, pero escrito con una maestría y gracia indiscutibles. Este relato recuerda al de otro tipo estupendo: “El profesor León” (también en Aguas fuertes). Finalmente, “El crimen de la calle de la Perseguida” es un breve y magnífico cuento de intriga, con algunas escenas sorprendentes y una conclusión del más puro humor negro.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Al final se la otorgaron, pero fue para despedirle a los pocos días: la música de Juan no agradaba a los parroquianos del Café de la Cebada; no tocaba jotas, ni polos ni sevillanas, ni cosa ninguna flamenca, ni siquiera polkas; pasaba la noche interpretando sonatas de Beethoven y conciertos de Chopin: los concurrentes se desesperaban al no poder llevar el compás con las cucharillas.” (“El pájaro en la nieve”)

En los años 20 del pasado siglo se reeditaron algunos relatos de Palacio Valdés en la revista Lecturas, como “Polifemo” o “Los Puritanos”.

Una portada de la revista Lecturas (abril de 1924)

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La chica de Nueva Inglaterra, de Sherwood Anderson

Sherwood Anderson (1876-1941) es considerado por la crítica un precursor de la novela moderna norteamericana (influyó en Faulkner, Hemingway o Ford, entre otros), así como un maestro del relato corto y de la prosa directa y sin artificios. Preocupado por las clases más humildes y sus dificultades para adaptarse a una sociedad en vertiginosa evolución, Anderson alumbró en 1919 un libro capital de la literatura norteamericana: Winesburg, Ohio, un conjunto de veintidós relatos que conforman una especie de novela-mosaico, donde los habitantes del pequeño pueblo americano cobran protagonismo de una manera coral e ingeniosamente orquestada. La chica de Nueva Inglaterra (traducido para Nórdica Libros por Jacques Simon) lo componen una docena larga de relatos -la mayoría inéditos en castellano-, procedentes del libro El triunfo del huevo (The Triumph of the Egg, 1921). Aunque los personajes no se relacionan entre sí de la misma manera que en Winesburg, Ohio, no es tan diferente la materia humana que nos presenta el autor: minusválidos, ancianos abandonados, negros y marginados, trabajadores modestos, maridos asfixiados en su medio familiar, jóvenes solitarias que intentan encontrar su lugar en la vida… Una galería de seres desamparados y confusos, de existencias desconcertadas, soñadores de un mundo mejor a mil kilómetros de distancia… Dramas humanos suavizados en ocasiones por un toque humorístico, siempre narrados con sencillez y lirismo.

El primer relato del libro, “Quiero saber por qué“, narra una historia típicamente americana, ambientada en el mundo de los caballos de carreras. Un adolescente y la pérdida de la inocencia. El desmoronamiento de un ideal: el ídolo con los pies de barro. En “La otra mujer” se analizan los confusos sentimientos de un joven que comete una infidelidad la víspera de su boda: quizás una crítica a la esquizofrénica concepción burguesa del amor. “El huevo” es una hilarante burla de la ambición, de “esa idea tan norteamericana de intentar prosperar, de querer ser alguien en la vida”. El narrador es el hijo de un modesto granjero, feliz en su mediocridad, que tras casarse con una ambiciosa maestra decidió montar sucesivamente -con resultados desastrosos- una granja de pollos y un restaurante. Una visión tiernamente cómica del fracaso. En “El hombre del abrigo marrón” se aborda el problema de la incomunicación: las reflexiones de un historiador, autor de “cuatrocientas mil palabras”, que confiesa su incapacidad para transmitir algo personal a los demás. Ni siquiera a su esposa… “Hermanos” es una curiosa fábula en tres movimientos sobre la frustración que acompaña a los pequeños y miserables destinos humanos, que en ocasiones desembocan en la locura y el crimen. Al igual que “El hombre del abrigo marrón”, lo leeremos como un poema en prosa. “La chica de Nueva Inglaterra“, el relato que da título a la recopilación, cuenta la historia de una muchacha ya madura que se ahoga en el estrecho círculo familiar en el que parece condenada a envejecer. Aunque el argumento parece de primeras muy convencional, nos seduce la maestría con la que al autor va construyendo ante nuestros ojos, de manera indirecta y creciente, la angustia de la protagonista, que culmina en la escena de la tormenta, perdida en ese opresivo campo de maíz que rodea como una selva la casa familiar. “La trampilla” narra las frustraciones de un matrimonio convencional, donde todo sentimiento permanece prisionero o anquilosado. La familia burguesa como una trampa. Al igual que en “La otra mujer”: la seducción de lo que no nos pertenece, de lo que aún es libre.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Las vidas de la gente son como los árboles de un bosque que poco a poco van siendo estrangulados por enredaderas, y que finalmente mueren asfixiados. La enredaderas son a su vez viejas creencias, antiguos pensamiento plantados por hombres muertos. Yo mismo estoy cubierto por enredaderas que me están devorando poco a poco.” (traducción de Jacques Simon)
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Los matrimonios y Louisa Pallant, de Henry James

Es tan extensa la obra de Henry James que no debe sorprendernos que todavía podamos encontrar textos de gran interés inéditos en nuestra lengua. Bienvenidos sean. Nunca nos dolerá poder completar nuestro acervo de lecturas “jamesianas”. La granadina Ediciones Traspiés nos presenta ahora (traducidas por María Teresa Sánchez Montesinos) dos novelitas del escritor norteamericano nunca vertidas con anterioridad al castellano: The Marriages (1891) y Louisa Pallant (1888), publicadas en fechas cercanas a la aparición de obras tan perfectas como The Aspern Papers (1888) o The Private Life (1892).

En Los matrimonios asistimos a un pequeño drama doméstico: las tribulaciones de una joven que aborrece ver a su padre abandonar la condición de viudo y emprende una arriesgada y cuestionable aventura. ¿Complejo de Electra? ¿Devoción exagerada a la madre perdida? Una historia intrigante y con un final inesperado, de esos que cambian la percepción del lector en las últimas líneas. La ironía del relato solo se hará evidente con la sorpresa final. Louisa Paillant es un texto de menor sutileza, aunque no de intriga, que reedita el conflicto -habitual en la obra de Henry James- entre americanos y europeos (para los últimos valen también los “europeizados”, aún peores). Una novela de una curiosa opacidad, imputable quizás a un narrador poco perspicaz o demasiado comprometido emocionalmente. Todo lo que sabemos del mundo interior de la protagonista, Linda Pallant, es a través de la opinión de su madre, pero ignoramos si es cierta o más bien interesada. La lectura de las últimas líneas de la novela, de su resolución, quizás nos hagan sospechar que la visión ofrecida por el narrador pecaba de ingenua. Al igual que en el relato anterior, unas palabras dichas al oído -no importa si verdaderas o falsas- pueden enfriar una pasión; o al menos, un proyecto de matrimonio.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Abades, de Pierre Michon

Entre los diversos libros de Pierre Michon traducidos a nuestro idioma en los últimos años, Abades destaca por su brevedad, intensa belleza y ambientación medieval. Pierre Michon (1945) es un escritor algo tardío (su primer libro, Vies minuscules, se publicó en 1984), autor de poco más de una docena de textos primorosamente escritos, de gran originalidad, que han recibido los elogios de la crítica más exigente y cuentan con un selecto grupo de lectores entusiastas (es decir, un autor de culto, como reza el tópico). Abades (Abbés, 2002) nos ofrece un tríptico de estampas medievales, escritas en una prosa tan elaborada y densa como la de un viejo cronicón medieval (a los que se alude con frecuencia), pero infinitamente más atractiva. Es difícil no pensar en el San Julián de Flaubert al leer estas historias de santos (incluso en Borges, con su amor a los códices y literaturas antiguas), aunque su factura es esencialmente distinta, muy personal. Los abades trazan rayas en el agua.

La primera historia (las tres se presentan sutilmente enlazadas) nos retrotrae al año mil, cuando la abadía de Saint-Michel-en-l’Herm (Vendée) es solo un amontonamiento de tablas, turba y campanas desafinadas, en un islote cercado de lodos y mareas traicioneras, castigado por las incursiones normandas. Sobre un “totum revolutum” donde no se sabe qué es tierra y qué es mar, el abad Èble, ayudado de un puñado de “monjes negros” y pescadores embrutecidos, arranca terreno al mar pulgada a pulgada. Una bella indagación sobre la gloria que se construye sobre el barro y las pasiones más humanas, y que tendrá una inesperada culminación en la rubia cabellera de una niña. La segunda historia gira en torno a la fundación de la abadía de Saint-Pierre de Maillezais. Un monstruoso y sanguinario jabalí, el dolmen que toma por guarida y una condesa alucinada tejen una fábula de misticismo y superstición. Al final, las pasiones desbaratan la ilusión y se impone el desengaño. Cierra Abades una historia de huesos: la cabeza de San Juan Bautista y la ciertamente cómica manera de apropiarse de una muela venerable. Un robo quizás sacrílego, pero también un testimonio de fe a la mayor gloria de la abadía. El protagonista es el mismo Théodelin del relato anterior, ahora más viejo, abad de Saint-Pierrre de Maillezais. Bajo la influencia de la reliquia robada el abad se hace ermitaño como Juan (es preciso mantenerla oculta; no es tiempo aún de exhibirla). Mientras tanto la reliquia obra milagros. El tartamudo Hugo, que lleva provisiones al ermitaño del islote, se vuelve elocuente… Otro camino equivocado hacia la gloria.

Abades ha sido traducido por Nicolás Valencia Campuzano para Ediciones Alfabia, que nos ha brindado además otro volumen con dos bellos textos de Michon, afines al que reseñamos: Mitologías de invierno. El emperador de Occidente.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

“…las antorchas danzan a ras del suelo, la porquera es un armazón muy antiguo y mal desbastado hecho por la mano del hombre, un dolmen sin lugar a dudas. Emma se arrodilla junto al escudero, este abre los ojos, ve los pequeños ojos apagados y fijos en las cerdas duras, y, encima, los ojos risueños de Emma, todavía más arriba, el cuerno de la luna. “ (traducción de Nicolás Valencia Campuzano)
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Quartet de la Deriva: La improvisación libre y la teoría de la deriva en la construcción de situaciones sonoras por un colectivo de improvisadores, de Josep Lluís Galiana Gallach

En el complejo contexto de la música culta contemporánea, la improvisación libre es una manifestación artística fuerte y de rigurosa actualidad, aunque tal vez no demasiado comprendida fuera de un selecto núcleo de iniciados. Quizás algún lector de estas líneas desconozca, pues, que en la improvisación libre no hay ni partituras ni esquemas previos, tampoco estilos predeterminados, sólo la libertad de unos músicos que crean, siguiendo su propio impulso estético, interactuando en un riguroso presente. Desde sus orígenes la música ha tenido en la improvisación un componente de primer orden, aunque con una dimensión muy variable a lo largo del tiempo y los diferentes estilos o formas. Pero la improvisación libre de hoy en día no es para sus defensores un revival de tiempos pasados, sino la culminación consciente de un antiguo anhelo de pureza y libertad. La improvisación libre hunde sus raíces epistemológicas en las teorías del filósofo francés Guy Debord, que en el contexto de los movimientos situacionistas que se iniciaron en la década de los 50 elaboró su concepto de deriva: un proceso en el que se primaba la libertad sobre la rutina, la espontaneidad sobre la rigidez.

Comienza su trabajo Josep Lluís Galiana ofreciéndonos las claves históricas y estéticas que han guiado la improvisación musical desde sus orígenes, así como su significado en el contexto de la música contemporánea: aleatoriedad, electroacústica y free jazz principalmente. A continuación se consagran dos importantes capítulos al estudio específico de la improvisación libre. Se analizan los elementos que la diferencian de la composición escrita: su carácter heurístico, rizomático (ap. Deleuze) y participativo; así como sus particulares mecanismos de escucha, y su espacio y público propios. Se presentan seguidamente las técnicas y estrategias que subyacen en su práctica, apoyadas en el background musical de cada artista y en el perfecto dominio de su instrumento. Finaliza esta primera parte del libro con la exposición de los principios de la llamada teoría de la deriva, así como de la visión crítica debordiana de la sociedad del espectáculo y sus relaciones con la improvisación libre.

Tras esta extensa, pero necesaria, introducción histórica y teórica a la improvisación libre, la segunda parte del libro nos ofrece una aproximación a su propia praxis, desarrollada en torno a la experiencia improvisatoria del Quartet de la Deriva, formación creada por el propio autor del libro y conformada por diversos instrumentos y recursos electroacústicos. Hablamos del análisis exhaustivo de dos situaciones sonoras de improvisación libre construidas en el Conservatorio Superior de Música de Valencia (25-II, 4-III; 2011), de gran belleza e interés, y que aparecen recogidas en los dos dvd’s adjuntos al libro. Como paso previo a este análisis, y como si de una deriva se tratase, recorreremos los caminos interpretativos y teóricos que han llevado al autor, Josep Lluís Galiana, a embarcarse en esta apasionante experiencia estética, culminación de una larga y variada trayectoria creativa e interpretativa. A continuación se recogen diversos materiales que orientaron al autor en el inicio de su tarea: entrevistas y conversaciones con figuras relevantes de la composición, la improvisación libre o el arte sonoro, como Sixto Herrero, Wade Matthews o Miguel Molina. Este enfoque plural y polifónico del tema estudiado se completa con dos interesantes debates surgidos entre los propios artistas que actuaron en las situaciones sonoras referidas: Sisco Aparici, Gregorio Jiménez, Vicent Gómez y el propio autor del libro. Sigue un completo análisis de las mismas, que incluye una exposición de los medios humanos, electroacústicos e instrumentales puestos en juego, así como una descripción pormenorizada de los diferentes sucesos musicales que pueden escucharse durante su audición: magníficas herramientas para el seguimiento y comprensión de los vídeos que acompañan el libro. El estudio se completa con fotografías, diagramas, espectrogramas, repertorios bibliográficos y discográficos… En suma, un inmejorable instrumento para introducirnos y profundizar en el conocimiento y/o la práctica de esta apasionante y compleja realidad estética que es la improvisación libre.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

http://www.joseplluisgaliana.com/2012/05/01/quartet-de-la-deriva-2012/

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¿Le gusta ser malvado?, Thomas Bernhard y Peter Hamm

Quien haya leído a Thomas Bernhard (1931-1989) no encontrará demasiado raro o enigmático el título de portada de este libro (¿Le gusta ser malvado?), pregunta que obviamente sólo cabe hacer a un escritor tan ácido, controvertido y misántropo como el genial austríaco. El subtítulo (Conversación nocturna entre Thomas Bernhard y Peter Hamm en la casa de Bernhard en Ohlsdorf, 1977) es desde luego menos original, más informativo, pero no deja de añadir su pincelada sugestiva: Seremos testigos de una charla entre amigos, en el propio hogar del escritor, nocturna por lo demás, en 1977, inédita… ¿Se cumplirán nuestras expectativas? Sí. Me atrevería a asegurar que hasta los que no conozcan a Bernhard la encontrarán apasionante.

En la “Advertencia preliminar” que abre el libro, Peter Hamm (escritor amigo y autor de la primera reseña de un poemario de Bernhard) nos explica el origen de esta conversación. A finales de 1976 la editorial Suhrkamp habia proyectado la publicación de un volumen de artículos sobre Bernhard, que por entonces era ya conocido internacionalmente. Se encomendó la tarea de edición a Peter Hamm, que se propuso encabezarla con una entrevista al autor. La conversación fue grabada en cinta en la noche de un “gélido día de invierno” (no se nos revela la fecha exacta), tras una velada previa compartida y entregada a charlar y beber. Pero la copia impresa de la conversación disgustó luego al escritor, que la rechazó horrorizado, y el proyecto quedó en nada. En 2010 la misma editorial berlinesa decidió sacar a la luz -con el permiso de los herederos del autor- esta interesantísima entrevista, que ahora podremos leer en la inmejorable traducción de Miguel Sáenz para Alianza. Para quien no lo sepa, Miguel Sáenz es académico de la lengua y el más perfecto y entregado traductor al castellano de la obra de Bernhard.

Según Peter Hamm, el motivo por el que Bernhard se mostraba tan reacio a la publicación de una entrevista que desvelaba tantos datos personales era que, por aquel entonces, se hallaba ya embarcado en la que sería la larga serie de sus textos autobiográficos: El origen, El sótano, El aliento, El frio, Un niño. En cualquier caso, ¿Le gusta ser malvado? nos brindará la oportunidad de darle un repaso a muchas cosas que ya sabemos y a conocer otras nuevas, expresadas por Bernhard con una espontaneidad y sinceridad innegables (la conversación parece además escrupulosamente transcrita, con intervenciones “incomprensibles” entre corchetes y muletillas del escritor). Su infancia y temprana enfermedad, su amor por la música y los estudios en el Mozarteum, sus inicios literarios y sus textos predilectos, Trakl y Artaud, la experiencia como cronista de tribunales (que tanto influiría luego en su obra y en su negra valoración de la justicia), su pobre opinión de la política y del poder, su conflictiva relación con el mundo del teatro y con la crítica… Y un largo etcétera en el que, por supuesto, no faltará la peliaguda pregunta acerca de su sospechada maldad.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

“La literatura tiene mucho que ver con la música. Y quien no estudia música está sencillamente descalificado desde el principio.” 
“…sobre todo en el trato con los editores, desde el principio, y nunca me dejé engañar, porque ya de niño tuve contacto con esa gente, con su hipocresía y su vileza, bajeza e instinto sólo para los negocios, y con todo el ámbito de la perfidia, que en ninguna parte se encuentra tan a gusto como con ellos. Sencillamente, sabía que no debía dejarme tomar el pelo…” (traducción de Miguel Sáenz)
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